Mentes Dementes de 4 de septiembre de 2026
Sobre este episodio
Maquiavelo consideraba que un gobernante, para conservar el Estado, podía verse obligado a engañar, incumplir su palabra o apartarse de determinadas virtudes. Pero debía procurar aparentarlas, porque en política importa tanto lo que se hace como la percepción que de ello tiene el pueblo. En ese sentido, la verdad puede quedar subordinada a su utilidad y a la necesidad de hacer que las decisiones parezcan legítimas. La mecha de Ceuta sigue ardiendo. Las manifestaciones de apoyo y solidaridad celebradas esta semana en toda España demuestran que este asunto sigue generando una creciente preocupación social. Y, mientras se reclaman respuestas, los informes policiales y de la Guardia Civil que se han ido conociendo han abierto nuevas preguntas sobre lo que se sabía, lo que se hizo y lo que se explicó. La comparecencia del presidente del Gobierno en el Congreso no solo no ha despejado todas esas incógnitas, sino que ha reforzado la sensación de que, una vez más, no se ha contado la verdad. Siguen sobre la mesa cuestiones esenciales: si existían avisos previos sobre un incremento inusual de las entradas, qué información llegó a cada ministerio, cómo encajan las declaraciones de Robles y Marlaska, por qué el relato inicial sobre el origen de la avalancha ha ido cambiando, quién conocía realmente los informes que ahora se hacen públicos y por qué no fueron atendidos. Y, sobre todo, qué responsabilidad corresponde asumir ante una tragedia de estas dimensiones, sin excusas, sin buscar culpables externos y sin recurrir a explicaciones que no resulten creíbles. Porque, en la vida pública, un gobernante no responde únicamente ante su conciencia: responde ante los ciudadanos. Y, cuando hablamos de instituciones, la verdad no es una cuestión secundaria. Es imprescindible para exigir responsabilidades, corregir errores y evitar que vuelvan a repetirse. Pero la verdad y la mentira tienen muchas caras. La historia está llena de mentiras que acabaron convertidas en verdades oficiales, y todos, en algún momento, podemos mentirnos a nosotros mismos para evitar una verdad incómoda. Porque quizá la cuestión no sea solo quién miente, sino por qué lo hace, quién decide qué verdad queremos creer y qué consecuencias tiene vivir en una mentira. Y llegados a este punto, la pregunta que queremos poner hoy sobre la mesa es: ¿Qué consecuencias tiene decir la verdad cuando puede perjudicar al poder? ¿Qué ocurre cuando una mentira se repite hasta convertirse en verdad, cuando una sociedad prefiere creer un relato cómodo o cuando somos nosotros mismos quienes nos engañamos para evitar una verdad?