BARCOS DE ESCLAVOS LAS PRISIONES FLOTANTES
Sobre este episodio
BARCOS DE ESCLAVOS LAS PRISIONES FLOTANTES Muchas embarcaciones negreras atravesaron el Atlántico entre los siglos quince y dieciséis. Se distinguían por la escolta siniestra de los tiburones que los seguían. Los escualos se alimentaban de los esclavos que morían antes de llegar al mercado donde se los vendía. Durante cuatro siglos transitaron impunemente estas prisiones flotantes. No se consideraba que la mercancía que iba a bordo fuesen seres humanos. Los empresarios sólo cuidaban de su alimentación y su salud para vender a los esclavos en buenas condiciones. Les obligaron a comer para remediar sus huelgas de hambre. A bailar de forma humillante en cubierta para mantenerse en forma. También se evitaban los suicidios. Los esclavos viajaban sujetos con grilletes. Y se les arrojaba a los tiburones cuando enfermaban o amenazaban con un motín. El Brooks fue uno de aquellos barcos. Lo construyeron en Liverpool. Realizó 11 expediciones entre 1782 y 1804. Casi todas partieron desde la costa occidental de África hasta las plantaciones azucareras de Jamaica. El Brooks podía alojar hasta 650 esclavos. Disponía de cañones. Y su tripulación era despiadada. Se calcula que unos 12,4 millones de africanos fueron deportados hasta que se abolió la esclavitud. Unos 1,8 millones fallecieron en la travesía. Otros tantos cayeron durante las redadas y la trata. Y los supervivientes tuvieron que someterse a condiciones similares de esclavitud toda su vida. Sin dignidad ni derechos. Entre el 1700 y 1808 se trasladó a dos tercios del total de esclavos. Esta prisión flotante era una combinación de máquina de guerra, cárcel móvil y fábrica. Algunos lo califican de la mayor migración forzada de la historia. O del peor drama de los últimos años de la historia humana. Los esclavos se amontonaban en la bodega del barco. Compartían el hedor de una travesía infernal. Un destino del que ni siquiera se libraban los niños. Millones de ellos sirvieron para trabajar en los campos de algodón y azúcar. Los barcos se gestionaban mediante una extrema tiranía. Como si fuera un campo de concentración. Sin embargo, hubo gente que se arrepintió. El más famoso fue John Newton. Pilotó diferentes expediciones esclavistas entre 1748 y 1754. Luego se hizo pastor evangélico. Y confesó sus aberraciones. Su activismo nos dejó como legado el himno Amazing Grace. También es conocida la terrible suerte de Olaudah Equiano. Le capturaron cuando tenía 11 años. Le separaron de su familia y de su hermana. Fue víctima de una travesía atroz. Equiano presenció la tortura y el suicidio. No consiguieron venderlo en Barbados, pero sí lo revendieron en Virginia. Y de allí viajó de nuevo a Inglaterra. Al fin, se ganó la libertad a los 24 años. Equiano aprendió el oficio de marinero. Y se convirtió en testigo de cargo de la causa abolicionista. Su relato es parecido al de miles de esclavos. De los que murieron y de los que vivieron. Era frecuente que sufrieran enfermedades. Como ocurrió durante la travesía de la nave Zong en 1781. Fallecieron sesenta africanos y siete miembros de la tripulación. Si los esclavos morían de muerte natural, la pérdida sería de sus propietarios. Pero si eran lanzados vivos al mar, la pérdida iba a cuenta de las aseguradoras. Esa noche, la tripulación del Zong lanzó a 54 esclavos por la borda con las manos atadas. Dos días más tarde, lanzaron a otros 42. Y 26 más, poco después. Diez esclavos contemplaron este hecho y saltaron por la borda. El número total de muertos se elevó a 132. Estos relatos son algunas de las páginas más oscuras de la historia de la humanidad. Infiernos flotantes, máquinas de tortura…. Durante cuatro siglos, estos barcos y sus historias fueron de lo más normal para la época.