LOS OSCUROS CABARETS DE LA CIUDAD DE LA LUZ
Sobre este episodio
LOS OSCUROS CABARETS DE LA CIUDAD DE LA LUZ Entrad y ¡sed condenados! Estamos en la Belle Époque de París. La peligrosidad de los suburbios ha dado paso al gusto por la bohemia. Una curiosidad burguesa por trascender las calles prohibidas. La ciudad es un hervidero de artistas sin dinero, alcohol, cortesanas o filósofos sin rumbo. París tenía un lado bastante oscuro. Allí, en el barrio de Pigalle, cualquiera podría conocer el cielo y el infierno en el mismo lugar. Aquel sitio fue famoso por sus cabarets y por los espectáculos en los que podía pasar cualquier cosa. Incluso, se hizo popular el Teatro del Gran Guiñol, sinónimo de espectáculos Gore. En este show, solía haber un médico entre el personal ya que muchos clientes vomitaban o se desmayaban ante lo que veían en el escenario. En 1890 se construyeron dos edificios peculiares: El cabaret del cielo y el del infierno. El primero con sus luces azules y elegantes arcos decorados con estrellas, ángeles y nubes. Y el otro simbolizando el rojo averno, con luces rojas, llamas ardientes y una entrada en forma de fauces grotescas. Ambos fueron fundados por el mismo dueño en el número 53 del Boulevard de Clichy. Abrían todas las noches desde las ocho y media hasta las 2 de la mañana. La entrada costaba 1,25 francos más un suplemento de 0,50 por la primera copa. Eugene Atget fue uno de los grandes maestros de la fotografía de aquel entonces. Y retrató el interior de aquellos placeres ocultos. Incluso, en inglés William Chamber Morris recogió su experiencia en su libro titulado: El París Bohemio de hoy. Fue publicado en 1899. El acceso al lugar empezaba por la boca del diablo. Dispuesto a tragarse a los clientes que acudían. El edificio recreaba con todo tipo de relieves el infierno mismo. La boca era el monstruo leviatán del Antiguo Testamento. Dentro, en el Cabaret del infierno había una sala de visiones sobrenaturales. Con espectáculos de fantasmagorías, prestidigitación o ilusionismo. Al gusto de la población parisina que asistía a disfrutarlo. El portero iba disfrazado de Satanás y te daba la ‘bienvenida’ invitándote a tu propia condena. Los músicos amenizaban la velada con una selección de ‘Fausto’. Tanto las bebidas como las comidas de la carta recibían nombres originales para la ocasión. Si querías tres cafés negros, tenías que pedirlos así: ¡Tres vasos hirviendo de pecados fundidos con una pizca de azufre! A veces, una música sombría de órgano resonaba en la habitación. Entre ambos cabarets estaba ‘la nada’, una especie de purgatorio. Allí se celebraba la misma muerte. En su interior, se escuchaba un coro de voces que invitaban a pasar: ¡Entrad mortales a este pecaminoso mundo! Bienvenidos a las tinieblas de la eternidad. Escojan su féretro y pónganse cómodos. La sala principal estaba decorada con todo tipo de motivos macabros: desde calaveras a cuerpos sin cabeza o candelabros de luz tenue. Los ataúdes servían como mesas. Otro cabaret oculto se llamaba: El fin del mundo. Los camareros hablaban en verso: Mortal que acabas de entrar, dime ¿qué quieres tomar? Actualmente sólo queda el recuerdo de estos lúgubres lugares. Un supermercado ocupa su espacio estos días. De manera que si decides visitar el barrio y quieres comprar una botella de agua fría, no olvides que allí mismo, uno de sus camareros te hubiera dicho: Aunque en el infierno hace calor, tenemos bebidas frescas si lo desea.