Galo Martín desvela la vida oculta de los cementerios españoles: "Son un reflejo de la sociedad que se quiere ocultar"
Sobre este episodio
Con la llegada del Día de Todos los Santos, miles de familias españolas cumplen con la tradición de visitar los cementerios para honrar a sus seres queridos, una estampa popularizada en la cultura por escenas como la de la película 'Volver' de Pedro Almodóvar. Para ofrecer una mirada diferente a estos espacios, el historiador y periodista Galo Martín Aparicio publica `'Cementerios de España. Vida alrededor de la muerte'`, un libro que explora la riqueza histórica, artística y social que albergan. En una entrevista con Cristina López Schlichting en el programa `'Fin de Semana'`, el autor ha desgranado las claves de estos lugares de memoria. A pesar de la fecha señalada, Galo Martín confiesa que el 1 de noviembre es precisamente el día que intenta evitar para sus visitas. “Es cuando más congestionado están, sobre todo algunos aquí en Madrid, como puede ser el de La Almudena”, explica el periodista, que prefiere la quietud de otras jornadas para adentrarse en el universo que describe en su obra. Según Martín Aparicio, los cementerios funcionan como un archivo histórico que revela cómo ha cambiado la sociedad, incluso en aquellos aspectos que se intentaban esconder. Pone como ejemplo un camposanto en Palamós (Costa Brava), donde las tumbas de una persona que se suicidó y de una madre soltera estaban apartadas del resto. “Esas historias o esos aspectos de la sociedad que a veces se quieren ocultar, en los cementerios están ahí. Si te fijas, los ves”, afirma. Esta segregación no es nueva. El autor recuerda cómo, ante la llegada de ingenieros británicos de religión protestante a las minas de Huelva y Málaga, se tuvieron que habilitar cementerios específicos para no católicos. Además, un real edicto de Carlos III en el siglo XVIII ordenó sacar los camposantos de los núcleos urbanos por “una cuestión de salubridad, de higiene y también de espacio”. Las desigualdades sociales también quedan patentes en el arte funerario. A raíz de la Revolución Industrial, especialmente en ciudades como Barcelona o Alcoy, los burgueses que hicieron fortuna “quisieron enterrar en las mismas condiciones en las que vivieron”, encargando panteones modernistas que hoy son un patrimonio arquitectónico sorprendente. En contraste, destaca las tumbas de la comunidad gitana, que “son como muy coloridas, ostentosas y llamativas”, un reflejo de su forma de vivir. La idea del libro surgió tras un viaje a Bogotá (Colombia), donde una visita guiada a su cementerio le hizo reflexionar. Se cansó de “los mercados gastronómicos y los free tours” y se preguntó por qué los españoles visitan el cementerio judío de Praga o la tumba de Jim Morrison en París, pero ignoran el patrimonio nacional. “Me pregunté por qué en España no lo hacíamos si teníamos cementerios igual de ricos en cuanto a patrimonio”, detalla. Esta práctica, conocida como necroturismo, gana adeptos y cada vez más cementerios organizan visitas. El cine también ha inmortalizado algunos, como el ficticio cementerio de Sad Hill en Burgos. El cementerio de La Almudena en Madrid es un caso paradigmático de la grandeza de estos espacios. Con 120 hectáreas, es una “ciudad dentro de otra ciudad” atravesada por una línea de autobús. En él, según Martín, “conviven pacíficamente gente de diferentes culturas, religiones”, desde el cementerio civil al judío o el católico. Para el autor, el silencio de un cementerio ayuda a “establecer prioridades y darte cuenta de de qué es lo importante”. Compara esa sensación con la que aflora tras una tragedia, cuando gestos cotidianos cobran un nuevo valor: “mucha gente se ha dado cuenta que ir a dar un paseo o ir a buscar a tu hijo al colegio, eso ya es una suerte, es un milagro”. No obstante, percibe que la relación con la muerte está cambiando. “Ahora, la gente se muere en los hospitales, ir a los cementerios cuesta y cada vez se va menos”, lamenta. En su opinión, como sociedad “somos un poco más infantiles” en este tema porque “nos da mucho miedo”. Su investigación, concluye, le ha ayudado a tener más claro qué es lo urgente y qué lo importante, aunque admita que, a veces, también se enfada “por tonterías”.