RELIQUIAS EN LA ESPAÑA DE LA EDAD MEDIA
Sobre este episodio
RELIQUIAS EN LA ESPAÑA DE LA EDAD MEDIA El fervor de adorar objetos con un significado especial viene de la antigüedad. Desde los héroes como Eneas o Hércules. Una reliquia es el cuerpo entero o una parte de alguien venerado como santo por la Iglesia. Y también lo eran los objetos que habían pertenecido a esa persona. Su cabeza, un brazo, un dedo, una uña, un diente… Se usaron para consagrar altares cuando se construía una iglesia. Además, se guardaban en unas cajitas llamadas lipsanotecas. El primer testimonio conocido de reliquias es el de Policarpo, obispo de Esmirna. Murió en la hoguera, en torno al 155. Las reliquias ocuparon su espacio en los monasterios, iglesias o santuarios. De esta forma adquirieron prestigio. Se convertían en centros de peregrinación y resultaban ser una fuente de ingresos económicos. Los peregrinos tenían que comer, dormir y comprar recuerdos. La sociedad era creyente. Los fieles rezaban ante las reliquias. Pensaron que tenían un poder taumatúrgico, que hacían milagros. Por ejemplo, en el monasterio de Silos, en Burgos. El polvo que se acumulaba en el sepulcro de Santo Domingo se echaba al vino para dárselo a los enfermos. Los emisarios de los obispos eran los encargados de conseguir las reliquias. Y las custodiaban a cambio de una limosna. Sin embargo, el afán por poseerlas llevó a muchos a saltarse las buenas normas. Es decir, que robaban y troceaban reliquias. Como fue el caso del obispo Diego Gelmírez en 1102. Lo perpetró en una iglesia de Braga, Portugal. Los ladrones aprovechaban las aberturas de los sepulcros para llevarse hasta una uña. Por ello, se limitó el acceso a estos lugares. Pusieron verjas de hierro y cerraron a cal y canto ciertas sepulturas de santos de la iglesia. Ya que, incluso, se llegó a mezclar los líquidos de algunos difuntos con aceites. A modo de ungüentos sanadores. Floreció un próspero comercio ilegal de reliquias donde abundaron las falsificaciones. Como un peine de María Magdalena o una tinaja de la boda de Caná. Fuera de la Península hallamos los casos de dos prepucios del Niño Jesús. O el de dos iglesias que aseguraron tener la cabeza del mismo santo. Al final se decidió que una era la que había portado en su juventud y la otra la de su madurez. El reformista Calvino citó un caso más truculento. Durante mucho tiempo se creyó que una reliquia fue un brazo, hasta que se descubrió que era el falo de un ciervo. Las reliquias también eran textiles. Santos sudarios, sábanas santas o piezas de contacto. Que envolvieron los huesos o sepulcros de santos. Solían llevar una etiqueta en latín que las catalogaba como reliquias. Los tejidos más grandes han desaparecido en su mayoría. En España hubo una gran riqueza de materiales. Lino, lana o seda. Con bordados en hilos metálicos de oro y plata. Dependiendo del período, predominó un cierto color. Como el azul, el morado o el rojo. Cada cierto tiempo había que abrir el sepulcro para comprobar el estado de las reliquias. En ese momento, se solía añadir una tela. Bastantes se recortaron y vendieron. Los tejidos de la iglesia de Santa Librada, en Sigüenza fueron vendidos por los canónicos tras la Guerra Civil. Y sirvieron para restaurar el templo. Igualmente, los recipientes islámicos que guardaron reliquias de santos cristianos fueron apreciados. Daban prestigio social a quien los adquiría. Eran de marfil, cristal de roca, oro o seda. Llegaron a los reinos cristianos por el comercio, tributos, botín de guerra o por acuerdos diplomáticos. El furor por las reliquias decayó a partir del Concilio de Trento en 1545. La Contrarreforma católica quiso frenar desmanes y corruptelas. Al final, esa costumbre se ha mantenido. Ya que se colocan reliquias cuando se consagra una iglesia. Aunque ya no tienen que ser de mártires. En cuestión de reliquias, el tamaño importaba. Mejor un brazo que un dedo. El reino leonés destacó por sus embajadas y traslados de reliquias en los siglos once y doce. Muchas de estas influyeron en la ornamentación de los templos. Y así ha perdurado esta particular costumbre hasta nuestros días. El Santo Grial o el Arca de la Alianza siguen siendo de las más buscadas por todo el mundo.