Mentes Dementes de 22 de mayo de 2026
Sobre este episodio
Madrid acogió recientemente el Longevity World Forum 2026, un encuentro internacional dedicado a uno de los grandes sueños, y también obsesiones, de la humanidad: vivir más años y hacerlo en mejores condiciones. No es una aspiración nueva. Desde la Epopeya de Gilgamesh hasta la búsqueda de la piedra filosofal, el ser humano siempre ha intentado escapar al deterioro y a la muerte. La diferencia es que hoy esa búsqueda ya no pertenece al terreno del mito, sino al de la ciencia, la tecnología y también al de una potente industria económica. La llamada medicina de la longevidad promete cambiar nuestra relación con la enfermedad y el envejecimiento. Ya no se trata solo de curar, sino de anticiparse: detectar riesgos antes de que aparezcan síntomas mediante biomarcadores, inteligencia artificial, test genéticos o medicina personalizada. La medicina preventiva es, sin duda, una necesidad. Pero aquí aparece una tensión de fondo. Aspiramos a vivir más y mejor mientras nuestro sistema económico parece cada vez menos productivo: baja natalidad, más población jubilada, mayor presión sobre las pensiones, la sanidad, las residencias y la dependencia, y, al mismo tiempo, una demanda social creciente de trabajar menos horas y disfrutar de más tiempo de ocio. Así pues, cabe preguntarse si ese modelo será compatible con el coste creciente de una sociedad más longeva y con una medicina preventiva cada vez más avanzada, o si estos avances acabarán quedando reservados a los privilegiados que puedan pagarlos. Pero el debate no es solo económico. También es moral. Mientras una parte de la ciencia busca alargar la vida y preservar la autonomía, también se extiende el debate sobre la eutanasia y la muerte asistida como respuesta al sufrimiento, la enfermedad o la dependencia. Y ahí debemos ser muy cuidadosos para no dejarnos arrastrar por una sociedad edadista, que acabe considerando que los mayores, las personas con discapacidad o los enfermos valen menos, son una carga o son prescindibles. La cuestión de fondo quizá sea preguntarnos si estamos construyendo una sociedad que quiere cuidar más y mejor, o una sociedad que empieza a aceptar que algunas vidas, cuando son frágiles, dependientes o costosas, tienen menos valor. Por eso, el verdadero debate no es solo cuántos años podremos vivir, sino cómo deberíamos reformular nuestro sistema para que vivir más sea compatible con vivir mejor: con calidad de vida, con dignidad, con sostenibilidad económica y sin empujar a nadie a tirar la toalla porque sienta que su vida ya no merece ser vivida.