Los fÍsicos cuÁnticos intentan saber quÉ es la consciencia
Sobre este episodio
LOS FÍSICOS CUÁNTICOS INTENTAN SABER QUÉ ES LA CONSCIENCIA En el año 2005 la revista Science publicó un ranking con las 125 preguntas más importantes para la humanidad. La ciencia aún no ha sabido darles respuesta. La primera era: ¿De qué está hecho el universo? Y la segunda…¿Cuál es la base biológica de la consciencia? Quince años después, seguimos saberlo. Conocemos la inteligencia, cómo opera el cerebro y los centros que lo regulan. Pero la consciencia se nos escapa. Hablamos del sentido íntimo de que existimos, de que tenemos un pasado, un presente y un futuro. De saber que vamos a morir. Del hecho de creer en cosas como espíritus. Todo eso tan exclusivamente humano seguimos sin tener ni idea de dónde se produce. Primero, diferenciemos entre conciencia y consciencia. La conciencia tiene que ver con la moral, el pecado. Lo que está bien o mal. Mientras que la consciencia es ese sentimiento de que estamos vivos, de que existimos. Algunas investigaciones recientes sugieren que no toda la consciencia se genera en el cerebro. El corazón es un órgano que tiene miles de neuronas y muchas conexiones. Muchos artículos y libros nos hablan de los casos de varios pacientes transplantados de corazón. Ellos empezaron a tener gustos que antes no tenían y a sentir cosas nuevas. Un cardiólogo se dedicó a investigar este asunto. Se dio cuenta de que la mayor parte de los nuevos recuerdos y sensaciones de los pacientes receptores, correspondían a las experiencias que habían disfrutado en vida los donantes de su corazón. Aparte de eso, podría haber una conexión extracerebral y extracorporal. Hoy en día, se habla de la consciencia universal. Hay varios estudios sobre ellos realizados por la Universidad de Princeton en Estados Unidos. Se han repartido unos 60 sensores por el mundo. Son capaces de captar la actividad cerebral. Por así decirlo, esos sensores detectan las variaciones de la consciencia compartida. Hay acontecimientos mundiales como los atentados contra las Torres Gemelas o la pandemia del Coronavirus. Y siempre se han asociado a cambios en la secuencia de unos y ceros que generaban estos artilugios. Se debían a las modificaciones de la consciencia universal. Diversos estudios apuntan a que la consciencia no es sólo cosa del cerebro. A lo mejor, ni siquiera se circunscribe al ámbito de nuestro cuerpo. Sin embargo, es la característica fundamental que nos distingue como seres humanos. Los animales pueden tener actividades mentales o resolver problemas. Pero no hay que confundir inteligencia, mente y actividad mental con consciencia. Son cosas diferentes. Jugar al ajedrez es una actividad cerebral. Eso lo puede emular una inteligencia artificial. Incluso, con ventaja. Pero si jugamos esa partida a la semana siguiente después de haber perdido a un ser querido, le añadiremos un sentimiento de pena y añoranza. Ese recuerdo sería la consciencia. Los ordenadores no pueden reproducirla. Ni siquiera los cuánticos. Sus algoritmos no son capaces de reproducir una actividad tan íntima y profunda como son los sentimientos o la imaginación. Un profesor americano dice que la consciencia son pensamientos que se mueven en el espacio y el tiempo. Un robot puede tocar el violín, pero no transmitir la emoción que le pone un músico. Por eso, el día que seamos capaces de dominar la consciencia, nos cambiará la vida. Hay físicos cuánticos que hablan de la inmortalidad cuántica. Nuestro cuerpo se puede descomponer, pero nuestra parte más íntima persiste en algún formato. Las religiones sostienen que puede ir al cielo. Que puede transmigrar a otro ser vivo. El profesor Campillo lanza la hipótesis Smartphone de la consciencia. Lo mejor no estaría en el aparato, sino en la nube. Un lugar misterioso de donde te lo puedes bajar. Si rompemos el terminal no destruiremos las fotos o los vídeos que estén en la nube. Se podrán rescatar aunque ya no dispongamos del móvil. Esta idea es la que propone la inmortalidad cuántica. Y se valen de las mismas matemáticas que usan para realizar estos aparatos. En cambio, el alma es un concepto más amplio. Siguiendo con nuestro símil del Smartphone. El alma incluiría la batería, la hora o la linterna que podemos encender a oscuras. Para los filósofos griegos, era lo que nos movía. Pues bien, una parte pequeña del alma sería la consciencia. En el libro se habla de una conexión extracorporal de la consciencia. Para su autor, nosotros estamos conectados con todo. Los átomos son inmortales. Sólo se desvanecen en las explosiones nucleares. Nuestros átomos son de segunda mano. Todos proceden de alguna estrella que explotó en su día. Por lo tanto, todos estaríamos conectados en un sentido cuántico. Como si estuviésemos unidos por hilos. Esta unión continúa a grandes distancias. Cuando establecemos una buena conexión con un desconocido. Podría haber una influencia de nuestra consciencia. Esta podría alterar el campo que tenemos alrededor o a largas distancias. El resultado sería lo que llamamos casualidades. Lo que está detrás del tipo de cosas que no nos podemos explicar. Las que nos han hecho elegir una dirección en las encrucijadas de la vida. La consciencia estaría detrás de algunas grandes cualidades de los seres humanos. La empatía, el altruismo o el amor. Pero también subyace en cosas tan terribles como la crueldad. Los seres humanos somos capaces de atrocidades espantosas. Crucificar, empalar, quemar o torturar. De arrasar poblaciones enteras. La consciencia también nos hace ver cosas que no existen. Nos ayuda a imaginar cosas. Cuando nos sobrevuela un avión. Podemos hacernos una idea de que dentro va un montón de gente. Algunos estarán disfrutando del vuelo, otros comiendo o viendo una película. La consciencia inventa el mundo que vivimos. Pero no tiene nada que ver con la realidad. En 1710 el obispo Berkely dijo que si un árbol cae en un bosque y nadie lo escucha… ¿Hace algún ruido? No. El ruido es una vibración que nuestros sentidos captan a través del oído. Si no hay nadie cerca, no hay ruido. Del mismo modo, lo que vemos a nuestro alrededor no existe de esa forma. La consciencia inventa un mundo cuántico de átomos, partículas, fotones y energía para nuestro uso particular. Volvemos al mismo simil. A través del Wi-fi solo entran millones de unos y ceros en el ordenador. Y su software lo transforma en imágenes, texto o figuras. Igual que hace la consciencia. A nosotros nos llegan señales binarias como los unos y ceros. Nuestros sentidos actúan como el software del ordenador. Cogen todo ese barullo de información y lo transforman en sonido o luz. En algo que nos permita vivir. La consciencia se inventa un mundo para nosotros. Entonces, cada uno podría ver un planeta diferente. Un niño que nace ciego de nacimiento tiene que aprender a ver. Tiene que aprender a interpretar los fotones que le llegan a la retina para componer imágenes. Fijaros. Los átomos están vacíos en un noventa y nueve por ciento. Así que las cosas que tocamos y percibimos como duras, no lo son. Hay un espacio entre los angstroms de la mano y el objeto. Porque los electrones de los átomos se repelen entre sí. Y lo mismo ocurre cuando se toca a alguien. Los electrones de los átomos se repelen. Esa repulsión hace que se deforme la piel. Y esta pone en marcha unos receptores que transforman esa sensación electromagnética en una experiencia táctil. Todo el funcionamiento del sistema nervioso se resolvió con la electricidad y con la física. Pero la consciencia no se explica con eso. Los físicos cuánticos intentan saber qué es la consciencia. Sólo la física cuántica podrá dar respuesta a esa pregunta, según el profesor Campillo.