Mentes Dementes de 20 de febrero de 2026
Sobre este episodio
El responsable técnico que estuvo al frente de la gestión y comunicación durante la pandemia de COVID-19 en España, Fernando Simón, ha admitido públicamente esta semana que las muertes reales por COVID podrían haber sido “el doble o el triple” de las cifras oficiales. Es decir, no siete millones en el mundo, sino quizá hasta veintiún millones. Y añadió algo aún más inquietante: que probablemente nunca sabremos la cifra real. Hoy, seis años después, y más allá de cifras, quienes aún creían la versión oficial sienten un doble golpe: primero, la pérdida de familiares y amigos; después, el desengaño. Porque cuando se siente que te fallan, la confianza se quiebra. Y cuando la confianza se quiebra, se busca refugio. Es una reacción primitiva. Instintiva. Y no es exclusiva del ser humano. Una de las imágenes más virales de los últimos días ha sido la de Punch, un pequeño mono de un zoo japonés que, tras ser rechazado por su madre y por su grupo, se aferró con fuerza a un peluche que le entregaron sus cuidadores. La escena ha conmovido al mundo. Pero, más allá de la ternura, hay ciencia: los primates no buscan solo alimento; buscan contacto, calor, seguridad. Sin madre y sin el respaldo de sus congéneres, el pequeño se abrazó a lo único que podía ofrecerle consuelo. Por otro lado, en Valencia, una startup ha lanzado cabinas acústicas para que trabajadores, o cualquiera que sienta estrés, puedan conversar durante diez minutos con una inteligencia artificial diseñada para escuchar con empatía. El sistema acompaña y permite desahogarse. Los datos de las primeras pruebas indican que la mayoría reduce su nivel de estrés y que muchos se abren más que ante un profesional humano, porque es anónimo, porque no se sienten juzgados. Es, en definitiva, la unión del hombre y la máquina como espacio de alivio emocional. Al mismo tiempo, en redes sociales aumenta otro fenómeno: el de la “teriantropía”, jóvenes que se identifican con animales, que adoptan símbolos, máscaras y conductas que expresan esa identidad. En cualquier caso, buscan pertenencia a un grupo y a un entorno donde sentirse, fuera de esa parte humana con la que no llegan a conectar. Y aquí es donde todo converge. Cuando aumenta la erosión de la confianza en las instituciones, cuando hay incertidumbre y no hay identificación con el grupo, se producen reacciones de muy diversa índole. Pero siempre aparece el mismo patrón: la búsqueda de refugio. Algunos optan por caminos más racionales y tradicionales, como exigir la verdad o intentar cambiar las circunstancias. Otros buscan salidas más emocionales: aferrarse a objetos que sustituyen afectos perdidos, recurrir a una tecnología que escuche sin juzgar o adoptar identidades que ofrecen una válvula de escape frente a un mundo al que no sienten pertenecer. Hoy nos preguntamos si la sociedad está reaccionando a la desconfianza y a la incertidumbre buscando soluciones reales o simplemente se refugia en sustitutos, tecnológicos, simbólicos o emocionales, para no afrontar el vacío de confianza y pertenencia actual.