Los niños chimenea. Los deshollinadores
Sobre este episodio
Los niños chimenea. Los deshollinadores El estrecho tamaño de las chimeneas de la época y el bajo coste de la mano de obra infantil condujo a miles de pequeños a un oficio muy peligroso. A realizar la profesión de deshollinador. Su trabajo consistía en limpiar por dentro la negrura de los conductos de las chimeneas de las casas. Al mismo tiempo que su futuro y presente se volvía más negro. Gran parte de estos casos tuvieron lugar en la era victoriana de Inglaterra. Aunque también se desarrollaron en otros países. Infantes con edades desde los 3 años hasta la pubertad afrontaron condiciones infrahumanas y peligrosas para su salud. Sus pequeños cuerpos se movían por entre chimeneas estrechas y fueron mano de obra barata. Muchas chimeneas se convirtieron en laberintos con conductos tan estrechos que podían rondar los 22x23 centímetros como máximo. El hollín se almacenaba de manera rápida y frecuente en sus paredes. Generando humo tóxico y aumentando las posibilidades de un incendio. La Revolución Industrial trajo consigo una desigualdad de clases donde la escasez y el hambre eran el pan de cada día de bastantes familias. En el Reino Unido, los aprendices de deshollinadores se compraban a sus pobres padres por unos 7 chelines. Firmando un contrato de fideicomiso que los unía a su amo hasta que fueran adultos. Las secuelas del deshollinador eran quemaduras, asfixias o la propia muerte. Solían trabajar semidesnudos para evitar que su ropa se enganchase en los conductos. La exposición intensa y constante al humo, el polvo del hollín y a otros compuestos peligrosos, les causó todo tipo de complicaciones. Problemas pulmonares, inflamación de los ojos o ceguera, deformación en piernas o brazos y, en bastantes ocasiones, su fallecimiento. No eran pocas las veces en la que se atascaban y permanecían horas a la espera de ser rescatados. La prensa los bautizó como los niños chimenea o los chicos escaladores. Al finalizar su jornada laboral, la vida de estos niños no mejoraba demasiado. Su amo solía maltratarlos y no se preocupaban de cuidarles. Tenían la comida justa para sobrevivir y muchos dormían en la calle. Arropados con la misma manta que usaban para limpiar las chimeneas. Lo más demoledor era que ni siquiera tenían conciencia de la situación en la que vivían. La prensa mostró la crueldad de este trabajo. Aunque la mayoría de sus muertes eran calificadas de accidentales. Hasta 1788 no se instauró una ley que estableció los ocho años como edad mínima para ser deshollinador. En 1875 falleció el último de ellos, George Brewster, con 12 años. Los niños chimenea, afortunadamente, pertenecen al pasado. En el presente, la explotación infantil se mantiene como una lacra en nuestros días. En 2020 un informe de la Organización Internacional del Trabajo y Unicef estimó que unos 160 millones de niños en todo el mundo trabajan. Desde empleados domésticos, campesinos en los campos hasta los que llevan a cabo trabajos forzosos en las minas. Tareas que les aleja de una infancia feliz, apartándoles de la educación y el juego. Mientras tanto, seguiremos a la espera de una regulación mundial que les proteja de la barbarie.