La elegancia del traidor
Sobre este episodio
España ha pasado, en cierto modo, de ser el ejemplo de éxito global a convertirse en el espejo roto de una caída. Y lo peor es que nuestra corrupción actual no solo es dañina, sino profundamente mediocre y carente de la elegancia de los grandes traidores de la historia. Figuras como Alcibíades, Talleyrand o Fouché, eran ciertamente villanos movidos por el vicio y la ambición, pero poseían la inteligencia de preservar el Estado para alimentar su propia grandeza. Eran lobos que cuidaban el rebaño para poder servirse de él. Por el contrario, el panorama actual tiene mucho de corrupción patética y tosca, protagonizada por oficinistas de ambición corta que colonizan instituciones sin rastro de visión estratégica. Pero el dardo más afilado apunta a la sociedad civil. Hay un especia de "idiocia colectiva", en el sentido griego más etimológico del término que define al ciudadano desentendido de lo público. Esta desidia ha dejado el país en manos de los peores, transformando la democracia en una herida autoinfligida por nuestra propia pasividad. O abandonamos el papel de espectadores escandalizados y actuamos como ciudadanos vigilantes, o la idiocia será el legado de nuestra generación.