Restauración de la prosperidad de Jerusalén
Sobre este episodio
La confianza en Dios no nace de la voluntad humana, sino de la obra del Espíritu Santo, quien nos capacita para reconocer su soberanía absoluta y su fidelidad inmutable. Creer en las promesas divinas y descansar en ellas es posible porque Dios, según su eterno propósito, nos ha otorgado la fe. Esta confianza no depende de las circunstancias visibles, sino de la firme convicción de que el Señor cumple sus promesas, preserva a los suyos y obra todas las cosas para bien de los que han sido llamados conforme a su propósito. Así, la confianza en Dios no es una emoción pasajera, sino una respuesta firme y reverente a la gracia de un Dios que nunca falla y que cumple fielmente todo lo que ha prometido.