1432 - Evangelios. La sepultura de Jesús. Mt 27:59-60
Sobre este episodio
1432 – Mt 27:59-60 – La sepultura de Jesús. Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña; y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue. ¿Quién sepultaría a Jesús? ¿Sería sepultado en una fosa común como se acostumbraba para que las aves de rapiña consumieran su cuerpo? Aprendemos que después de la tempestad viene la calma que permite apreciar mejor lo que permanece. La muerte de Jesús empezó a generar evidencias de como el temor emocional se convierte en temor reverencial y espiritual. Observamos también la lealtad compasiva de los seguidores y discípulos de Jesús. Los discípulos que estaban visibles al público durante el ministerio de Jesús estarán escondidos cuando más los necesita y los que eran seguidores en lo secreto son los que dan evidencia de la verdadera fe. Mateo hace posible que la sepultura de Jesús no sea algo obvio. Antesala a la sepultura de Jesús. (Mt 27:54-56). Mateo lo describe diciendo “El centurión, y los que estaban con él guardando a Jesús, visto el terremoto, y las cosas que habían sido hechas, temieron en gran manera, y dijeron: Verdaderamente éste era Hijo de Dios.” (Mt 27:54). El temor de los soldados da testimonio de su conciencia de pecado, y su asombro reverencial ofrece testimonio de haber sido confrontados por la santidad y justicia de Dios. Por Lucas sabemos que solamente el Espíritu de Dios pudo haber inspirado la confesión del centurión y sus hombres para que le dieran la gloria a Dios. “Cuando el centurión vio lo que había acontecido, dio gloria a Dios, diciendo: Verdaderamente este hombre era justo.” (Lc 23:47). También observamos que la lealtad compasiva es una de las características más hermosas y distintivas de las mujeres piadosas, siendo por lo general más evidente en ellas que en los hombres piadosos. Mateo registra que “Estaban allí muchas mujeres mirando de lejos, las cuales habían seguido a Jesús desde Galilea, sirviéndole, entre las cuales estaban María Magdalena, María la madre de Jacobo y de José, y la madre de los hijos de Zebedeo.” (Mt 27:56). Mujeres que habían seguido y servido a Jesús durante su ministerio publico seguían firmes, leales dando la cara en público antes, durante y después del sacrificio de Jesús. A excepción de Juan, los doce brillan por su ausencia en la escena junto a la cruz. Judas se había suicidado, y los otros diez estaban escondidos por temor a perder sus vidas. Durante el momento de mayor necesidad del Señor, ellos habían fallado temporalmente al principio básico del discipulado exigido por Jesús: “El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí” (Mt 10:38). Discípulos secretos (Mt 27:57-58). El hombre falla a sus compromisos en los momentos más apremiantes, pero la soberanía de Dios permanece para siempre para que se cumpla lo que está establecido en la eterna Palabra de Dios. Mateo registra que: “Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús. Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo.” Por la soberana voluntad de Dios, un discípulo secretamente de Jesús, es movido de manera valiente y osada a exponerse para dar la cara por el Señor. José no solo era un hombre rico, cumpliendo así la profecía de Isaías (Is 53:9), sino que era “miembro noble del concilio”, el sanedrín, que “esperaba el reino de Dios” (Mr 15:43). Sin embargo, al contrario de los otros miembros, él era un “varón bueno y justo” que “no había consentido en el acuerdo ni en los hechos de ellos” de condenar y ejecutar a Jesús (Lc 23:50-51). Juan dice que José de Arimatea también “era discípulo de Jesús, pero secretamente por miedo de los judíos” (Jn 19:38). Juan informa que Nicodemo, un importante fariseo, otro discípulo secreto de Jesús (Jn 3:1), se unió a José de Arimatea en el sepulcro, “trayendo un compuesto de mirra y de áloes,