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Renunciar a los resultados -HEMOS ESTADO AHI

· 1 h 10 min

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Sobre este episodio

Siempre estamos «luchando» por algo: por el trabajo, el dinero, una relación, para dejar una relación, perder peso, abandonar la bebida, para que nos entiendan, para conseguir que alguien se quede o se vaya, y así interminablemente. Jamás deponemos las armas. El lugar femenino y de entrega que hay en nosotros es pasivo. No «hace» nada. El proceso de espiritualización -tanto en los hombres como en las mujeres- es un proceso de feminización, un aquietamiento de la mente. Es el cultivo del magnetismo personal. Si tienes una pila de limaduras de hierro y quieres realizar con ellas hermosos diseños, puedes hacerlo de dos maneras: tratar de disponer los minúsculos fragmentos de hierro en hermosas líneas como telarañas con los dedos... o comprarte un imán. El imán, que simboliza nuestra conciencia femenina, la cual ejerce su poder mediante la atracción más bien que mediante la actividad, atraerá las limaduras. Este aspecto de nuestra conciencia -atrayente, receptivo, femenino- es el espacio de la entrega mental. En la filosofía taoísta, el «yin» es el principio femenino, que representa las fuerzas de la tierra, mientras que el «yang» es el principio masculino, que representa el espíritu. Cuando nos referimos a Dios como «Él», toda la humanidad se convierte en «Ella». No se trata de una cuestión hombre-mujer. La referencia a Dios como principio masculino no afecta en modo alguno a la convicción feminista. Nuestra parte femenina es exactamente tan importante como la masculina. La relación correcta entre el principio masculino y el femenino es tal que en ella lo femenino se entrega a lo masculino. La entrega no es debilidad ni pérdida. Es una poderosa no resistencia. Mediante la apertura y la receptividad por parte de la conciencia humana, se permite que el espíritu impregne nuestra vida, que le dé significado y dirección. En términos de la filosofía crística, María simboliza lo femenino que hay dentro de nosotros, lo que es fecundado por Dios. La hembra permite este proceso y se realiza entregándose a él. Esto no es debilidad de su parte; es fuerza. El Cristo sobre la tierra tiene como padre a Dios, y como madre a nuestra condición humana. Por mediación de una conexión mística entre lo humano y lo divino, damos nacimiento a nuestro Yo superior. Del libro "Volver al amor" de Marianne Williamson

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