La armadura que aprendimos a usar
Sobre este episodio
Juan 4:9-10. El encuentro de Jesús con la mujer samaritana. Estamos a pocos meses de terminar el año y, cuando miramos hacia atrás, es posible que aparezcan muchas preguntas en nuestro corazón: ¿Qué pasó con aquello que le pedimos a Dios? ¿Por qué no logramos lo que nos propusimos? ¿Por qué algunas puertas no se abrieron? ¿Será que nos faltó fe, esfuerzo o paciencia? A veces comenzamos el año llenos de sueños, con expectativas y con la certeza de que veremos grandes cosas. Pero, cuando el tiempo pasa y los resultados no llegan como esperábamos, nos desmotivamos. Poco a poco, aprendemos a protegernos de la frustración. Dejamos de esperar tanto, dejamos de soñar y, sin darnos cuenta, construimos una armadura para que nada nos vuelva a doler. Y aquí es donde quiero que miremos a la mujer samaritana. En Juan 4:9-10, Jesús se encuentra con una mujer que llega al pozo a sacar agua. Él le pide de beber, y ella se sorprende porque los judíos no se relacionaban normalmente con los samaritanos. Pero Jesús va más allá de esa barrera cultural y le habla de algo mucho más profundo: el don de Dios y el agua viva que Él puede dar. La mujer veía un pozo; Jesús veía una oportunidad para transformar su vida. Ella llegó al pozo por una necesidad cotidiana, pero aquel encuentro iba a tocar una necesidad mucho más profunda de su corazón. Quizás nosotros también hemos llegado a este punto del año concentrados en lo que nos falta, en lo que no conseguimos y en las oraciones que todavía no tienen respuesta. Estamos tan ocupados mirando el agua que no hemos podido sacar del pozo, que olvidamos que Jesús sigue estando presente para ofrecernos algo que no podemos producir con nuestras propias fuerzas.