Soda Stereo - Signos
Sobre este episodio
Señales en la oscuridad El 10 de noviembre de 1986, Soda Stereo publicó Signos, su tercer disco de estudio. Venía de Nada personal (1985), el álbum que los había sacado del circuito under y de las discotecas del Gran Buenos Aires para llevarlos a teatros y estadios, y que ya proyectaba la banda hacia Chile y más allá. - Signos no repite esa fórmula. Es más seco, más adulto, menos festivo. Dura poco más de cuarenta minutos, tiene ocho canciones y suena como el punto en el que Gustavo Cerati, Zeta Bosio y Charly Alberti dejaron de ser la banda pop que algunos temían y empezaron a ser la que el resto de América Latina iba a imitar. Lo grabaron entre septiembre y octubre de 1986 en los Estudios Moebio de Buenos Aires, con Mariano López a la consola. Tenían presupuesto para irse afuera y eligieron quedarse. La consola se rompió a mitad del proceso; Charly Alberti diría después que Argentina ya no aguantaba a Soda técnicamente. Cerati había escrito casi todas las letras de un tirón, en una noche, después de un bloqueo y de una crisis que lo llevó, según contó él mismo, a una guardia médica pensando que se moría. El trío se autoprodujo, como en el disco anterior. Sumaron vientos (Pablo Rodríguez en el saxo alto, Diego Urcola en la trompeta, Marcelo Ferreyra en el trombón), guitarra de Richard Coleman en un par de temas y teclados de Fabián Quintiero. El resultado se apartó del new wave más liviano de los dos primeros discos y se acercó a un rock más tenso, con arreglos de viento y una letra que ya no se conformaba con la superficie. Signos fue el primer álbum de un artista argentino editado en formato CD (1987, fabricado en Austria porque todavía no había máquinas en el país). La gira que lo siguió recorrió diecisiete ciudades de América Latina, veintidós conciertos, casi trescientos cincuenta mil espectadores. En las encuestas de las revistas Pelo y Rock & Pop de 1986 ganó Mejor Disco, Mejor Grupo, Mejor Actuación y Mejor Cantante. En 2007, la edición argentina de Rolling Stone lo ubicó vigésimo quinto entre los cien mejores álbumes del rock nacional. Al Borde lo puso cuadragésimo entre los doscientos cincuenta mejores del rock iberoamericano. No es el disco más vendido de Soda, pero es el que abrió la puerta grande. - Con Sin Sobresaltos el disco arranca sin pedir permiso. Bajo elástico, vientos, una guitarra que no se esconde y un ritmo que avisa que esto no va a ser otra vez Nada personal. El título es irónico: hay sobresaltos, pero la banda los enfrenta. Es la canción de entrada que demuestra que el trío llegó al estudio afilado. Cerati y Bosio firman. No hay prólogo. Hay declaración. Luego, El Rito dura seis minutos, es el tema más largo del álbum y uno de los más ceremoniales. Hay un ritual, una repetición, una liturgia que no es religiosa sino de escenario y de deseo. Cerati solo. La estructura se abre, se cierra, vuelve. En vivo se volvió de esas piezas que el público espera de pie. No es un hit de radio. Es un rito, justamente: algo que se repite porque tiene que cumplirse. - Prófugos es uno de los temas que más viajó. Fugitivos, escape, una persecución que puede ser policial, amorosa o de sí mismo. El arreglo es tenso, casi cinematográfico. Fue sencillo y tuvo video años después. En la secuencia del disco funciona como el momento en que la banda corre. No hay resolución clara. Hay movimiento. Prófugos es el tema que mejor resume la urgencia de 1986: ya no se podía quedar quieto. Además, es un tema que levanta un estadio y lo parte en dos. - No Existes es un tema más íntimo, más oscuro., compuesto por Cerati y Bosio. La canción niega la existencia del otro, o de uno mismo, o de ambos. No es un tema de ruptura convencional. Es una evaporación. El bajo sostiene, la guitarra no consuela. En un disco de señales, esta es la señal de que algo ya no está. Una joya. - Persiana Americana es el hit. El que más se canta, con letra de Cerati y Jorge Daffunchio. La persiana americana como ventana, como filtro, como distancia. Hay observación, hay deseo contenido, hay una ciudad que se mira a través de listones. El arreglo es de los más pegadizos del disco y, al mismo tiempo, de los más finos. Rolling Stone Argentina y MTV la ubicaron trigésima primera entre las cien mejores del rock argentino. Es la canción que abrió puertas en radios que antes no ponían a Soda. Y es, también, la que mejor muestra que el trío podía ser sofisticado sin dejar de ser popular. - En Camino es un tema de transición de Cerati, Alberti e Isabel de Sebastián. El título lo dice: se está yendo a algún lado, o se acaba de salir. No es el tema más recordado del disco, y por eso funciona bien en su lugar. Después de la persiana, antes de la canción título, ofrece un respiro rítmico y una letra que no cierra el círculo. Es el puente. Sin él, el álbum se sentiría más abrupto. - Signos es la única canción de Soda que lleva guitarra acústica de principio a fin, sin eléctrica. Cerati solo. No hay un modo, no hay un punto exacto. Signos, mi parte insegura, bajo una luna hostil. Es el corazón del disco y, a la vez, su punto más frágil. La letra habla de fisuras, de figuras sin definir, de acertijos bajo el agua. No es una balada clásica. Es una canción de señales que no se dejan leer del todo. En vivo, con la acústica, se vuelve casi confesión. Es el tema que da nombre al álbum porque resume su método: no explicar, señalar. - Final Caja Negra. Cierre. Cerati, Bosio y Alberti. La caja negra es la que guarda el registro de lo que pasó cuando ya no hay nadie para contarlo. El tema es más largo, más denso, con un final que no resuelve. Después de cuarenta minutos de rituales, fugas, persianas y signos, el disco se va con la sensación de que algo se registró y algo se perdió. No hay arenga. Hay inventario. Es el cierre justo para un álbum que no quiere consolar. - Signos salió con sesenta mil pedidos anticipados. Eso bastó para el disco de platino en Argentina antes de llegar a las disquerías. Para fines de 1987, según El Porteño, había vendido unas ciento diez mil copias en el país. La Wikipedia en español consigna dos platinos en Argentina (ciento veinte mil), dos platinos en Chile y platino en Perú. Compilaciones de ventas internacionales lo ubican en torno a las ciento cuarenta mil unidades contabilizadas (cien mil en Argentina, cuarenta mil en Perú). No son las cifras de Canción animal, el disco posterior que vendería más. Son las cifras de un mercado todavía chico y de una banda que, en 1986, todavía no había llenado estadios fuera de Argentina. El impacto se midió de otra manera. La gira Signos llevó al trío a Paraguay, Bolivia, Ecuador, Colombia, Costa Rica, México, Venezuela, Chile y Perú, además de Argentina. Veintidós conciertos, diecisiete ciudades, cerca de trescientos cincuenta mil espectadores. Fue la primera vez que un grupo de rock argentino recorría el continente con esa escala y esa constancia. El CD, fabricado en Austria y distribuido por toda Latinoamérica, fue también una señal: Soda no esperaba a que el país se pusiera al día. El disco se adelantó. Hay una tentación de leer Signos solo como el trampolín hacia Canción animal. Es justo, pero incompleto. Signos es el disco en el que la banda dejó de imitar y empezó a proponer. Menos pop, más rock; menos superficie, más fisura; menos fiesta, más signo. Las letras de Cerati, escritas de un tirón después de una noche de bloqueo, no explican. Señalan. La persiana, la caja negra, la luna hostil, los prófugos. Cuarenta años después, esas señales siguen funcionando. No porque el disco sea nostálgico. Porque el método —mirar de costado, no cerrar el círculo, dejar que el viento entre— sigue siendo útil. Soda Stereo después se partiría, se reuniría, se despediría, y Cerati seguiría solo hasta el silencio final. Signos es el momento anterior a esa escala total, cuando el trío todavía cabía en cuarenta minutos y en un estudio de Buenos Aires que se les quedaba chico. No es el disco más grande. Es el que abrió la puerta. Y la puerta, una vez abierta, no se volvió a cerrar. Por un millón de años luz.