CUANDO DOMINAMOS EL FUEGO
Sobre este episodio
CUANDO DOMINAMOS EL FUEGO Retrocedemos 1,6 millones de años atrás. En tiempos del Homo Erectus, éramos animales como otro cualquiera. No íbamos a trabajar ni al colegio, tampoco teníamos coches ni ordenadores. Vivíamos en plena naturaleza. Y recolectábamos fruta de los árboles. Incluso, nos alimentábamos de gusanos, caracoles o ranas. El resto de animales no nos tenía miedo, éramos uno más. Quien se podría imaginar que más tarde llegaríamos a la luna o que fabricaríamos superordenadores cuánticos. En perspectiva, el ser humano era débil en comparación con un león, un gorila o un elefante. Cuando un león cazaba una cebra y se la comía, las personas lo observaban desde lejos. Después de marcharse, era el turno de las hienas, que repelaban los restos. Al final, cuando todos se habían ido, el ser humano se aproximaba para llevarse su parte. Un ser humano tuvo una buena idea, agarró una piedra y la usó para romper un hueso. Dentro se encontraba la médula, la parte jugosa de su interior. Se la comieron y se acostumbraron a su sabor. La idea de usar piedras se extendió entre la comunidad de Homo Erectus. Cada animal tiene sus habilidades: las arañas tejen su tela, las abejas construyen su panal y las hormigas su hormiguero. Nuestros ancestros habían encontrado su talento especial, fabricar herramientas para poder comer. Con algo tan sencillo, afilaron lanzas y les sirvió para cazar. Eso fue la antesala del arma más poderosa que descubrirían después. El fuego. El fuego se propaga muy rápido. No hace falta mucha cantidad, con una pequeña llama y el medio adecuado, puede quemarse un bosque entero. Los leones, elefantes o los gorilas le temen al fuego. Ya vimos que éramos débiles a su lado, pero con esta arma tan eficaz, les sacábamos ventaja. Seguramente, algún rayo caería y haría arder un árbol. Al principio, nuestros ancestros lo mirarían a distancia y con cautela. Alguno se acercaría con un bastón y lo tocaría. Y así notaron que podían controlarlo de alguna manera. De ahí crearían las primitivas antorchas. Pero no podían esperar a que cayese un rayo, era necesario que aprendiesen a hacer fuego. Lo más probable es que probasen a entrechocar dos piedras duras. Por ejemplo: un pedernal o sílex con otra rica en hierro, como la pirita o la marcasita. Al chocarlas, saltarían chispas. Al contactar con hojas secas, surgiría el fuego. Otra técnica que descubrirían sería por fricción. Cogerían un trozo de madera y harían un agujero para introducir hojas secas dentro. Con otro palo de madera afilado, lo harían girar rápidamente por ese orificio. La punta se calentaría y acabaría encendiendo las hojas secas. Gracias al control del fuego consiguieron un poder que no dependía de su cuerpo. El fuego sirvió para iluminar las cuevas, para espantar a los depredadores o para calentarles en una noche fría. Y algo muy importante…con el fuego pudieron cocinar. Antes de este descubrimiento los humanos tenían que comer alimentos crudos. Tenían que cortarlos y masticarlos durante un buen rato. A sus estómagos le costaba hacer la digestión así. Gracias al fuego, la comida se ablandaba. Ya no tenían que hacer tanto esfuerzo para alimentarse. Con el tiempo, sus dientes se hicieron más pequeños, al igual que sus estómagos. La cocción les otorgó más tiempo libre. Ciertos científicos opinan que el descubrimiento, tanto del fuego como de la cocina, hizo crecer el cerebro de los humanos. Veamos la explicación a esto. Cuando tenían que comer alimentos crudos, hacía falta mucha energía para masticar, digerir y hacer la digestión. Así que quedaba menos energía para el cerebro. Con la cocción, ahorraron energía a la hora de masticar y en hacer la digestión y pudieron alimentar a un cerebro más grande. El estómago encogió y el cerebro se hizo más grande. Esto nos hizo más inteligentes. Y a partir de ahí pudimos desarrollar el lenguaje, la comunicación y continuar inventado herramientas más sofisticadas. Y todo gracias a nuestro amigo el fuego. Aunque hay que saber usar el poder. A pesar de nuestros avances, seguimos siendo parte de la naturaleza.