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Que mis ojos te vean.

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Sobre este episodio

El Evangelio de hoy está todo transido por el tema de la identidad: nos revela quién es Jesús, quién es el ciego, quiénes los fariseos; e indirectamente quiénes somos nosotros. Lo que sabemos del ciego es que es ciego de nacimiento. Sin nombre. Anónimo. Mirado por la gente y los fariseos como responsable de algún pecado. Excluido de todo sistema religioso, social y político. Es un invisivilizado de la época de Jesús que no le queda otra que pedir limosna. El encuentro con Jesús le va a cambiar la vida. A raíz de la pregunta de los discípulos sobre quién pecó , Jesús lo cura y pronuncia su identidad: “Yo soy la Luz del mundo”. Y esto queda bien marcado cuando manda al ciego, con barro en los ojos –nueva creación del Génesis- a lavarse a la piscina del “Enviado”. Jesús es el Enviado por el Padre para que sea Luz y así todos abramos los ojos, nos curemos, purifiquemos nuestra mirada, aprendamos a mirar como mira Jesús, contemplemos, abramos los ojos de nuestro corazón. Nos deja en claro la identidad de los fariseos, ese pobre grupo religioso que nunca entendió la Buena Noticia de Jesús y que se ata a normas y preceptos y desprecia la vida. No quiere que Jesús haga el bien, cure, trabaje ni haga nada en sábado. Los fariseos son imagen clara de todas las personas que viven tan atadas al cumplimiento rígido de normas, preceptos, mandamientos, modos y conductas que se han olvidado de la Vida. Se han olvidado del hombre. Se han olvidado de la alegría que provoca la libertad de que “cada uno” se sienta “cada uno”. Por querer cumplir a rajatablas la Ley, se olvidan de la Vida. Dios nos libre siempre se ser fariseos. Y también este pasaje del evangelio nos descubre quiénes somos nosotros. Es una linda oportunidad para rezar y meditar desde la figura del ciego. Todos nosotros hemos estado en ese lugar. Todos vivíamos a oscuras. Hubo un tiempo en el que no conocíamos ni a Jesús, ni la libertad, ni la Vida verdadera. Hubo un tiempo en que andábamos a oscuras, tanteando la vida, mendigando amor al costado del camino, sin poder ver con claridad. Y tuvimos nuestro encuentro con Jesús. Y nuestra vida cambió para siempre y casi como una nueva creación, empezamos a ver. Y nos arrojamos a los pies de Jesús y lo proclamamos como Mesías y Salvador de nuestra vida. Y de la misma manera en que el ciego, frente a la duda de todo el pueblo, con la mayor de las certezas, pero con la mayor de las dignidades proclama: “soy realmente yo”, Jesús hoy nos invita a lo mismo. Habernos encontrado con Él ha purificado nuestra mirada y nos ha dado Vida Nueva. Y están los que nunca van a entender esto, como el pueblo; los que van a perseguirnos para expulsarnos y dejarnos de lado, como los fariseos, los que no van a decir nada por temor, como los padres del ciego. Así, como el ciego, hoy podemos proclamar después de haber hecho experiencia del amor de Dios en la presencia de Jesús y por la fuerza del Espíritu Santo: “soy realmente yo”. Ahora que creo. Ahora que mi mirada fue purificada. Ahora que hago experiencia del amor. Ahora que me siento más libre que nunca por la vida de la gracia. Ahora que vivo sin las ataduras de la Ley y del mero cumplir y observar. Ahora que experimento la verdad de lo que soy. Ahora que me siento parte, incluido, Iglesia de Jesús. Ahora puedo reconocerme en mi verdadera identidad: “soy realmente yo”. Y puedo descubrir la misión de mi vida: hacer que de la misma manera que otros me han ayudado a mí a encontrarme con Jesús, salir yo al encuentro de tantos hermanos que están ciegos; o que nosotros mismos, los cristianos, hemos excluido de nuestras comunidades, de nuestros grupos, de nuestras parroquias; aquellos que sienten la vida y la fe amenazadas; los pobres y marginados al costado del camino y ayudarlos a que cada uno pueda, saliendo al encuentro de esas periferias y haciendo experiencia en comunidad del amor de Dios y siendo en Iglesia, decir: “soy realmente yo” Hermano y hermana, que tengas un lindo domingo y será hasta el próximo evangelio.

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