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Mentes Dementes 13 junio de 2025

· 1 h 03 min

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Sobre este episodio

Vivimos tiempos en los que ciertas palabras han dejado de estremecer. “Corrupción”, “comisiones ilegales”, “tramas organizadas”… suenan ya demasiado familiares. Se repiten tanto que han perdido la capacidad de escandalizar. A la mayoría, en lugar de sorpresa, les provocan resignación. Las últimas revelaciones sobre la implicación del exsecretario de Organización del PSOE, a través de grabaciones de la UCO que apuntan a indicios claros de criminalidad, han vuelto a agitar la opinión pública. Y, sin embargo, todo suena a déjà vu. Un nuevo caso. Más audios. Más sospechas. Y, sobre todo, más desconfianza. Ayer, el presidente del Gobierno compareció ante los medios. Y, aunque parezca una broma, afirmó estar “decepcionado” con quien fuera su mano derecha. Dijo: “No debimos confiar en él”, y se describió como alguien que tiene el “defecto de creer en la limpieza de la política”. Pero más allá del tono emocional, casi confesional —y un tanto teatral—, no asumió responsabilidad política alguna. No presentó su dimisión, no propuso elecciones anticipadas. Apenas respondió a cuatro preguntas de medios afines. Ninguna autocrítica real. Todo esto, en medio de una crisis institucional que cada día se profundiza más. Sin embargo, a pesar de la gravedad de los hechos, el debate no se agota en un nombre, en un partido o en un escándalo puntual. ¿Qué ocurre cuando las disculpas ya no bastan? Cuando lo que decepciona no es un hecho aislado, sino una actitud repetida. Un patrón. El presidente se declaró decepcionado. Pero ¿y los ciudadanos? ¿Quién se acuerda de ellos? ¿Cuánto tiempo llevan sintiendo eso mismo? Años de indignación acumulada. De promesas incumplidas. De ver cómo los chanchullos y las ilegalidades no suelen tener consecuencias. De observar cómo se recurre a lo emocional para esquivar lo político… y, sobre todo, lo legal. Lo que está en juego no es solo la imagen de un gobierno o un partido. Lo que se ha erosionado es algo más profundo: la confianza. No ya solo en las personas, sino en las instituciones, en los discursos públicos, en la política… y tal vez también entre nosotros mismos. Sin confianza, las palabras se vacían, las promesas pierden valor, los vínculos se resquebrajan. Y entonces surge una pregunta inquietante: ¿Es posible vivir sin confiar en nadie? Esta noche no tendremos un debate exclusivamente político, sino que trataremos de profundizar más en la vertiente humana. Queremos abrir una reflexión más amplia sobre la decepción y la confianza. Porque lo que ocurre en lo público se refleja también en lo privado: en cómo nos relacionamos con los demás —amigos, compañeros, familia— e incluso con nosotros mismos. Ya no nos escandaliza tanto la mentira porque se ha convertido en un hábito útil. Porque se ha institucionalizado. Cuando la mentira se repite sin freno, cuando todo se relativiza, cuando el cinismo se vuelve norma, lo verdadero deja de tener peso. Entonces, incluso cuando alguien dice la verdad, nadie lo cree. Y eso, más que una crisis de confianza, es una crisis de sentido común. Como escribió Nietzsche: “No me molesta que me hayas mentido, me molesta que a partir de ahora no pueda creerte”. Esa es la herida que deja la decepción: la imposibilidad de volver a mirar al otro con los mismos ojos. ¿Qué valor tiene una disculpa si no va acompañada de consecuencias reales? ¿Se ha convertido la decepción en una herramienta política para fingir sensibilidad y evitar responsabilidades? ¿Qué ocurre cuando ya no desconfiamos solo de los políticos, sino de la política en sí misma? ¿Hemos normalizado que la mentira y la manipulación formen parte del día a día? ¿Estamos ante una crisis institucional o ante una crisis más profunda de valores democráticos? ¿Somos más críticos que antes… o simplemente más indiferentes? ¿Es la decepción constante el resultado de tener expectativas demasiado altas? ¿Hemos perdido la capacidad de creer… o solo hemos aprendido a protegernos mejor? ¿Es posible construir una sociedad justa sin una base mínima de confianza? ¿Se puede vivir —y convivir— sin confianza? ¿Quién no ha decepcionado alguna vez… o ha sido decepcionado? ¿Qué esperamos realmente de los demás? ¿Nos duele más la mentira o lo que revela sobre nuestra propia ingenuidad? ¿La decadencia ética que percibimos fuera no es también reflejo de lo que ocurre dentro de cada uno de nosotros? ¿Cómo se reconstruye una confianza rota, en lo público y en lo personal? ¿Qué queda cuando ya no confiamos en nadie? ¿Cómo se recupera la confianza perdida… o se vuelve a construir desde cero?

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