El alto precio de no poner límites
Sobre este episodio
Esa mañana, María sentía que tenía dos pies izquierdos y que se había levantado con uno de ellos (¿o los dos?). En otras palabras, estaba de malas pulgas , como se dice popularmente . No había podido dormir bien y se sentía cansada tanto mental como físicamente, en especial, lo primero. Y, para rematar, de nuevo, como cada vez lo hacía con mayor frecuencia, discutió con Ema. No eran agradables los últimos días de María, que sentía que el mundo se le venía encima. Había problemas en el trabajo, por la disconformidad de la mayoría de sus subalternos a raíz de algunas decisiones administrativas que ella implementó . En casa, mientras, la relación con su hija estaba cada vez más tensa y no comprendía ese arranque de rebeldía de la niña, ni qué lo motivaba. Y estaba cansada, agotada. “Voy nadando contra la corriente, Pablo, y siento que me ahogo” , me dijo al comenzar la sesión. Percibí un dejo extraño en su voz, como si estuviera a punto de romperse por dentro , como si quisiera teletransportarse a un mundo distinto donde reinaran la tranquilidad, la paz y la serenidad. La realidad, sin embargo, era como un volcán en erupción.