Record Story #11: BCore Disc, Barcelona
Sobre este episodio
¿Quién iba a pensar que una de las mejores tiendas de punk y hardcore fuera de Estados Unidos sería un local muy cuidado en pleno Gràcia, el barrio con más encanto de Barcelona? Cuando Jordi les dice a sus clientes estadounidenses y británicos: “En Inglaterra o en Estados Unidos lo tenéis todo”, le responden: “Sí, pero no en una sola tienda”. Eso sí, la tienda llegó después. BCore, que Jordi fundó en 1990, se convirtió en uno de los sellos independientes más influyentes de España, sobre todo en el hardcore punk y en la escena underground en general. El sello, a menudo descrito como el Dischord español, tuvo unos orígenes peculiares. Tienes una historia interesante, empezaste en la peluquería de tu madre. Jordi: Sí, empecé como un hobby. Me gustaban el punk y el hardcore, y hacía intercambios de cintas, fanzines y discos. Trabajaba, y en mis ratos libres me dedicaba a mover ese material. Mi madre tenía una peluquería en el mismo edificio donde vivíamos. Ya se había jubilado y solo atendía a clientas amigas, y yo la usaba para mis cosas. ¿Convertiste a alguna de sus clientas en punk? Jordi: No, no. Eran señoras muy mayores. La gracia del local era que venía la gente y aún existían los secadores y el lavacabezas. Eran aquellos secadores antiguos en los que metes la cabeza como en un casco. Incluso a algún grupo le lavamos el pelo allí. El escritorio con los primeros ordenadores era donde ellas tenían los rulos, los peines, el secador. Eso es muy punk, al final. Jordi: Aprovechar lo que hay. ¿Cómo pasó todo eso a ser el sello, la oficina separada y la tienda? Jordi: Hay tres etapas. La primera, la más auténtica, fue en la peluquería de mi madre. Los discos incluso los enfundábamos nosotros. Al principio no teníamos ordenador y clasificábamos a los clientes con cartas ordenadas alfabéticamente y sujetas con una goma, la A, la B, la C. Cuando hacías un mailing manual, metías los catálogos y copiabas las direcciones de esas mismas cartas. La gente no enviaba un email, enviaba una carta. “Hola, me llamo tal y me gustarían estos discos”. La cosa fue tirando, editamos más y nos trasladamos a una segunda oficina, bastante cerca de la peluquería. Ya empezábamos a usar email, y siempre nos pasaba lo mismo, que la gente quería venir a comprar discos. A mucha gente de confianza le decíamos que sí. Estábamos en un primer piso, picaban y subían, pero era engorroso por los vecinos. Cuando fui padre, hace 16 años, quisimos movernos a Gràcia, donde vivo, por logística. Dijimos, vamos a coger un local que dé cara al público y a combinar las dos cosas, el mail order, que siempre ha sido nuestra manera de trabajar, y un punto físico para quien quiera venir a comprar los discos. Es donde estamos ahora. ¿Puedes contarnos un poco la historia de Corn Flakes? Jordi: Los conocí porque los vi en directo y me los encontraba en tiendas de discos de Barcelona. Habían editado una maqueta y, cuando iban a sacar el siguiente disco, que de hecho es el primero del catálogo, yo nunca había editado uno, así que me puse a buscar cómo se hacía eso de planchar un disco. No era tan fácil como ahora, que lo buscas en Google. Tenía discos de El Último de la Fila, sabía un poco qué discográficas independientes había, y me salió PDI, que había editado sus primeros discos. Cogí la guía telefónica y busqué PDI: “Oye, ¿vosotros me podéis fabricar discos?”. “Bueno, si los pagas”. Fui a la oficina y recuerdo que llevé el dinero, así, pam, el cash, y el diseño. Dos meses después me llamaron: “Tenemos los discos en el almacén, puedes pasar a buscarlos”. Eran mil LPs. No recuerdo cómo los fuimos a buscar. Esos discos se movieron por todos lados, los dejábamos en las tiendas de discos que conocíamos, no teníamos distribuidor, todo eran intercambios, yendo de gira. ¿Había quejas de los puristas? Jordi: Siempre ha habido quejas. La anécdota más radical es que una vez alguien dijo que nos habíamos vendido. “BCore ya no es lo que era, porque tienen un ordenador”. Ahora quien no lleva un ordenador lo lleva en el bolsillo, todo es Instagram, todo es WhatsApp, pero en ese momento te tachaban de la lista. Demasiado comercial, usa ordenadores, ha sacado bandas más melódicas. Eso fue a principios de los 90. Editamos bandas como Corn Flakes, que no eran de un hardcore tan cañero ni con ideas políticas tan contundentes. El hardcore era algo más callejero y ellos eran universitarios. Hicieron un hardcore melódico, más en la línea de Bad Religion o Green Day, y nos llamaban “pijocores”. ¿Cómo descubriste bandas como Green Day, antes de internet? Jordi: Mirando muchos fanzines y comprando discos por correo, algo que he hecho siempre. Aquí no podías encontrar singles de Green Day ni de Jawbreaker ni de nada, pero si eras un poco espabilado y comprabas fanzines americanos o alemanes, metías unos dólares, o marcos, o lo que fuera, en una carta, la enviabas, cruzabas los dedos y esperabas que llegara el paquete con esos discos. Rara vez fallaba. Podía fallar Correos, pero no recuerdo que el proveedor se quedara los dólares y no te enviara el disco. ¿Y cómo contactasteis con ellos para organizar un concierto? Jordi: Algunos por carta. Con Green Day, a través de un agente de Zaragoza, que fue quien montó la gira española. Nosotros hicimos la fecha de Barcelona con ellos, y una vez estaban aquí, usábamos el teléfono. Tengo alguna agenda en la que aún está el teléfono de uno de ellos, y era el de la casa de sus padres, ni siquiera estaban independizados. La primera vez que vinieron, la manera de quedar era quedar en un punto. Esperabas a ver la furgoneta sospechosa que pasaba, la parabas: “Somos nosotros”. Luego los llevabas a cenar, los llevabas a dormir. ¿Notaste diferencia entre su primer concierto y el segundo? Había mucha más gente. Jordi: Sí. En el primero no los conocía nadie aquí. No habían editado ni Kerplunk . En el segundo ya habían editado Kerplunk y pegaron el tirón. En el tercero se fue de madre, ya no lo hicimos nosotros, lo hizo otra promotora. Es cuando sacaron el disco y la petaron. Tocabas con 24 Ideas como bajista y teloneaste para Offspring y NOFX. ¿Cómo fue esa experiencia? Jordi: Visto con el paso del tiempo, era poder tocar delante de más gente. Ten en cuenta que era el Garatge Club, que con la sala llena eran unas 800 personas. A Offspring no los conocía nadie, NOFX ya empezaba a destacar, pero no eran los grupos que son ahora, que llenan espacios enormes. Eran bandas que venían de gira, ya con algún autobús, aparcaban delante de la sala y ya está. Siendo músico, ¿te ayuda a trabajar con las bandas del sello? Jordi: Tampoco me pondría la categoría de músico. Soy un fan de la música. Cuando veo una banda que me gusta, me encanta que esté en mi catálogo y quiero que me relacionen con ella. En las licencias o reediciones de cosas americanas siempre he ido a buscar bandas que me flipan y que igual aquí no son muy conocidas. Me gusta mucho trabajar con las bandas por la relación personal y lo que puedo hacer por las que edito. Con las bandas internacionales me habría gustado hacer mucho más, pero mi inglés me limita. Lo he intentado, pero uso un inglés muy reglamentario, no puedo ser yo mismo, hacer las bromas que hago en catalán o dejar ir mi personalidad. En inglés me limito a la comunicación, y eso muchas veces me frena. Tú documentaste la historia de la escena punk en Barcelona en los 70 y los 80. ¿Cómo era en comparación con Inglaterra o con otras partes del país? Jordi: El punk es una tendencia que aparece en Inglaterra y que mucha gente quiere adaptar, y cuando lo adoptas, sin querer le pones condimento de lo tuyo. Muchas veces pasan las mismas cosas sin copiarlas, sino que la realidad y las soluciones que se buscan son similares. Frente a Barcelona, Madrid tuvo más exposición, sus grupos eran más comerciales, fueron a buscarlo y era lo que querían. Aquí se vivió con más consecuencias la radicalidad. Vi en vuestro documental que muchas bandas cantaban en inglés a principios de los 90. ¿Has visto una evolución entre inglés, castellano y catalán? Jordi: Sí, claramente. Al principio todas las bandas cantaban en inglés porque querían distanciarse de las que cantaban en castellano, que aquí en los 80 eran Alaska, Loquillo y, después, Los Planetas. No querían formar parte de eso, querían crear algo más post-hardcore. Cuando fueron avanzando hacia los 2000 y pico, vieron que, para llegar a la gente, el mensaje también tenía mucho peso y había que cambiar de idioma, y se pasaron al castellano. Aina siempre cantó en inglés, pero cuando montó Nueva Vulcano fue en castellano. Standstill en el tercer disco se pasó al castellano. Y el catalán se ha relacionado mucho con el rock catalán, Sopa de Cabra y compañía, y a los del rollo punk nos daba alergia. Ahora han empezado a salir grupos cantando en catalán con otro tipo de música y otra historia, y con el sello también estamos haciendo grupos en catalán. Me sorprendió que cantar en catalán no fuera parte de la protesta del punk. Jordi: Es que gente como yo, que tengo 59 años, vivió cómo se promocionó desde Cataluña todo el rock catalán, y para mí era todo muy chungo. Cualquier cosa que oías en catalán la asociabas a aquello y no querías formar parte de eso, aunque usaras el catalán en tu día a día para hablar con tus amigos. En la música lo ponías y decías que no funcionaba. Todavía me cuesta a veces, pero creo que eso se irá perdiendo. El rock radical vasco es otra historia, porque allí fue más punk, y se cantaba en castellano y en euskera. Aquí el rock catalán solo se cantaba en catalán. En algún momento empezasteis a abrir el sello a otros géneros, muy fuera del punk. ¿Recuerdas cuándo lo decidiste? Jordi: Fue hacia 1999, 2000, 2001, que es el punto álgido del sello a nivel de público. Hay una apertura estilística que viene dada porque la gente que conoces también evoluciona y hace otro tipo de grupos. No hubiéramos llegado hasta aquí sin The New Raemon, Tokyo Sex Destruction, Delorean, The Unfinished Sympathy, Aina y un montón de grupos más. Los podrías encuadrar en el post-hardcore o el indie rock. Venían del punk y del hardcore, pero iban hacia otros lados. Su manera de trabajar seguía siendo muy do it yourself, coherente con lo que hacían. A nivel personal, ¿cuáles eran tus influencias más importantes fuera del punk rock? Jordi: Yo era muy talibán. Al principio solo escuchaba punk y hardcore. En los 2000, con la apertura del sello, vino también la mía, y ahora escucho mil cosas. ¿Te consideras coleccionista de vinilo o siempre fue una herramienta para escuchar música? Jordi: Hay colegas míos a los que les digo que no soy coleccionista y me responden: “Vete a la mierda”. Tengo muchos discos, pero no me considero coleccionista en el sentido de que, si un disco me interesa mucho y hay una buena reedición, me compro la reedición y no me obsesiono para nada con el original. Creo que los coleccionistas se obsesionan y llegan a pagar precios por los discos. A mí no me pasa. Si puedo conseguir el original por un precio que está bien, perfecto, pero no me considero un mega coleccionista. Es una obsesión, entre comillas. Suena muy mal, pero es como poseer el disco. Soy un poco documentalista, así que me gusta tenerlo para documentarlo. Me pasa también con carteles y con camisetas. Camisetas ya no, pero haciendo limpieza abro y tengo cajas y cajas. ¿Qué haré con esto? Un día igual hago algo. ¿Siempre compraste vinilo o hubo años de más casetes? Jordi: Casetes, más que nada maquetas. Y durante mucha temporada, CDs. Ahora pienso: “Ostras, si todos esos CDs los tuviera en vinilo...”. Aparte de que necesitaría otra casa, molaría. Igual tengo 22.000 CDs o más, metidos en cajas por unas obras, y no los uso. Cuando compro, compro cosas que sé que puedo compartir. Si me invitan a pinchar en algún sitio, tengo cosas que puedo poner, igual una sesión de punk o de otra cosa. Siendo documentalista, también has documentado todos tus carteles. ¿Tienes algún favorito que podamos mostrar en foto, o con una historia más interesante? Jordi: Creo que los que tienen más gracia son los que no están hechos con ordenador. El de Green Day es uno icónico, el primero. El de Fugazi, a 500 pelas, también está guay. ¿Has diseñado también portadas para bandas de BCore? Jordi: Muchas. Casi todos los primeros discos de BCore los he diseñado yo. La de Corn Flakes encuentro que aún aguanta muy bien el paso del tiempo. A nivel de diseño, ¿tienes portadas favoritas, de toda la música? Jordi: Uf, ahora me pillas. Hay discográficas en las que me he inspirado mucho al hacer diseños. Una es Dischord, de Washington, y la otra es Jade Tree. De Jade Tree hay unos cuantos diseños, por ejemplo de The Promise Ring y otros, que juegan mucho con tintas planas y colores limpios. El de Jets to Brazil también. ¿Más minimalistas? Jordi: Muy minimalistas. Es para romper, porque el punk acostumbra a ser cut and paste, fotocopia, sucio, y de golpe un grupo punk con una estética limpia, ostras, es un shock. Mira, Turnstile es un ejemplo de portada limpia. Hay unas nubes y han puesto el título y todo con un adhesivo. No sabes de qué tipo de música es. Jordi: Podría ser un disco de pop tipo The Smiths. O Taylor Swift. Jordi: Exacto. ¿Cómo ha evolucionado el sello en cuanto a formatos? Jordi: Empezamos con muy pocos recursos, casetes, vinilo, algún single. Con la aparición del CD pasamos al CD y mantuvimos un poco el vinilo, pero hubo un momento en que hicimos ediciones en vinilo y no le interesaban a nadie. En Alemania, que tenía más tradición y más resistencia al formato, conseguíamos coediciones para algunos grupos nuestros, como Standstill o It’s Not Not. La mayoría de los vinilos se vendían en Alemania o en Europa, y nosotros nos quedábamos 100 o 50 copias para los 50 frikis que quedaban aquí y compraban vinilo. Con el retorno del vinilo ha pasado al revés, lo hemos retomado y el CD lo hemos ido cribando hasta hacerlo desaparecer. Ahora básicamente editamos en vinilo y digital. A veces, si no tenemos presupuesto para un vinilo, hacemos un casete. Sacar un lanzamiento sin nada físico me da una sensación muy rara. Llámame boomer, pero pienso: “Ostras, no existe, esto es tan digital”. ¿Y hacia dónde va el sello ahora? Jordi: La cabra tira al monte, y el sello ha ido volviendo poco a poco a sus inicios. Hemos ido perdiendo peso, porque la gente consume de otra manera, otro tipo de música, tienes que estar pendiente del algoritmo, hacer promo con no sé quién. Se ha convertido en una especie de circo, una manera de hacer con la que no estamos a gusto. Hemos hecho un poco el cangrejo y nos hemos vuelto a las trincheras, trabajando mucho el do it yourself, cosas pequeñas que nos interesen mucho, y pasando un poco del music business, aunque no te puedes escapar, porque si haces discos tienes que venderlos. Hubo momentos en que tuvimos distribuidora, fuimos a Madrid a hacer promo y, entre comillas, llegamos a algún sitio, pero no pasamos a otra pantalla. Preferimos estar cómodos y dedicarnos a lo que nos gusta. A nivel de ventas, ¿notáis más lealtad hacia las bandas locales? Jordi: Totalmente cero. Apostamos bastante por bandas locales y nos da la sensación de que no le interesan a nadie. Cuesta mucho vender los discos o que venga gente al concierto. Creo que el tema de las redes, Instagram e internet, ha hecho que o la petas o no existes. Se ha cargado un poco la clase media, todo el mundo quiere estar en los mismos sitios y escuchar los mismos grupos, y hay poco interés por salirse de ahí. En los 80, nosotros íbamos totalmente a la contra. Si lo que funcionaba era eso y todo el mundo quería ir a ese concierto, creábamos otra cosa. Ahora todo el mundo quiere ir al mismo concierto. Dijiste que en Japón notaste que BCore es una de las tiendas más importantes de punk y hardcore. Jordi: Yo no quiero decir eso, pero fui a Japón y entré en muchas tiendas de punk, y había algunas especializadas. Luego pienso en nuestra tienda, en lo que tenemos y la selección, y digo, yo puedo jugar en la liga internacional. Seguro que en Estados Unidos hay unas cuantas especializadas que son la hostia, pero me di cuenta de que no estamos tan mal. De los países que has visitado por los discos, ¿cuál es tu favorito? Jordi: Estados Unidos. También por el tipo de música, porque si hay algo que colecciono es hardcore americano de los 80. Esa es mi perdición número uno. ¿Tienes planes especiales para el futuro de la tienda? Jordi: El sello va más flojito. Seguimos trabajando, ahora hemos sacado Joia, Serpent, Power Burkas y un montón de bandas nuevas que están muy bien, pero cuestan mucho. Estamos metiéndole más caña a la tienda, entre comillas, que queda muy feo decirlo así. Es decir, intentar coger con la tienda los ingresos que no estamos haciendo con el sello. La estamos haciendo más especializada. Antes teníamos toda una zona de reediciones de música progresiva, de rollos de los 60 y 70, que también me flipa. Pero la gente que pasa por aquí nos tiene muy identificados con el hardcore y el indie, y por mucho que me gusten esos estilos, eso no se mueve. Nos estamos focalizando en hardcore punk y en indie rock de los 90. Estamos haciendo muchas reediciones de cosas americanas muy oscuras de los 80, en plan hardcore punk, que no se han reeditado. Aquí en España no tienen mucho público, pero a nivel internacional se nos va moviendo. Un concierto de punk en la tienda es un riesgo. ¿Pensáis hacer algún evento? Jordi: Al principio, cuando abrimos la tienda, hicimos varios eventos con música en directo. Algún vecino se quejó, pero también es verdad que, si hacíamos algún concierto, se petaba. Poníamos vermut y cervezas gratis y venía la gente, se lo bebía todo, no compraba nada y se iba. Ahora hacemos presentaciones más simples, algún DJ que pincha, o el grupo viene y hace un acústico, para que la gente que venga luego pueda mirar cuatro discos. Un placer, y mucha suerte con todos los planes. Gracias por leer. 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