LEER UN LIBRO ES COMO PASEAR POR EL BOSQUE PARA NUESTRO CEREBRO
Sobre este episodio
LEER UN LIBRO ES COMO PASEAR POR EL BOSQUE Leer un libro es como pasear por el bosque. Al menos así es como lo percibe nuestro cerebro. Solemos pensar que la lectura es una actividad cerebral abstracta. Una nube de pensamientos, ideas, palabras y oraciones sobrevolando nuestras cabezas. Para nuestro cerebro, un texto es algo tangible. Las letras las interpreta como objetos físicos. Veamos cómo funciona nuestro órgano rey con la lectura. A diferencia de la vista o el habla, no heredamos la capacidad de leer de forma genética. Maryanne Wolf, dice que no nacemos para leer. Que nuestro cerebro no está cableado para leer. Parece ser que no han sufrido cambios significativos desde hace unos 40.000 años. La escritura apareció hace unos 5.000. Por ello, cuando leemos es como si caminásemos por el bosque. Nuestro cerebro improvisa. Se vale de circuitos neuronales de distintas regiones. Como las del habla, la coordinación motora y la visión. Las entrelaza para poder leer. Este remix se adapta para reconocer y clasificar los objetos. Esto es una manzana. Aquello es una naranja Y todo esto es fruta. Y nos permite reconocer cada fruta por sus características. De igual modo, reconocemos cada letra por sus curvas, líneas y espacios vacíos. Es como hacer malabares con tres pelotitas. Primero con una y luego con las otras. Hasta sincronizar los movimientos. Una pelota serían las palabras, que están hechas de sonidos, los fonemas. Otra pelota serían los grupos de letras con los que se corresponden. Y la tercera, serían las palabras. Leer es conseguir el equilibrio entre las tres, sin que se caigan. Entre los 5 y 7 años, los niños empiezan con los malabares. La dislexia surge porque leer es algo ajeno a nuestro cerebro. Aparece, cuando nos cuesta mantener el equilibrio con alguna pelotita. En los ojos de nuestro cerebro, un texto no es más que un paisaje. Hace falta construir una representación mental. Todavía hay mucho por averiguar sobre este punto. Se intuye que nuestro órgano pensante inventa mapas similares a los que usamos cuando vamos de excursión al campo. Con sus montañas y senderos. Es frecuente recordar en qué parte de una página habíamos leído algo. Como en la esquina inferior de la página izquierda, por ejemplo. Al igual que nos acordamos del árbol caído que marcaba el último tramo del sendero. Por eso, los expertos piensan que leer en un libro de papel es distinto a hacerlo en un libro electrónico. Un libro abierto se presenta como un terreno a ser recorrido. Una página al lado de otra, con sus ocho esquinas. Con su comienzo y final. El libro en nuestras manos nos permite sentir que avanzamos. Un lado se engrosa y el otro adelgaza con cada página que pasamos. Es como dejar una huella tras otra en el camino. Pasear a lo largo de un texto en pantalla se hace más complicado para nuestro cerebro. Es como saltar de un punto a otro. Como estar quietos en medio de un río. Si escribir es bailar sobre el papel, leer es hacer que la coreografía cobre vida. Durante la lectura, se activan las regiones motoras del cerebro. Las escuelas Montessori piden que sus estudiantes sigan con sus dedos la silueta de las letras recortadas en papel. Así ejercitan el trazo, Coordinan la vista, el tacto y su orientación espacial. Y luego imitan ese gesto. Al pasar las páginas por un libro de texto, se siente como si perdiésemos el rastro. Wolf afirma que leer nos dio el regalo del tiempo. La lectura nos ayuda a pensar. Y cuanto más leemos, nuestro pensamiento cambia. Y todo ello, con un órgano similar al de nuestros antepasados. Los que perseguían mamuts. Leer remodela nuestros palacios mentales. Nuestra forma de pensar. Se trata de un proceso complejo en el que intervienen varias áreas del cerebro. Tardamos unos diez años en conformarlo. Se desarrolla en el hemisferio izquierdo y la corteza inferotemporal. Donde se detecta y reconoce las palabras escritas. Y se envía la información a otras áreas. Una parte del cerebro sólo está especializada en interpretar los símbolos. Y eso hace que podamos usar la comunicación no verbal. Algo único en el reino animal. Un rasgo propio de la especie humana. No es lo mismo leer una novela que un libro de matemáticas. Las novelas activan las regiones que estimulan la imaginación y la acción motora. Por eso nos metemos en la trama. La corteza frontal activa el control motor, mientras que el lóbulo temporal interviene para generar emoción y memoria. Las fibras nerviosas que unen los dos hemisferios son más gruesas en los lectores habituales que en los analfabetos. Ambos tendrán el mismo número de neuronas, pero el cerebro lector tendrá conexiones más eficientes. A mayor reserva cognitiva más preparados estaremos para afrontar el envejecimiento o enfermedades como el Alzheimer. No previene la enfermedad, pero disminuye su impacto. Somos seres visuales. Procesamos las imágenes de forma rápida. El estímulo de la lectoescritura o el cálculo matemático nos cuesta más. Necesitamos ejercitar esta habilidad para descodificar y entender las palabras y signos. Una vez entrenados, nos relajamos y dejamos atrás nuestros problemas para sumergirnos en la lectura. La lectura es el cimiento del aprendizaje. No basta con tener una lectura mecánica, sino que sea comprensiva. Una riqueza que nos hace poder imaginar lo que estamos leyendo a través de imágenes. Los verbos activan las regiones motoras del cerebro. Hermann Hesse dijo que: Sin palabras, sin escritura y sin libros, no habría historia. No existiría el concepto de humanidad. Nos quedaríamos sin muchos paseos por el campo. Por eso un buen libro, despierta nuestras ganas de vivir.