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El Jardín Secreto de las Mariposas

· 13 min

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Sobre este episodio

Sofía tenía seis años y medio, y sabía contar hasta mil, aunque nunca lo había hecho entero porque siempre se distraía al llegar al trescientos. Aquel lunes, mientras el resto de su clase hacía fila para entrar al comedor, Sofía vio algo brillante entre los arbustos del patio trasero. Era una mariposa azul, más grande que su mano, con las alas cubiertas de puntitos dorados. — ¡Qué bonita! — susurró. La mariposa agitó las alas como si la hubiera oído y voló despacio hacia la tapia del fondo. Sofía miró a ambos lados. Nadie la observaba. Dejó su mochila junto a la pared y siguió a la mariposa. Detrás de la tapia, escondido entre hiedras y madreselvas, había un agujero en la pared justo del tamaño de una niña pequeña. Sofía se agachó y pasó al otro lado. Lo que encontró la dejó con la boca abierta. Era un jardín. Pero no un jardín cualquiera. Las flores eran enormes, del tamaño de paraguas, y brillaban con colores que Sofía no sabía nombrar. Había rosas que parecían de cristal, girasoles con pétalos de terciopelo morado y margaritas tan blancas que resplandecían como pequeñas lunas. Y las mariposas… había cientos. De todos los tamaños y colores: rojas, verdes, naranjas, algunas con rayas como los tigres y otras con lunares como las mariquitas. — Bienvenida, Sofía — dijo una voz suave. Sofía dio un salto. La mariposa azul se había posado en un girasol morado, justo a la altura de sus ojos. — ¿Tú… tú hablas? — tartamudeó. — Todas hablamos — respondió la mariposa con una risita que sonaba como campanillas —. Me llamo Celeste. Llevamos mucho tiempo esperándote. — ¿Esperándome? ¿A mí? — Sofía se señaló a sí misma, confundida. — A alguien que pudiera vernos y oírnos. Los adultos ya no pueden. Y la mayoría de los niños tienen demasiada prisa. Pero tú te has parado a mirar. Eso es lo más importante. Sofía no entendía muy bien qué pasaba, pero el jardín era precioso y Celeste parecía simpática. Entonces se fijó en algo que no estaba bien: al fondo del jardín, un pequeño arroyo que debería tener agua estaba completamente seco. Las piedras del fondo se veían polvorientas y las flores cercanas tenían las hojas arrugadas. — ¿Qué le ha pasado al arroyo? — preguntó. — Eso es lo que necesitamos que descubras — dijo Celeste, y sus alas perdieron un poco de brillo —. Sin agua, el jardín morirá. Y si el jardín muere, todas nosotras desapareceremos. Sofía tragó saliva. Aquello sonaba muy serio para una niña de seis años y medio. Pero miró las flores luminosas, las mariposas de colores y el arroyo vacío, y supo que tenía que ayudar. — ¿Por dónde empiezo? — preguntó, decidida. Celeste batió las alas con alegría. — Sígueme. Te presentaré a alguien que conoce cada piedra de este arroyo.

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