Mentes Dementes de 30 de enero de 2026
Sobre este episodio
Esta semana, la actualidad nos vuelve a llevar a la tragedia ferroviaria en Adamuz y, en concreto, a la multitudinaria misa funeral celebrada en Huelva. Cientos de familiares destrozados, con una pena inconsolable, despidieron a sus seres queridos arropados por más de 4.000 personas. Un acto cargado de emoción, de duelo compartido y de fe. Estas familias habían rechazado previamente participar en un homenaje de Estado de carácter laico propuesto por el Gobierno. No querían un acto civil ni neutro. Reivindicaban un funeral religioso. Querían despedir a los suyos conforme a sus creencias, necesitaban que se les permitiera expresar públicamente su dolor, su fe, y sentirse acompañados. El rechazo de las familias condujo a suspender el acto laico y a celebrar finalmente una misa funeral presidida por los Reyes de España. Y en ese contexto se produjo una imagen especialmente significativa: la ausencia del presidente del Gobierno. Para el Ejecutivo,obedecía a coherencia institucional con la aconfesionalidad del Estado. Para la mayoría de las familias, sin embargo, esa ausencia fue percibida como frialdad, distancia y falta de empatía. Las palabras que utilizaron los familiares han sido muy reveladoras. Hablaron de afrenta, de deshumanización, de la sensación de que se quería “cerrar página rápido”. Para ellos, el acto laico no era neutral, sino algo ajeno, impuesto, incapaz de recoger su dolor y su identidad. Porque, como decía uno de ellos, la fe no cambia las circunstancias, pero permite verlas de otra manera y ayuda a superarlas. En los momentos más difíciles, la fe suele actuar como un ancla. Y la reivindicación de estas familias no es un fenómeno aislado. Hace apenas unos días, el 17 de enero, más de 6.000 jóvenes, llenaron la antigua plaza de toros de Vista Alegre, en Madrid, para asistir a un evento llamado El Despertar. Pagaron una entrada para escuchar a un sacerdote y a varios intelectuales hablar de vínculos humanos, del valor del trabajo bien hecho y de la necesidad de atender la trascendencia. El Despertar es una iniciativa nacida durante la pandemia, creada por jóvenes sin respaldo de partidos políticos ni estructuras religiosas formales, con la única idea de crear espacios donde la gente se pare, piense y busque la verdad. En pocos años han organizado más de 400 encuentros en más de 30 ciudades y han conseguido la participación de unos 200 intelectuales. La cosa no queda ahí. En los últimos tiempos asistimos también al auge de los llamados misioneros digitales: monjas y sacerdotes que se comunican a través de YouTube, TikTok o Instagram, utilizando un lenguaje cercano, humano y sin solemnidades, conectando con miles de jóvenes desde la autenticidad y alcanzando numerosas visitas y seguidores. Y, por supuesto, no podemos olvidarnos de la cultura. El último disco de Rosalía, con múltiples referencias cristianas, que ha colocado doce canciones entre las cincuenta más escuchadas en Spotify. Películas recientes, como Los domingos, o fenómenos similares en Italia y otros países, que vuelven a plantear el regreso de lo religioso y la búsquedas de lo espiritual con éxito sobre todo entre el público joven. Nada de esto es casual. De hecho, un reciente estudio internacional, elaborado por universidades de ocho países, entre ellos España, y difundido por centros académicos de referencia como la Universidad de Navarra, cuestionan la idea de una secularización progresiva. Los datos muestran que uno de cada dos jóvenes ha incrementado su interés por la espiritualidad en los últimos cinco años. Incluso en países occidentales de fuerte tradición religiosa que parecían haberse ido secularizando, como España, Italia o el Reino Unido, se detecta ahora un renacimiento muy notable del interés por la religión. Puede que por el momento no estemos ante un regreso masivo a las instituciones religiosas tradicionales, pero sí ante una búsqueda clara de la fe y del sentido de la vida. Una reacción frente a un vacío moral y simbólico cada vez más evidente. Y con esto llegamos al tema de esta noche. Porque no solo hablamos de un posible regreso a la religión, sino de humanidad. De reflexionar sobre cómo tratamos el dolor, la muerte y el duelo. De cómo mira la sociedad a los mayores, a los enfermos, a los no nacidos, a los más frágiles. De si el lenguaje político “neutral” que se nos pretende imponer realmente nos representa o si, por el contrario, vacía de sentido nuestra esencia humana. El Estado puede ser aconfesional. Pero la sociedad o al menos una parte muy significativa de ella, no es neutra. Tiene emociones, heridas, sentido de la justicia, tradiciones y, muchos de ellos, fe. Y cuando esas realidades se ignoran desde las instituciones, los ciudadanos acaban reivindicándolas. Esta noche nos preguntamos: ¿qué hace que tantos jóvenes y tantas familias busquen de nuevo, religión, trascendencia o espiritualidad? ¿Podría tratarse de la respuesta a un modelo que ha olvidado ser verdaderamente humano?