ESTAMOS PROGRAMADOS PARA SER HINCHAS DE UN EQUIPO
Sobre este episodio
ESTAMOS PROGRAMADOS PARA SER HINCHAS DE UN EQUIPO Más de cinco millones de personas vieron el partido en el que la selección española de fútbol femenino se convertía en campeona del mundo. Según un prestigioso científico, hay algo más que pasión en este fenómeno. Los seres humanos estaríamos programados, genéticamente, para ser hinchas de un equipo, formar parte de un partido político o pertenecer a un club de fans. Y llevamos haciéndolo desde el Neolítico. No somos los únicos. Otro ejemplo de buena organización lo encontramos en unos seres diminutos: las hormigas. Es curioso, la mayoría de los animales busca perpetuarse, en cambio, un gran número de hormigas no se dedican a la reproducción, sino a cuidar a los hijos de otros. Y sacrifican la oportunidad de transmitir sus propios genes a la descendencia por el bien del grupo. A este altruismo se le llama: selección de parentesco. El padre de la sociobiología, Edward O. Wilson, lo denominó la eusociabilidad. Eu proviene del griego, bueno y va unido al concepto ‘social’. Se refiere a la capacidad de ciertas especies de crear una compleja organización, dentro de la cual, algunos de sus miembros irían en contra de sus intereses personales para beneficiar al grupo. Lo que Wilson y otros expertos afirman es que estamos genéticamente programados para pertenecer a una tribu. Es decir, que hay un conjunto de genes, seleccionados a lo largo de millones de años, que nos llevan a comportarnos así. El altruismo, la capacidad de hacer cosas por el bien del grupo, está grabado en nuestra naturaleza. La mala noticia es que esta misma predisposición nos hace volvernos violentos cuando hay una amenaza para el equipo. Y de ahí vienen las guerras o el etnocentrismo. Según la teoría de la evolución, tendemos a hacer sacrificios que garanticen nuestra misma supervivencia genética, por nuestros familiares. Sin embargo, Wilson cuestionó este planteamiento y ofreció multitud de ejemplos en sus publicaciones sobre gente que lo daba todo con tal de defender al grupo. Aunque no estuviesen emparentados. Eso sí, han de ser grupos vinculados por pertenecer al mismo país, a una fe concreta o a un club específico. Este rasgo nos habría convertido en la especie dominante. Hay 14.000 especies de hormigas y exhiben un comportamiento eusocial avanzado. Se dividen en castas como las de trabajadoras y soldados. Y tienen morfologías distintas para las hormigas reproductoras, las reinas y las que no lo son. Incluso, dos o más generaciones de adultas pueden vivir en el mismo nido. Somos iguales que las hormigas, pero con cerebros más grandes. Un órgano que usamos para anticiparnos al futuro, para predecir el comportamiento de otros grupos o para plantearnos las grandes preguntas. A veces, este instinto nos hace adoptar una posición contradictoria. La generosidad hacia nuestra tribu y la agresividad hacia los extraños. Los científicos modernos han comprobado cómo la amígdala cerebral se activa al ver la foto de un grupo social. Ahora, el reto sería poder dar con esos genes que nos predisponen a la violencia contra los que consideramos como potenciales enemigos.