Setenta años de desolación
Sobre este episodio
La justicia de Dios es la manifestación perfecta de su santidad y rectitud, no está sujeta a los estándares cambiantes de esta humanidad, sino que fluye de su carácter eterno e inmutable. Su justicia exige que el pecado sea castigado, no por falta de amor, sino porque Él no puede pasar por alto el mal sin comprometer su pureza. Al mismo tiempo, esta justicia se une con su misericordia en la obra de redención: en Cristo, Dios no ignora el pecado, sino que lo condenó en su Hijo para que los que creen en Él sean perdonados, sin que su justicia quede deshonrada. Así, la cruz no es sólo un acto de amor, sino la prueba suprema de que Dios es justo, y el que justifica al que tiene fe en Jesús.