EL SUMO ENTRE EL DEPORTE Y LA MÍSTICA PARA YANNICK V
Sobre este episodio
EL SUMO ENTRE EL DEPORTE Y LA MÍSTICA PARA YANNICK V Es una imagen conocida. Dos tipos orondos, semidesnudos, se empujan a pulso. Después de algún que otro soplamocos, logra tirar al adversario al suelo o sacarlo del círculo de combate. Destaca la extraordinaria envergadura de los luchadores. En Japón se les considera imbuidos de un aura semidivina. El sumo es parte del mito fundacional del país según el Kojiki del 712 después de cristo. El libro japonés más antiguo que se conserva. Donde dice que las islas de Japón fueron conquistadas hace miles de años por los dioses del cielo. Con una pelea de sumo. Los combatientes pueden llegar a pesar más de 200 kilos. Y consumen unas 16.000 calorías por jornada. Su nutrición es rica en vitaminas y minerales. Incluye una gran variedad de carnes, pescados, cereales y vegetales. Tienen una esperanza media de vida de entre 60 a 65 años. 20 menos por debajo de la media japonesa, que es de las más altas del mundo. Lo más común es que tengan problemas de diabetes. La comida que toman se llama Chanko nabe. Es una olla colectiva que contiene unos 90 kilos de carnes y 45 de verduras. Un cocido salvaje, donde cabe de todo. Además, lo suelen regar con mucha cantidad de alcohol. Para entrar en el sumo profesional hay que cumplir con unos mínimos requisitos. Medir 1,70 y pesar al menos 75 kilos. Lo curioso, es que en las categorías inferiores es frecuente encontrar a luchadores delgados. Hasta que entran en las heyas. Las residencias donde los sumos viven y practican la lucha. Allí se encargaran de que alcancen una gran envergadura. La convivencia se rige por una estructura muy rígida. El oyakata es el entrenador principal. Y establece unos horarios férreos y escasa libertad de movimientos a sus pupilos. Solo los luchadores de las dos categorías principales, reciben un salario. Los de menor rango viven, prácticamente, privados de derechos. A su cargo corren las tareas de cocina o de la limpieza en las residencias. El trato que reciben es estricto. Pocos sumotori consiguen seguir vinculados al deporte cuando acaban su carrera. Hay muchas limitaciones a la hora de obtener el título de entrenador. Y la Asociación de Sumo suele ofertar unas 105 plazas. Para muchos luchadores, la vuelta al mundo real es muy dura. Muchos, no han hecho otra cosa en su vida. Y se ven con 35 años, con unos estudios básicos, afrontando una etapa distinta de su vida. La difícil entrada al mercado laboral. Algunos acaban dedicándose el mundo del espectáculo. El hawaiano Konishiki de desvinculó del sumo. Y comenzó una carrera en el rap. Cosechó éxitos como Sumo Gangsta o Sumo Stomp. También ha participado en algunas películas como en A todo gas: Tokyo Race. El sintoísmo es la religión que rige esta lucha. Y considera que la menstruación es impura. De modo que ninguna persona con útero puede pisar el terreno sagrado. El Dohyo. Es muy difícil que estas tradiciones cambien. Se ha intentado que se ponga sobre la mesa el debate de reducir las dietas de los luchadores. O el de intentar expandir la popularidad del deporte fuera de las fronteras niponas. Los resultados han sido escasos. En el ámbito amateur sí que admiten participantes de cualquier sexo. Puesto que los combates no se celebran en suelo sagrado. El sumo sigue siendo un fenómeno enormemente arraigado en el país. Los precios de una velada tienen un coste de entre 20 y 30 euros. Los rituales suelen llamar la atención del público. A menudo, más que los propios combates. Algunos sólo duran 1 minuto. El dohyo ha sido purificado un día antes. El día del enfrentamiento, se cantan los nombres de los luchadores. Levantan una pierna y la dejan caer, con fuerza, al suelo. Muchos se enjuagan la boca con agua ofrecida en un cazo por el vencedor del combate anterior. Es un gesto que les transmite fuerza. A continuación, cogen un puñado de sal y la arrojan para purificar el dohyo. Luego, se colocan frente a su rival con las palmas abiertas. En señal de que no ocultan ningún arma. Se miran fijamente. Posan sus puños en el suelo. Vuelven por otro puñado de arroz para tirarlo. Entrecruzan miradas. Y comienza el combate. Mitad deporte, mitad ceremonia religiosa. El sumo es, sin duda, un deporte con una filosofía particular.