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El Otro Yo (The Great Gabbo) (con Erich von Stroheim) (1929)

· 1 h 33 min · Episodio 157

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Kusell Ingeniería de sonido: Helmer Bergman Estudio/Productora: James Cruze, Inc. Distribución: Sono Art-World Wide Pictures, Inc. Duración: entre 91 y 105 minutos según la copia y versión País: Estados Unidos Idioma original: Inglés Formato: 35 mm, sonido sincronizado Western Electric Imagen: Blanco y negro con secuencias originalmente rodadas en Multicolor Género: Drama psicológico, musical, romance y cine de terror psicológico El otro yo es además una película especialmente importante dentro de la transición del cine mudo al sonoro. Fue uno de los primeros largometrajes sonoros de Erich von Stroheim y combina un drama psicológico bastante oscuro con grandes números musicales propios del espectáculo de Broadway y del vodevil. El contraste entre ambos elementos es precisamente una de las características más singulares de la película. Reparto principal Erich von Stroheim como Gabbo, un famoso ventrílocuo dominado por su ego y obsesionado con su muñeco Otto Betty Compson como Mary, ayudante y pareja sentimental de Gabbo Donald Douglas como Frank, bailarín y compañero artístico de Mary Marjorie Kane como Babe, artista del espectáculo George Grandee como la voz de Otto, el muñeco de Gabbo Lioba Karlin como bailarina Earl Burtnett y su orquesta aparecen también interpretándose a sí mismos. Sinopsis Gabbo es un célebre ventrílocuo que ha construido toda su carrera alrededor de Otto, su muñeco de madera. Su habilidad es extraordinaria, pero su personalidad es insoportable: es egocéntrico, obsesivo y trata con crueldad a Mary, su ayudante y compañera sentimental. La situación termina provocando la ruptura de ambos. Tiempo después, Gabbo consigue un importante contrato en un gran espectáculo de variedades mientras Mary también ha rehecho su vida profesional junto a Frank, un nuevo compañero artístico. Gabbo sigue convencido de que su talento y su fama terminarán haciendo que Mary vuelva con él. Pero su relación con Otto comienza a adquirir una dimensión cada vez más inquietante y la frontera entre el ventrílocuo y su muñeco se vuelve progresivamente más difícil de distinguir. La película mezcla así ambición artística, celos, obsesión, romance y desequilibrio psicológico, utilizando la figura del muñeco como una especie de extensión de la personalidad de su protagonista. Datos económicos y recepción de su época El otro yo fue concebida como una producción ambiciosa para una compañía independiente y se estrenó en Nueva York el 12 de septiembre de 1929. James Cruze había apostado fuerte por ella, pero el resultado comercial quedó muy por debajo de las expectativas. Las fuentes históricas señalan que la película no consiguió impulsar la carrera de Cruze y quedó lejos de convertirse en el éxito que se esperaba. La crítica fue desigual. Erich von Stroheim recibió bastantes elogios por su interpretación, pero la película fue considerada irregular, especialmente por la mezcla entre el drama psicológico y unos números musicales que algunos críticos consideraron innecesarios. Photoplay llegó a calificarla de decepción y criticó duramente la dirección, la iluminación y el guion. El New York Times, por su parte, se mostró poco favorable a la calidad técnica de las secuencias en color. . Anécdotas y curiosidades La actriz que originalmente iba a interpretar a Mary era Pauline Starke. Sin embargo, James Cruze terminó asignando el papel a su propia esposa, Betty Compson. El problema es que, durante ese periodo, el matrimonio entre Cruze y Compson estaba atravesando una grave crisis matrimonial. Según la prensa de la época, cuando la pareja se reconcilió, Compson sustituyó a Starke. La actriz desplazada no se quedó precisamente contenta y posteriormente demandó a la producción reclamando 6.000 dólares, equivalentes a cuatro semanas de salario. Y la historia tiene un desenlace todavía más llamativo: James Cruze y Betty Compson terminaron divorciándose ese mismo año, 1929. Por tanto, algunas de las escenas sentimentales de El otro yo fueron rodadas mientras el director y la actriz protagonista atravesaban una situación matrimonial bastante complicada. Betty Compson reconoció que trabajar con su marido era difícil En una entrevista publicada en Screenland en febrero de 1930 explicó que trabajar juntos resultaba complicado porque ambos eran demasiado conscientes del estado de ánimo del otro. Incluso sus intentos de apoyarse mutuamente podían terminar produciendo el efecto contrario. Pauline Starke no fue la única persona perjudicada por el cambio El caso de Starke resulta particularmente interesante porque su sustitución no fue simplemente una decisión artística. La documentación de AFI recoge que había sido elegida para el papel de Mary y que posteriormente fue sustituida por Compson después de la reconciliación de Cruze con su esposa. Starke consideró que había sido perjudicada profesionalmente y llevó el asunto a los tribunales. Stroheim ya era una figura de enorme prestigio y personalidad propia en Hollywood, pero el papel suponía además un desafío muy particular: interpretar a un ventrílocuo que tenía que actuar constantemente en relación con un muñeco y, en determinados momentos, hacer que el público dudara de dónde terminaba Gabbo y dónde comenzaba Otto. El otro yo fue uno de los primeros trabajos sonoros de Erich von Stroheim y constituye una pieza importante dentro de su transición desde el cine mudo. Eso explica también algunas de sus peculiaridades técnicas. El sonido todavía estaba desarrollándose y las cámaras y sistemas de grabación imponían muchas limitaciones a los directores. Precisamente por eso resulta bastante llamativo que Cruze intentara realizar una producción tan ambiciosa y llena de números musicales. Aunque Stroheim interpretaba físicamente a Gabbo y manipulaba al muñeco, la voz de Otto fue proporcionada por el ventrílocuo Georgie Grandee, acreditado también como George Grandee. Es una decisión especialmente importante porque el efecto que buscaba la película dependía de que el público creyera realmente que el muñeco tenía una personalidad propia. En noviembre de 1929, pocas semanas después del estreno, un conocido ventrílocuo llamado "The Great Lester" presentó una demanda de 250.000 dólares contra las personas relacionadas con la producción. Su argumento era que la película estaba basada en su propia vida. La reclamación no surgió de la nada: meses antes, la publicidad de la película había llegado a presentar a otro ventrílocuo, Marshall Montgomery, como inspiración para el personaje de Stroheim. La existencia de un personaje llamado "The Great Gabbo", además, podía resultar demasiado próxima a los nombres artísticos de famosos ventrílocuos de la época. Cruze quiso que El otro yo tuviera una escala visual considerable. La producción construyó un enorme decorado teatral que, según la prensa especializada de 1929, era el escenario más grande utilizado hasta entonces en una producción cinematográfica. La orquesta podía acomodar a 125 músicos, mientras que el escenario tenía espacio para un coro de unos 380 artistas. Y todavía faltaba el público: se contrataron aproximadamente 1.500 figurantes para representar a los espectadores. Para una película independiente de 1929, aquello era una apuesta económica considerable. Incluso hubo catorce mujeres desnudas Un informe de Variety de junio de 1930 señaló que Cruze había contratado a catorce modelos para posar desnudas sobre pedestales en una escena, que fue rodada en dos días. La secuencia formaba parte de las extravagancias visuales con las que la producción pretendía diferenciarse de otros espectáculos musicales de la época. El estreno de Nueva York se celebró en el Selwyn Theatre, en Broadway. Para promocionar la película se instaló sobre el edificio una enorme representación de una tela de araña gigante con jóvenes mujeres disfrazadas de moscas, mientras varias coristas cantaban y bailaban en el tejado. La araña hacía referencia al número musical The Web of Love. La instalación llegó a provocar quejas de las autoridades por los problemas de tráfico que estaba generando la concentración de público, aunque un juez acabó considerando que el espectáculo contribuía a atraer turistas a Broadway. La película no fue completamente en blanco y negro. La producción incorporó secuencias en el sistema Multicolor, uno de los primeros procesos de color utilizados durante la transición al cine sonoro. AFI confirma específicamente que la película fue rodada en blanco y negro con secuencias en Multicolor. El problema es que las copias que han sobrevivido y que pueden verse actualmente son esencialmente en blanco y negro. Por eso existe cierta confusión: muchas fuentes modernas la describen simplemente como película en blanco y negro, aunque originalmente sí contenía fragmentos en color. El número musical The Ga-Ga Bird, que fue rodado en color, no se conserva completo en las copias conocidas. Solo quedan referencias y fragmentos relacionados con él. Es particularmente lamentable porque habría permitido comprobar cómo se veía originalmente una de las primeras grandes producciones musicales sonoras utilizando Multicolor. El sistema utilizado era un proceso de dos colores que empleaba dos registros diferentes para reproducir tonalidades azul-verdosas y rojo-anaranjadas. Los especialistas de la época lo presentaban como una forma relativamente económica de introducir color en películas que no podían permitirse rodarlas íntegramente en Technicolor. El otro yo fue precisamente una de las producciones que ayudaron a experimentar con esta tecnología. La película presenta una combinación bastante extraña. Por un lado tenemos un drama oscuro sobre un hombre psicológicamente desequilibrado. Por otro, aparecen grandes números de canto y baile como The New Step, I'm in Love With You, Every Now and Then, I'm Laughing, Icky y The Web of Love. Algunos críticos consideraron que aquellos números interrumpían una historia que, por sí misma, resultaba mucho más interesante. Esa mezcla tan peculiar es probablemente una consecuencia directa de que Hollywood todavía estaba intentando descubrir qué hacer con el cine sonoro. La película no utiliza a Otto simplemente como instrumento del ventrílocuo. El muñeco funciona como una especie de segunda personalidad de Gabbo. Cuanto más depende el protagonista de él, más difícil resulta separar al artista de su creación. Ese planteamiento convierte a El otro yo en una película bastante adelantada a su tiempo desde el punto de vista psicológico. Décadas antes de que el cine de terror popularizara los muñecos asesinos o poseídos, El otro yo ya utilizaba la figura del muñeco de ventrílocuo como símbolo de una personalidad perturbada. No es una película de terror convencional, pero su atmósfera y su protagonista han hecho que posteriormente sea reivindicada por aficionados al cine de culto y al terror psicológico. El historiador Arthur Lennig señaló que las limitaciones presupuestarias fueron tan evidentes que algunos errores de diálogo y tropiezos de los actores llegaron al montaje final. Es algo que no resulta demasiado extraño en los primeros años del cine sonoro, cuando repetir una toma era mucho más complicado y costoso que durante la época muda. A pesar de que Stroheim recibió buenas críticas por su interpretación, El otro yo no consiguió relanzar su carrera como protagonista sonoro. De hecho, la película terminó siendo más recordada por su rareza que por su éxito. Para un actor de la personalidad de Stroheim, esto resulta bastante significativo: tenía una presencia cinematográfica enorme, pero el nuevo Hollywood sonoro estaba empezando a funcionar con reglas diferentes. Retrospectiva y legado El otro yo permaneció durante décadas como una película relativamente olvidada, pero con el tiempo ha adquirido un interés especial entre los historiadores del cine y los aficionados al cine de culto. Su mayor atractivo actual reside en la combinación de Erich von Stroheim, los primeros experimentos sonoros, los números musicales de enorme escala, las secuencias Multicolor y la inquietante relación entre un hombre y su muñeco. Hoy resulta especialmente interesante como documento de un Hollywood que todavía estaba intentando averiguar qué podía hacer con el sonido. La película no siempre integra bien sus canciones y su drama, pero precisamente esa mezcla tan extraña permite observar las dudas y experimentos propios de aquel momento histórico. También ha aumentado el interés por la película gracias a las restauraciones y a la recuperación de materiales conservados por instituciones como la Biblioteca del Congreso. Las copias actuales, sin embargo, no permiten contemplar completamente la experiencia cromática original, porque las secuencias en Multicolor se han perdido o sobreviven únicamente en blanco y negro. Su valoración moderna sigue siendo desigual, pero ha dejado de ser considerada simplemente una rareza menor. Actualmente posee un cierto estatus de película de culto, sobre todo por la interpretación de Stroheim y por su extraordinaria condición de híbrido entre melodrama, musical, romance y estudio psicológico. Comentario final El otro yo es una película extraña. Y eso, en este caso, es un elogio. Estamos ante una obra que intenta hacer demasiadas cosas al mismo tiempo: es un drama psicológico, una historia de amor, un espectáculo musical, una película de los primeros tiempos del sonido y, casi sin proponérselo, una especie de inquietante precursor del cine de terror psicológico. No todo funciona. De hecho, algunas partes han envejecido bastante mal. Los números musicales pueden resultar desconcertantes porque aparecen en medio de una historia mucho más oscura y dramática, y la estructura tiene algo de experimento todavía en construcción. Pero cuando aparece Erich von Stroheim, la película cambia completamente. Stroheim comprende perfectamente que Gabbo no debe ser simplemente un hombre antipático. Tiene que transmitir la sensación de que detrás de su enorme ego existe algo roto. Su relación con Otto es progresivamente más inquietante porque el muñeco parece expresar aquello que Gabbo no puede admitir directamente. Y ahí está la verdadera fuerza de la película. El muñeco no es solamente un truco de ventriloquia: es la materialización de la personalidad de su dueño. No es una obra maestra, ni siquiera una película completamente conseguida, pero sí es una de esas rarezas del Hollywood de transición que merecen ser descubiertas. Y si hay una razón definitiva para verla, esa razón tiene nombre y apellido: Erich von Stroheim, ofreciendo una interpretación tan perturbadora que, por momentos, consigue que un simple muñeco de madera resulte bastante más humano que su propio dueño. https://www.ivoox.com/premium?affiliate-code=985097bbe4dc8c1b333282b900e6636c https://www.ivoox.com/premium?affiliate-code=0313ce6ca481986b3f6c1b4a348b6745 https://www.ivoox.com/plus?affiliate-code=af5b0e46baf4ad937869c044bd46bcbf

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