Espacio musical sobre la música y la noche
Sobre este episodio
La noche ha fascinado a los compositores desde hace siglos, pero no todos han escuchado la misma noche. Para unos ha sido el momento del silencio y de la intimidad; para otros, el territorio del amor, del sueño o de la contemplación. Hay noches pobladas de criaturas fantásticas, noches en las que la naturaleza parece adquirir sonidos que durante el día permanecen ocultos, noches cálidas en jardines del sur y también noches inquietantes en las que, cuando desaparece la luz, nuestra imaginación empieza a ver —y a escuchar— cosas que quizá no estén ahí. Hoy vamos a recorrer algunas de esas noches. Y lo interesante es que no lo haremos buscando únicamente obras que lleven la palabra «noche» en el título. Intentaremos descubrir cómo distintos compositores han convertido la experiencia nocturna en música y cómo esa experiencia cambia según la época, el lugar y, naturalmente, la sensibilidad de quien escucha. Y comenzamos con una palabra que parece inevitable cuando hablamos de música y noche: nocturno. Hoy asociamos inmediatamente el nocturno pianístico con Frédéric Chopin. Sin embargo, Chopin no inventó el género. Antes que él hubo un compositor irlandés, John Field, nacido en Dublín en 1782, que desarrolló un tipo de pieza para piano destinada a expresar precisamente ese carácter íntimo, contemplativo y cantabile que después asociaríamos para siempre con la noche romántica. Dejamos el salón romántico y viajamos ahora hacia el norte. Porque la noche no se escucha de la misma manera en todas partes, y pocas músicas nos hacen sentir con tanta claridad un paisaje como la de Edvard Grieg. La naturaleza ocupa un lugar esencial en su música. Montañas, bosques, amaneceres, primavera, regreso al hogar... y también la noche. Pero no estamos ante la noche íntima y urbana del nocturno de Chopin. En Grieg parece que el espacio se hace más grande. La oscuridad pertenece al paisaje y el ser humano se vuelve pequeño dentro de ella. Hay además algo particularmente sugerente en la noche nórdica: allí la relación con la luz es muy distinta de la que conocemos en el sur de Europa. Los largos crepúsculos estivales y las extensas noches del invierno forman parte de una experiencia de la naturaleza que inevitablemente ha dejado huella en la cultura escandinava. De la noche nórdica de Grieg pasamos ahora a otra noche completamente distinta. Entramos en un bosque, pero esta vez no estamos solos. Entre los árboles habitan hadas y duendes, los enamorados se pierden, las identidades se confunden y, mientras los seres humanos duermen, ocurren cosas que a plena luz del día resultarían sencillamente imposibles. Estamos en el mundo de William Shakespeare y su Sueño de una noche de verano. Y quien convirtió ese mundo en música fue Felix Mendelssohn. Esta noche tampoco se parece a la de Chopin. Allí nos encontrábamos ante una intimidad esencialmente humana; aquí la noche pertenece al mundo del sueño. Y Shakespeare juega precisamente con esa frontera. Cuando llegue la mañana, los personajes tendrán dificultades para distinguir lo que realmente ha sucedido de aquello que quizá solamente han soñado. Abandonamos el bosque encantado de Mendelssohn y avanzamos hasta finales del siglo XIX para encontrarnos con Claude Debussy, un compositor que también utilizó la palabra nocturno, aunque con un significado muy diferente del que encontrábamos al comienzo de nuestro programa. Sus Nocturnes para orquesta fueron compuestos entre 1897 y 1899 y forman un tríptico integrado por Nuages, Fêtes y Sirènes: Nubes, Fiestas y Sirenas. Debussy explicó que el título no debía entenderse en el sentido habitual del nocturno romántico, sino de una manera más general y, sobre todo, más visual: como las distintas impresiones y efectos de luz que puede sugerir una imagen. No resulta extraño. Debussy vivió en el París de los pintores impresionistas y simbolistas y buscó también una música capaz de sugerir en lugar de describir, de crear colores, atmósferas y sensac