Mentes Dementes 18 de julio de 2025
Sobre este episodio
¿Quién no recuerda aquella vieja canción de Luis Aguilé que decía: "Es una lata el trabajar, todos los días te tienes que levantar..."? Hace apenas unos días, la OCDE lanzaba un aviso importante a España: es necesario retrasar la edad de jubilación y fomentar la inmigración regular si no queremos ver tambalearse el mercado laboral y, con él, el sistema público de pensiones. El diagnóstico es claro. Para el año 2060, la población en edad de trabajar en nuestro país habrá caído un 30 %. Hoy, uno de cada dos trabajadores tiene ya más de 45 años, y solo uno de cada diez es menor de 30. A esto se suma nuestra eterna asignatura pendiente: el desempleo. Seguimos duplicando la media de paro de los países de la OCDE. Y, sin embargo, muchas empresas no encuentran mano de obra para cubrir puestos en sectores clave. Pero más allá de los datos, hay un cambio cultural de fondo que no podemos ignorar: nuestra relación con el trabajo está cambiando. Cada vez se habla más de reducir jornadas, de trabajar menos días a la semana, de jubilarse antes, de vivir más tranquilos. El ideal ya no parece ser una carrera profesional larga y sólida, sino disponer de más tiempo libre, más ocio, más vacaciones. Y eso no es malo en sí mismo. Todos queremos vivir mejor. El problema es que, muchas veces, ese deseo no va acompañado de una reflexión profunda sobre cómo se sostienen esos derechos. Un planteamiento sensato nos lleva a preguntarnos si realmente es posible jubilarse antes y, al mismo tiempo, vivir muchos más años con la calidad de vida que necesitaremos. También conviene preguntarse si es realista pensar que un modelo basado en trabajar menos, disfrutar más y exigir lo mismo —o incluso más— no acabará, tarde o temprano, por traducirse en una pérdida de productividad, de cotizaciones y, en consecuencia, de bienestar. En la tertulia de esta noche nos preguntamos: ¿quién va a trabajar mañana? Queremos poner sobre la mesa, sin dramatismos ni consignas políticas, lo que está a la vista de todos y muchas veces evitamos afrontar. Porque el problema no es solo económico: es generacional, social e incluso ético. ¿Debe retrasarse la edad de jubilación o debería ser una elección personal? ¿Es viable trabajar hasta los 68 o 70 años en todos los empleos, incluso los más exigentes físicamente? ¿Queremos jubilarnos antes… pero quién pagará esas pensiones si cada vez hay menos cotizantes? ¿Estamos formando y empleando a los jóvenes adecuadamente, o solo les transmitimos la idea de que hay que “vivir mejor”? ¿Hemos normalizado que el ocio pese más que el esfuerzo? ¿La reducción de jornada es un verdadero avance social o una promesa electoral difícil de sostener? ¿Puede la inmigración equilibrar este modelo, o es simplemente un parche a corto plazo? ¿Estamos dispuestos a sostener un sistema público fuerte y solidario, o preferimos confiar en el “ya se verá”? ¿Estamos pensando realmente en el futuro… o solo en las próximas vacaciones?