LA ANTROPOFAGIA EN LA CULTURA AZTECA
Sobre este episodio
LA ANTROPOFAGIA EN LA CULTURA AZTECA Existe una Leyenda negra sobre la colonización de América. Muchos la pintan como un Edén en el que los indígenas vivían en armonía entre sí y con la naturaleza. Sin embargo, los descubrimientos más actuales demuestran lo contrario. La cultura azteca explotó, saqueó y devoró, literalmente, a otras etnias. El conquistador español Bernal Díaz del Castillo escribió que al emperador Moctezuma le gustaba comer carne humana. La de muchachos de corta edad. Recordemos que Díaz participó en la expedición de 1519 que puso fin al Imperio azteca. Otros testimonios daban cuenta de la existencia de muros construidos con cráneos. Todo un osario de cabezas de hombres presos en guerra y sacrificados a cuchillo. Así se recoge del testimonio de Andrés de Tapia y Gonzalo de Umbría, dos hombres de Hernán Cortés. Dos arqueólogos mexicanos dieron con parte de estos muros en el 2017. En el lugar donde estaba ubicado el Templo Mayor de Tenochtitlán. Varios de estos huesos pertenecieron a mujeres y niños. Algunas teorías postulaban lo siguiente. Que los sacrificios humanos de los aztecas eran esporádicos. Que el canibalismo apenas existió. O que exponían las cabezas de los guerreros capturados en batalla para amedrentar a otros grupos. No olvidemos el importante papel que jugó el mestizaje impulsado por los Reyes católicos. Y continuado por su nieto, Carlos I de España. Un mestizaje que dio origen a las actuales nacionalidades hispanoamericanas. Un rasgo que aportó la dominación española. Si miramos a las colonias de otros países europeos, veremos que allí el mestizaje fue casi inexistente. El personal de la metrópoli vivía aislado de la población local. Y se dedicaron a capturar a muchos nativos para traficarlos como esclavos. En 2019, España renunció a conmemorar los 500 años de la conquista de México por Hernán Cortés. Un hecho que supuso, en realidad, el nacimiento de México. El historiador argentino Marcelo Gullo lo narra en su libro: Madre Patria. Donde desmonta la leyenda negra. Según su autor, Cortés liberó a México de la opresión azteca. Con solo 700 hombres, pudo reunir un ejército de 300.000 indios. Estos pertenecían a las etnias oprimidas por el imperio de Moctezuma. Así que decidieron sumarse a la campaña de Cortés. Hablamos de pueblos originarios como los totonacas, los otomíes o los de Texcoco. En realidad, la mayor parte de las etnias que poblaban la zona, celebraron la caída de Tenochtitlán. Marcelo Gullo concluye con que los aztecas eran sólo una de las muchas etnias que habitaban México. México no existía como nación. Lo que había era una multitud de tribus separadas por ríos y montañas. Y que se comunicaban en 300 dialectos. Los aztecas apenas dominaron una zona de la meseta. Entre ellos, reinaba la más feroz enemistad que alimentaba la guerra perpetua. Y sólo la conquista española puso fin a este conflicto. Gullo aborda el tema de la antropofagia en su libro. Y asegura que no pasaba un día sin que alguien no fuera tendido en los altares de los grandes templos. Aunque los sacrificios también se celebraron en docenas de templos menores. Que servían como capillas vecinales. Solían ser estructuras bajas y circulares de unos 6 metros de diámetro. En resumen, Hernán Cortés no hubiera podido vencer a Moctezuma sin la cooperación de las etnias sometidas por los Mexicas. Que vieron en la llegada de los españoles una oportunidad para su emancipación. La práctica de los sacrificios humanos no fue algo exclusivo del pueblo azteca. Sin embargo, el fruto de estas ofrendas iba a parar a la mesa del emperador mexica y de su nobleza. A la víctima, todavía viva, se le extraía el corazón para ser ofrendado al dios. Los cuerpos se llevaban a unas casas llamadas calpul, donde se los repartían para comérselos. Esto escribió Fray Bernardino de Sahagún en Historia general de las cosas de la Nueva España. Sahagún fue el primero en estudiar la cultura azteca. Y describió con detalle las ceremonias y su calendario religioso. Los prisioneros de guerra eran mantenidos cautivos para ser sacrificados en determinadas fechas. Los restos terminaban en el calpulco. Y le enviaban a Moctezuma un muslo para que comiese. Lo demás, lo repartían entre el resto de parientes. Cocían la carne con maíz y cada uno comía su pedazo en una escudilla o cajete. Acompañado de un caldo y su maíz cocida. Antes del sacrificio, a las víctimas las adornaban con piedras preciosas. Con plumas ricas, mantas y maxtles muy curiosas. La Universidad Nacional Autónoma de México realizó un trabajo titulado: Sacrificios humanos, sangre para los dioses. Y describen cómo eran los muros de cráneos hallados en Tenochtitlán. Eran un edificio cívico-religioso donde se colocaban los cráneos de los sacrificados. Las cabezas eran encajadas en tezontle, una piedra volcánica de la región. Se estima que hay restos de unas 1.000 personas. Pero según los arqueólogos, eso sería solo la tercera parte del edificio completo. Se trata de la mayor prueba arqueológica sobre la práctica de sacrificios humanos de los aztecas. Hasta que la Ley 12 del Título 1 del Libro 1 de Indias prohibió esta práctica sangrienta. La dictó Carlos V en junio de 1523. Ahora bien, el propio Sahagun dice que los sacrificios solían realizarse de modo cotidiano entre el 30 de septiembre y el 19 de octubre. Fecha en la que eran dedicados a los dioses Xipe Tótec y Tláloc. En sus ceremonias no faltó la práctica de la antropofagia. Hay esqueletos humanos ejecutados por cardiectomía. Con marcas de corte en las costillas y decapitaciones. El historiador estadounidense William Prescott estima que el número de víctimas inmoladas rondaba las 20.000 por año. La principal fuente de alimento de los dioses aztecas estaba constituida por los prisioneros de guerra. Cuatro sacerdotes ascendían a las víctimas por los escalones de las pirámides hasta los templos. Les extendían boca arriba sobre el altar de piedra. Y les abrían de un lado a otro el pecho con un cuchillo de obsidiana. Un quinto sacerdote era el encargado de esgrimir este cuchillo. Después, arrancaban el corazón palpitante de la víctima y lo quemaban como ofrenda. El cuerpo bajaba rodando los escarpados escalones de la pirámide. Los cadáveres terminaban siendo comidos. A pesar de todo, todavía quedan muchos interrogantes por descubrir de la cultura azteca.