Mentes Dementes de 24 de octubre de 2025
Sobre este episodio
A punto de entrar en el mes de noviembre, y como cada año, los cementerios se llenarán de flores, de familias que se acercarán a recordar a quienes ya no están, a limpiar una lápida, a encender una vela. Es parte de nuestra tradición y nos demuestra que, más allá de la forma en que honremos a nuestros seres queridos, es algo que hay que hacer, porque el olvido puede ser también una forma de ingratitud. Pero fuera de estas fechas, cabe preguntarse: ¿qué es lo que pasa con la memoria colectiva? En la vida, todos atravesamos pérdidas y momentos duros que ponen a prueba nuestra fortaleza. Aprender a sobrellevarlos y a seguir adelante forma parte de la propia supervivencia. Pero además de las pérdidas personales, las más íntimas, también existen tragedias colectivas: atentados terroristas, terremotos, DANAs, erupciones volcánicas, incendios u otros desastres que dejan una huella imborrable en la historia de cualquier pueblo. En los primeros momentos emergen la empatía y la solidaridad: la sociedad se une, los medios de comunicación se vuelcan y parece que nadie quedará indiferente de por vida. Esta semana, precisamente, se cumplirá el primer aniversario de la DANA que devastó la provincia de Valencia, con 229 fallecidos y más de 300.000 afectados. Durante aquellos días, los españoles se involucraron personalmente para ayudar, quedando muy por encima de las instituciones. “El pueblo salvaba al pueblo”, se decía entonces. Y tras ello, la promesa de que se ayudaría a los damnificados, de que se pondrían los medios necesarios para que algo tan terrible no volviera a suceder. Hoy, un año después, muchas de aquellas personas siguen sin poder retomar sus vidas como esperaban porque, como tantas veces antes, las promesas se desvanecen y se incumplen. Y, sin embargo, la vida sigue. La rutina ha vuelto. Y una vez más, el dolor ajeno se ha ido apagando con el ruido de nuestra vida cotidiana. No es la primera vez que ocurre. También lo vimos con las víctimas del terrorismo, con los afectados por el volcán de La Palma, con quienes lo perdieron todo en incendios, accidentes o atentados. En cada tragedia, el país entero se conmueve, los políticos se hacen la foto, pero con el tiempo solo las víctimas y sus familias siguen viviendo el duelo. Para ellas, el calendario se detuvo el día del desastre. Y aún más doloroso es comprobar cómo algunas víctimas sí se quieren recordar, mientras que otras se prefieren olvidar. Se invoca la llamada memoria histórica para unos nombres, mientras se borra el recuerdo de otras tragedias, como la de las víctimas del terrorismo de ETA, cuya sombra sigue presente en nuestra política y en nuestra conciencia colectiva. Los propios responsables de aquella barbarie han llegado incluso a ocupar cargos institucionales. Mientras se aprueban leyes para recordar a unos fallecidos, hay niños, guardias civiles, policías, concejales y ciudadanos anónimos, todos ellos inocentes, asesinados vilmente por ETA, cuyos nombres apenas aparecen en los libros de texto o en los homenajes públicos. El problema no es solo el olvido, sino la memoria selectiva: aquella que honra a unos muertos y se encarga de borrar a otros, según quién gobierne o qué convenga. Solo una sociedad que recuerda con justicia, sin ideología ni interés, puede aprender del pasado y evitar repetirlo. La memoria no puede ser un instrumento político ni un calendario de efemérides. Recordar a unos y olvidar a otros no es hacer justicia; es volver a cometer la injusticia que ya sufrieron. Es conducirles, simbólicamente, a una segunda muerte. En estos días de recuerdo, quizá la mejor flor que podamos dejar a los que ya no están sea un compromiso: el de no olvidar a nadie, ni permitir que el tiempo o la ideología decidan quién merece ser recordado. Porque recordar no debería ser un acto selectivo ni solo un gesto anual, sino un compromiso permanente con la verdad, con la justicia y con la dignidad de todas las víctimas, sin excepción. En definitiva, hoy queremos reflexionar sobre cómo y por qué, a veces, es posible pasar del luto a la rutina, olvidando lo inolvidable. ¿Qué significa para nosotros recordar a los que ya no están?, ¿por qué es importante mantener vivos los recuerdos de nuestros seres queridos, más allá de las fechas señaladas?, ¿hasta qué punto olvidar a los muertos puede considerarse una forma de injusticia o ingratitud?, ¿qué papel tienen las tradiciones, como el Día de Todos los Santos, en mantener viva la memoria de los ausentes?, ¿por qué hay víctimas que se quieren recordar y otras que se prefieren olvidar?, ¿qué papel juegan la ideología, el poder o la incomodidad en la gestión del recuerdo?, ¿cómo podemos hablar de una verdadera memoria colectiva si se construye a base de silencios selectivos?, ¿quién decide qué se recuerda y qué se olvida?, ¿existe una memoria “oficial” que responde más a la ideología que a la justicia?, ¿cómo pueden las nuevas generaciones comprender la historia si solo se les muestra una parte?, ¿qué papel juegan la educación y la cultura para mantener viva la memoria de todas las víctimas, sin exclusiones?