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LA SEMANA DE YURI PÉREZ | La fe sin milagros

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La fe que importa no cura leprosos ni resucita muertos: es la convicción de lo que todavía no se ve, sostenida por la voluntad de renunciar a lo inmediato. Sylvester Stallone la tuvo para salir del infierno de su infancia; Volodímir Zelensky la tiene para no rendirse. La pregunta incómoda es si los mexicanos la tenemos. Imagine un cuarto acolchado tan bajo que no es posible ponerse de pie. Las paredes están arañadas por quienes estuvieron ahí antes. Afuera hay ventanas con barrotes, pacientes atados a sus camas por la noche, suciedad, gritos. Ahí pasó un par de semanas, de rodillas, un adolescente de Filadelfia al que su escuela castigaba enviándolo a un pabellón psiquiátrico. En ese lugar, otro interno lo atacó con una violencia que todavía hoy cuesta escuchar. Ese adolescente se llamaba Sylvester Stallone. Lo contó a los 80 años en The Interview , el podcast de The New York Times, con motivo de sus memorias, The Steps . La entrevistadora, Lulu García-Navarro, confirma una vez más por qué es de las mejores en su oficio: no busca el titular fácil, sino la pregunta exacta, la que obliga al entrevistado a mirar hacia adentro. Gracias a ella entendemos algo que va mucho más allá de la anécdota de una estrella de Hollywood. Un niño que nadie quiso Stallone nació de un embarazo que su madre no deseaba. Los fórceps del parto le paralizaron parte del rostro, de ahí su habla arrastrada y su gesto torcido, motivo de burlas durante toda su infancia. Sus padres lo dejaron en una casa de huéspedes, al cuidado de extraños, y lo visitaban una vez al mes. El padre era violento; la madre, indiferente. Y cuando el hijo rechazado se convirtió en una de las mayores estrellas del planeta, los mismos padres que no lo quisieron compitieron con él y buscaron sacar provecho de su fama. Aun así, él nunca dejó de buscarlos. Lo que más impresiona de la entrevista no es la crudeza de los hechos, sino la manera en que los cuenta. No hay jerga terapéutica, no hay “cierre de ciclos” ni discursos de inteligencia emocional al estilo de Hollywood. Stallone no dice haber superado nada. Dice, más bien, que esas heridas nunca lo abandonaron, y que aprendió a vivir con ellas. “Vivo de arrepentimientos; puedo hacer un castillo con ellos”, confiesa durante de la conversación. Esa honestidad incluye la autocrítica. Stallone reconoce que el éxito alimentó su ego en los años en que ser una estrella de acción, como él o Arnold Schwarzenegger, equivalía a ser una estrella de rock: la cima absoluta a la que podía aspirar un actor. Y reconoce también el precio que pagó por mantener ese cuerpo convertido en armadura. Por eso lo que dice resulta auténtico, y por eso vale para algo más que la curiosidad del espectador. ¿Cómo sale alguien de ese cuarto acolchado? Stallone explica que la experiencia, en lugar de quebrarlo, lo convenció de que podía sobrevivir casi a cualquier cosa. Canalizó la rabia en disciplina física, en la escritura, en el arte. Ya en Nueva York, sin dinero, trabajó como acomodador en un cine y estudiaba cómo reaccionaba el público: qué lo hacía reír, qué lo conmovía. De todo eso nació Rocky, el underdog por excelencia, escrito por un hombre que sabía exactamente lo que se siente ser el rechazado. La fe que no hace milagros Para explicar lo que tuvo Stallone, no encuentro mejor palabra que fe. No la fe que devuelve la vista a los ciegos o resucita a los muertos, sino la que define la carta a los Hebreos: la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve (Hebreos 11:1). Una fe mundana, sin nada de metafísica. Pero la convicción, por sí sola, no basta. Todos conocemos la experiencia: sabemos, porque lo hemos comprobado, que el ejercicio y una buena alimentación funcionan. Estamos racionalmente convencidos. Y aun así, al despertar, preferimos quedarnos envueltos en las cobijas revisando el teléfono, con su pequeña dosis instantánea de satisfacción, en lugar de levantarnos a hacer lo que sabemos que nos conviene. Luego nos reprochamos no haberlo hecho. La convicción estaba ahí; lo que faltaron fueron las ganas. Esa es la distinción que me interesa. Tener fe no es solo saber que algo es posible, sino tener la voluntad de sacrificar lo inmediato por aquello que todavía no se ve. Las obras no sirven para demostrar la fe ante nadie; son su fruto natural. Quien de verdad cree, actúa. Y al actuar, la convicción se fortalece: es un círculo que se alimenta a sí mismo. Stallone tuvo las dos cosas: la certeza de que podía cambiar su infierno por algo mejor y la voluntad diaria de pagar el precio. El Stallone de nuestro tiempo Si Rocky y Rambo fueron los héroes de ficción de una época, el héroe real de la nuestra se parece más al Stallone de carne y hueso que a sus personajes. Pienso en Volodímir Zelensky, un hombre que no estaba preparado para una guerra de esta magnitud y que nunca imaginó que tendría que negociar la vida o la muerte de su pueblo. Su situación es cada vez más solitaria. Esta misma semana, en una entrevista con Piers Morgan, dijo sentirse traicionado por Donald Trump y admitió que Ucrania está perdiendo a Estados Unidos como aliado, aunque no por culpa de Kiev. Días antes había declarado a NPR que el gobierno estadounidense amenazó con suspender el intercambio de inteligencia si Ucrania seguía atacando refinerías rusas; Trump, por su parte, asegura que esa cooperación continúa. El propio Trump ha sugerido que Ucrania necesita otro líder. Y Vladimir Putin, lo sabemos, lo quiere muerto. Lo más fácil sería ceder. Convocar elecciones, entregar territorio, negociar con el más fuerte y decir: no nos queda de otra. Si no puedes con tu enemigo, únete a él. Muchos le aconsejan exactamente eso. Y sin embargo, no cede. Sería ingenuo pensar que lo hace por aferrarse al poder: ¿quién quiere gobernar un país en guerra, temiendo cada día por su vida y la de su familia? Zelensky se levanta cada mañana con una carga inmensa, con noches sin dormir y, seguramente, con errores que se reprocha. Y aun así decide seguir. Eso es defender la soberanía de verdad. Cuando alguien en México hable de soberanía, el ejemplo debería ser Ucrania, no los discursos de Palacio Nacional. ¿Y nosotros? Aquí la pregunta se vuelve incómoda. En México hay más de cien mil personas desaparecidas. Madres que buscan a sus hijos con palas, en terrenos baldíos, sin ayuda del Estado. ¿Por qué no vemos las calles llenas por esta causa? Tal vez porque a muchos no les ha tocado: no les han desaparecido a un hijo, no les han secuestrado a un padre, no les han cobrado derecho de piso. Todavía. Y cuando llegue el día en que el destino de algunos sea el de la mayoría, ya no habrá condiciones de libertad para protestar. Será demasiado tarde. ¿Estamos dispuestos a sacrificar algo por un país mejor? ¿Por hospitales con medicinas, por una justicia que funcione, por un gobierno que no pacte con quienes nos matan? ¿O, como quien prefiere el teléfono a levantarse de la cama, elegimos la comodidad del momento aunque sepamos que el costo será un país más pobre, más inseguro y más autoritario? Tal vez el problema no sea que nos falte la convicción. Tal vez nos faltan las ganas. Una esperanza sin garantías No quiero terminar con buenos deseos. Esto va a seguir costando vidas, lágrimas y sacrificios. Es posible que Ucrania pierda la guerra. Es posible que maten a Zelensky. La fe no garantiza el resultado; nunca lo ha hecho. Pero sin ella, no hay acción posible. Pablo lo escribió a los romanos: la esperanza que se ve ya no es esperanza, porque nadie espera lo que ya tiene (Romanos 8:24–25). Se espera, precisamente, lo que todavía no existe. Nada es permanente: si las cosas pueden cambiar para mal, también pueden cambiar para bien. Un niño encerrado en un cuarto donde no podía ponerse de pie terminó subiendo corriendo los escalones más famosos del cine. No porque alguien le garantizara que lo lograría, sino porque decidió, todos los días, actuar como si fuera posible. Yuri Pérez escribe sobre derecho, geopolítica, cultura y sociedad. This is a public episode. If you'd like to discuss this with other subscribers or get access to bonus episodes, visit enlamira.substack.com/subscribe

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