Mentes Dementes de 9 de enero de 2026
Sobre este episodio
Arrancamos el año con esa sensación tan propia de enero: la de empezar desde cero. Como si el calendario pasara página y abriera un nuevo guion. Pero basta con asomarse a la actualidad para comprobar que ese guion no es estable. Es, más bien, profundamente volátil. En el plano internacional, el mundo vuelve a girar de forma inesperada. Estados Unidos ha intervenido directamente en Venezuela, ha detenido al presidente Nicolás Maduro y ha logrado la liberación de presos políticos, abriendo un nuevo escenario bajo su control. Al mismo tiempo, en Irán se han intensificado los disturbios internos, en un contexto de tensión permanente y de debilitamiento de sus alianzas. No hace falta entrar en más detalles: el mensaje es claro. Lo que en un momento parece inamovible puede cambiar de repente; los equilibrios se rompen y se rehacen en cuestión de días. Y esa volatilidad también la vivimos a nivel nacional. Decisiones que parecían cerradas se revisan y se aplazan. La obligación del uso de la baliza se pospone. Las restricciones de circulación en Madrid para determinados vehículos entran en moratoria porque no encajan con la realidad social del momento. Todo queda abierto, provisional, sujeto a revisión constante. Pero quizá lo más interesante es que esta volatilidad no es solo política o normativa. Nos toca de cerca, en lo personal. Cambiamos de opinión, de prioridades, de rumbo. No siempre por incoherencia, sino porque cambian las circunstancias, la información y la experiencia. Nuestra intuición actúa como una brújula interna: nos alerta, nos hace dudar, nos invita a corregir el camino. Y nos recuerda algo fundamental: no estamos obligados a ser siempre quienes fuimos ni lo que otros esperan que seamos. La realidad, y el comportamiento de las personas, rara vez es, o debería ser, blanco o negro. Reducir la vida al todo o nada es una simplificación, o incluso una torpeza. Todo ello también forma parte de convivir con la volatilidad. Aferrarse a una versión rígida de uno mismo, o de la realidad, suele tener un coste: nos asfixia y nos hace menos libres. Y todo esto nos lleva al tema del debate de hoy: ¿la volatilidad es un problema que hay que corregir o una realidad con la que debemos aprender a convivir?, ¿vivimos en un mundo más inestable o simplemente menos dispuesto a aceptar matices?, ¿cambiar de opinión es un signo de madurez o una falta de coherencia?, ¿qué precio pagamos cuando solo aceptamos el blanco o el negro en una realidad llena de grises?, ¿qué ocurre cuando confundimos coherencia con inmovilidad?