Pliegos de cordel o la literatura de las plazas
Sobre este episodio
Pliegos de cordel o la literatura de las plazas La aparición de la imprenta cambió el rumbo de la literatura por completo. Las miniaturas que solían acompañar a los textos fueron sustituidas por grabados impresos. Las historias pudieron llegar a más gente, no sólo de forma oral, sino escrita. Esta revolución trajo consigo los pliegos de cordel o pliegos de ciego. Comenzaron a imprimirse a finales del siglo 15. En España estuvieron presentes hasta el siglo 20. Siendo populares durante la posguerra. El pueblo llano acudía escuchar atentamente las noticias y cuento que les contaban los ciegos o narradores profesionales. Las ilustraciones de los pliegos de cordel incorporaron un nuevo recurso expresivo para una gran mayoría de población analfabeta. Su nombre se debe a que solían ser los invidentes los que recitaban estas historias, con la ayuda de un lazarillo. El ciego desplegaba los grabados en un gran cartel a la vista del público. Otra forma de exponer estos cuadernillos fue colgándolos en fila en unos cordeles. Muchas veces para su venta ambulante. Provocaron un gran fervor cultural. La calidad literaria fue disminuyendo. En el siglo 20, la mayoría de ellos abordaban crímenes sangrientos y ejecuciones de pena de muerte. Esta forma de literatura requería de un formato popular, barato de producir y asequible para un gran público. Eran cuadernillos de pocas hojas, muy diferentes a las gruesas novelas. Durante sus cinco siglos de vida sirvieron de propaganda, hasta el triunfo del periodismo en el siglo 20. Contenían sucesos históricos y ficticios. Bastantes, con una función moralizante. La Iglesia utilizó este formato para difundir la doctrina católica. El Domingo de Resurrección solían repartir unos pliegos que se llamaron: Aleluyas. En España se cultivó el romance, nuestra estrofa más popular. Los romances contaron sucesos de todo tipo. Las coplas de un crimen rural, el milagro de un santo, las catástrofes naturales de una población lejana… Antes de entrar al trapo con la historia principal, estos cuadernillos contaban con un encabezamiento. Donde se resumía el tema y solía tener un grabado. Semejantes a los titulares de la prensa actual. Junto al resumen del argumento, se exponía la intención del autor, el público al que se dirigía y otros detalles como los nombres de los protagonistas o el lugar de esa historia. Las ilustraciones de los pliegos de cordel ayudaron a expandir la información. Tal y como en la Edad Media, las miniaturas amenizaban la lectura y facilitaban la comprensión del texto. A la hora de narrarlos, los ciegos usaban cartelones en los que mostraban los grabados, como si de un cómic se tratara. Después de recitar el texto, las gentes solían darle una moneda al invidente por haberles informado y entretenido. Y algunos compraban los pliegos. Los grabados más queridos por el público fueron los que representaban artes y oficios referentes a juegos infantiles. Por supuesto, algunos grabados se repetían en distintos pliegos de cordel, pese a que los argumentos eran distintos. Pero había que ahorrar costes. En resumen, hay detractores y admiradores de esta literatura de las plazas. Unos, menosprecian el género por su baja calidad artística y su sensacionalismo. Mientras que otros, no olvidan su innegable papel a la hora de difundir la cultura. Un bálsamo, en una época, en la que el acceso a la cultura era el privilegio de unos pocos afortunados.