LA ODISEA DE PEDRO SERRANO EL NÁUFRAGO ESPAÑOL QUE INSPIRÓ LA OBRA DE ROBINSON CRUSOE
Sobre este episodio
LA ODISEA DE PEDRO SERRANO EL NÁUFRAGO ESPAÑOL QUE INSPIRÓ LA OBRA DE ROBINSON CRUSOE El Archivo General de Indias está en Sevilla. Tiene un alto valor documental. Y es toda una caja de sorpresas. De entre su contenido, os contaré está historia. Era el año 1526. Un poderoso huracán fuera de temporada sorprendió a la tripulación de un patache solitario. Estaba en medio de la inmensidad del océano. La nave era un tipo de embarcación de vela de dos palos. Ligera y muy rápida. Se usaba como vigía, guardacostas... Como correo o para transporte urgente de valijas de alto valor. Su desplazamiento nunca superaba las 40 toneladas. La Armada española la usó de manera discrecional durante cerca de 4 siglos. Ante esta situación, era poco menos que una cascara de nuez en medio de olas colosales. Como era de esperar, casi todos sus integrantes murieron. Menos el piloto. De nombre, Pedro Serrano. Se ató a la rueda del timón. Y se encomendó a todos los santos. La ola lo arrastró hacia la nada. Tras tres días, sobrevivió de forma milagrosa. Se topó con un banco de arena. Estaba a 130 millas del archipiélago de San Andrés. Al norte de la actual Colombia. Afortunadamente el islote puso su vida a salvo. Aunque no daba para mucho. La vegetación era escasa. Daba para obtener fibra. Para humedecer la lengua con las raíces para hidratarse. Y para construir un pequeño refugio que le librara de las lluvias imprevistas. No había fuentes de agua dulce en el pequeño territorio. Pasó tres años en el más completo abandono. De pronto, recibió la visita de otro superviviente. Había acontecido otro hundimiento en las inmediaciones. El nuevo, llegó a la orilla en un pequeño bote. Su encuentro frente a frente, fue descrito por Garcilaso el Inca. No se sabe cuál de los dos se quedó más asombrado en ese momento. Serrano imaginó que era el demonio que venía encarnado en la figura de un hombre. Para tentarle ante su desesperación. El otro le tranquilizó, diciéndole que era cristiano. Y rezó a voces el Credo. Serrano lo escuchó. Y se abrazaron entre lágrimas y gemidos. Ambos se hallaban juntos en la misma desventura. Ambos estaban aislados de las rutas de navegación. Por allá no circulaba ni el Tato. Durante los 5 años siguientes diseñaron una especie de fortaleza. También una micro pesquería. Y una estructura de tejidos para filtrar el agua y dejar la sal. Hicieron una pequeña torre a base de rocas, pedruscos y corales. Les sirvió de refugio. De vez en cuando hacían señales de humo con el fuego obtenido de restos de otros naufragios. Esperaban a secar la madera y luego la hacían arder. Nunca arrojaron la toalla. Aquel banco de arena perdido en la inmensidad ni siquiera estaba entonces registrado en las cartas náuticas. En 1534 su suerte cambiaría, fruto de una casualidad. Pasaba por allí un enorme galeón dirección a la Habana desde Cartagena de Indias. Su tripulación avistó las señales de humo que ambos hacían en ese instante. Enviaron una chalupa para socorrerles. Al fin, lo que parecía imposible se convirtió en una realidad. Lástima que solo la disfrutó uno de ellos. El compañero no llegó a divisar tierra firme. Tras 5 años perdido en el olvido, falleció por unas fiebres agudas. En cambio, Pedro Serrano consiguió regresar a España después de 8 años de odisea. Esta aventura se tradujo en fama y dinero. Le proyectó como personaje famoso en la Corte Española y en varias europeas. Pedro narró sus peripecias en salones de alta sociedad. Antes de dejar este mundo, dejó constancia de su penalidades en unos documentos que él mismo redactó. 8 años condenado al olvido más radical al que un ser humano puede ser condenado. La locura. Este relato está a disposición de cualquiera en el Archivo General de Indias de Sevilla. Tanto Daniel Defoe, en las aventuras de Robinson Crusoe, como Emilio Salgari, tomaron hechos prestados del naufragio de Pedro Serrano. Todo un episodio de la grandeza humana ante las adversidades más extremas. Un caso perdido, que sin embargo, vivió para contarlo.