# EL LIBRO DEL TIEMPO Y DE LA ETERNIDAD – Parte 8 - Simultaneidad y sucesión en el ciclo anual

Episodio de [Podcast Arbol de Vida](https://escuchario.semeescucha.es/podcast/podcast-arbol-de-vida), de david saportas.

- Publicado: 4 de abril de 2022
- Duración: 50 min
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## Sobre este episodio

EL LIBRO DEL TIEMPO Y DE LA ETERNIDAD – Parte 8 Por Fiedrich Weinreb Ver artículo escrito completo en mi blog: https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2022/04/04/estudios-de-tora-17/ Octavo Capítulo. Simultaneidad y sucesión en el ciclo anual Sukot – examen del mundo al final del tiempo La suká como hogar en la vida Predominio de los pueblos La fiesta del vertido del tiempo La vida bajo el signo de Acuario La quema de los vestidos en Sukot El sacerdote en el ser humano Arba minim: palmera, sauce, mirto y fruto El Nombre y los nombres Shemini atséret: el octavo día La vida de David en la suká Vivir en la piel de Leviatán Hablemos ahora de los aspectos del ciclo anual. Es un ciclo en que todo está simultáneamente, pero que también muestra la sucesión de cada evento en el año. Es decir, todo existe en todo momento, siempre, porque simultaneidad y sucesión ocurren siempre en el mismo instante. Vds. conocen el principio del árbol de la vida, el principio del árbol, como dice la Biblia, que tiene fruto y hace fruto al mismo tiempo. Significa que todo está al mismo tiempo. En todo momento está el ciclo completo dentro de ti y alrededor de ti. Pero, además, se desarrolla en el tiempo, pareciendo a nuestros sentidos, como si sucediera una sola vez en el año, o en la semana, o en el ciclo del mes o del día. Así se muestra el tiempo y siempre tendemos a considerar como única realidad algo que aparece en el tiempo, olvidando que es una de las facetas nada más, y que la otra faceta es la presencia permanente, como fundamento de este mundo. Podríamos decir que ese fundamento es el otro mundo, aquí. Algunas veces rozamos la periferia y entonces suceden cosas que nos parecen raras, la telepatía, por ejemplo. O decimos: “Qué curioso que alguien pueda prever o soñar lo que va a suceder”. Aunque olvidamos estas cosas rápidamente, porque trastornan la imagen ordenada que tenemos del tiempo, en el sentido: “Puedo hacerlo por mí mismo, estoy dominando”. Y es cierto que podemos llegar a tener la impresión de que, en el tiempo, en el mundo de las apariencias, –cuando algo se desarrolla o crece– que de verdad estamos dominando. Al ser humano le gusta controlar, dominar. De ahí que le encantan las teorías de la evolución. También le gusta la idea del progreso, porque le da el sentimiento de que él participa, de que él lo hace. ¿No dice la serpiente, la najash en hebreo, en los primeros versículos de la Biblia: “Si tomas del árbol, ¿serás como Dios?” De eso se trata. Si yo ahora me meto en política, contra de Gaulle, por ejemplo, existe una posibilidad de que de Gaulle me tome en serio y cambie su política, que me tenga miedo. Puedes imaginarte su reacción y que tu actitud haya provocado el cambio. Tan pronto como el ser humano quiere convertirse él mismo en Dios, tiene esas visiones del mundo. Y se enfada y entra en cólera cuando alguien tiene otra opinión, diciendo, por ejemplo: “Y a pesar de todo, eso otro también existe. ¿De dónde si no, surgen estas cosas curiosas, estas casualidades, esta coincidencia de circunstancias, esta confluencia de sucesos en un único momento, cuando todo el largo tiempo está a nuestra disposición?” Sin embargo, no apetece oír cosa semejante. Se elimina de las lecturas habituales, de los conocimientos habituales, porque minaría la visión global. Es pues el principio del árbol que hace fruto, del árbol del conocimiento. “Voy a hacer un plan. Haré eso y aquello en esa y en aquella fecha”. Y parece de verdad que podamos cumplir con este plan y que se vaya realizando por la propia acción. Este es el peligro de pensar y hablar de los ciclos del tiempo así: hoy es miércoles y hasta el domingo tengo tiempo, entonces iré de nuevo a la iglesia o similar. Yo no, pero quizás ustedes van el domingo. Hasta el domingo pues está pendiente, como si el miércoles no contara, y solo contaran el domingo o el shabat. Todos los demás días dejan de contar. Actuando así, se tiene el sentimiento, por ejemplo, de estar en un lugar santo: ahora hay que pensar como un devoto, y si estoy en un estadio de fútbol hay que comportarse de otra forma diferente. La idolatría se refiere a eso. Avodá sará 70-2-6-4-5 7-200-5, idolatría. Avodá es servicio, sará es extraño, el lado exterior del círculo, nausea. Significa que te estás distanciando de la esencia. Te estás instalando en el borde exterior. Es la consecuencia ineludible, porque allí las cosas están una al lado de otra. El núcleo sin embargo es un punto invisible, fuera del tiempo y del espacio. Ni siquiera es un punto, es un cero, un punto solo imaginado; podríamos decir, que, de hecho, ni existe. Algo así no gusta. Así las cosas, la peregrinación al muro de las lamentaciones se ha convertido en moda. El muro, así visto, es algo bueno. ¿Y el muro que está delante de mí, no vale? ¿No es también una parte de la creación? ¿Por qué aquel muro sería diferente del de aquí? ¿Qué sabemos de todo lo que ha pasado en el muro de aquí? ¿Y qué lugar corresponde al muro de aquí y al lugar de aquí en la esencia? Quizás pueda percibirse algo, pero esperar, pensar o saber, no. Tan pronto como se señala a un lugar específico, surge la inclinación a la idolatría, a la superstición que afirma que una oración allí sea mejor que otra oración en otro lugar. Quizás sí y quizás no. No tiene nada que ver con la afirmación de que el lugar sea santo. Lo siguiente es la tontería de que a otros lugares en los que haya sucedido lo mismo, se les llame igualmente santos. Piensen en los lugares del nacimiento y del enterramiento en el cristianismo. Existe una especie de competencia: mi lugar es mejor que el tuyo. Algo así es paganismo, paganismo puro y duro, nada más. Es peligroso porque es seductor. ¡Cuán fácil es captar la atención con algo tan conmovedor! Lo mismo ocurre en el ciclo del tiempo. No puede decirse que este tiempo en particular es importante; o Pésaj, Pentecostés o Sukot sean momentos importantes. Ocurre en esta o en aquella fecha. Sí, pero ¿dónde está la suká ahora mismo? ¿Quizás expulsada del país? No. Ahora mismo está. Simultáneamente. El árbol que es fruto, el árbol de la vida está presente en ti permanentemente. A su lado existe por supuesto el árbol que hace fruto, el árbol en pleno crecimiento, y solamente si tienes los dos árboles juntos reconocerás el sentido de todo. Entonces también aquello que entra en el tiempo, el momento en que el tiempo lo deposita delante de ti, obtiene un significado especial. Tienes la relación con lo permanente, y con ello, un sentido completamente diferente. Recibes la verdadera vida, porque este fuego, esta llama, esta luz, están presentes siempre. Solo así eliminamos el peligro del paganismo. La idolatría es algo muy diferente de lo que –con, o quizás sin intención consciente– se suele llamar idolatría. Se dice que rezar ante las imágenes es una tontería, y se dice para eliminarlo del entorno, de la realidad que forjamos nosotros mismos. Y justamente ese es el punto importante. No se trata de las imágenes. Un idólatra es justamente aquel que da tal definición de la idolatría. Corre el riesgo de que se le conteste: escucha por favor, ¿cómo puedes decir semejante falsedad? Seguramente eres tú mismo un idólatra, porque de lo contrario, ¿cómo puedes pensar que haya personas que se arrodillen y tomen en serio las imágenes? Ciertamente existen personas curiosas, pero que toda la humanidad se haya comportado así durante miles de años ¡No! Se dice con intención, con mala intención, y su formulación se origina en un nivel más profundo que la consciencia, o lo que llamamos consciencia. Si hablamos del calendario corremos el gran riesgo de que se diga: “La última vez hemos hablado de Yom Kipur. Se trata del décimo día del séptimo mes. Dentro de poco lo tendremos de nuevo en el calendario, pero hoy aún no”. En su lugar quisiera que recordaran que el calendario es una realidad permanente. En el lado del árbol de la vida, el calendario es permanente y eterno, y por ello el ser humano vive con todos esos sentimientos, esperanzas, confusiones, fantasías. Si a alguien le falta todo eso, y si ha eliminado la fantasía también, entonces sus expresiones son puramente demoníacas. Su fantasía ya no está unida con la realidad. Por el hecho de aceptar tal forma de pensamiento, lo demoníaco se coloca en primer plano también en la fantasía. Está en estrecha relación con nuestro tiempo: en cierto tiempo surge cierta forma de fantasía. Es un signo del tiempo. Quisiera ahora hablar del tema de Sukot 60-6-20-6-400, la fiesta de las cabañas. En la tradición se dice que Sukot es aquello con que el mundo –los “pueblos”– son examinados al final de los días, cuando el árbol que hace fruto ha llegado a la madurez. Cuando se pueda decir: ahora el fruto va a caer. Está en plena madurez. El examen no es en Pascua, ni en Pentecostés: es en Sukot. Se habla ya en los profetas. En la tradición se explica con mucho detalle por qué es así con Sukot, por qué el examen es justamente en ese momento. Y con “momento” de nuevo no me refiero al momento en el año, más bien al momento en tu vida diaria, minuto a minuto, el momento como fuerza, como presencia. ¿Tiene el ser humano la posibilidad de saber que está de verdad siempre presente? Cuando se describe la suká, se menciona que su altura puede variar, pero en lo máximo es de 120 tefajim. Téfaj 9-80-8 es una medida y curiosamente, tiene el mismo valor que suká. Pensarás de inmediato en los 120 años con que se mide la vida. Se trata de “la altura” de tu vida, por así decir, la distancia de tu vida, de la tierra al cielo. Tu vida es la conexión entre los dos extremos, los dos mundos. Y esa distancia es 120. Curioso. La casa en que vives, es esa suká, es esta vida. Y la anchura de la suká es siete. También se dice que ese siete, la anchura de la suká, son los siete cielos y también los siete mundos terrenales, que muestran esa relación. Las medidas de la suká, por tanto, son también las medidas del ser humano y del mundo. La suká realmente, es el mundo en que vivimos. ¿Vives en un mundo que tiene bastante de sólido, según tus percepciones? Como, por ejemplo: ¿esto es lo que hay, y todo lo demás no me interesa? La vida en una casa así significa que todo lo demás me da igual. Afuera puede pasar eso o aquello, pero no es asunto mío. No hay que mezclarse, según una expresión muy burguesa, porque puedes quemarte los dedos. Si tu casa es así, estás limitando el cielo, el otro mundo. Solo lo conocido, a lo que tú mismo has dado entrada, parece ser asunto tuyo. Tu trabajo y todas tus actividades, todo lo demás, definitivamente no es asunto tuyo. Por ello se dice siempre que ciertamente, el mundo es esta casa, y todo lo demás queda excluido. Se dice así, porque un ser humano debería desear lo otro, porque debería darse cuenta de que está viviendo en el exilio. El exilio no es todo. Hay algo en mí que me empuja más allá de los muros y del techo de la casa. Me lleva mucho más allá. Por eso, esa casa se le da al ser humano. Y por eso se dice que la casa eterna es esa suká, esa construcción provisional, tambaleante, que se construye y se levanta sin problemas. Si construyes tu suká, tu cabaña, hazlo de tal forma que tengas el sentimiento de que pueda ser derribada sin mayor esfuerzo. Que sea fácil derribarla y que tampoco la construcción suponga un gran esfuerzo. Lo hago únicamente para que me proporcione algo de protección del mundo, pero que no me desfigure mi visión del mundo. Se dice que basta que tenga dos muros, y que el tercer muro esté, sin más; hay entonces dos esquinas, y no solo una. No son necesarias más. El resto puede estar abierto. El techo de la suká está compuesto por hojas. Hoja es sjaj 60-20-20 en hebreo, de allí el nombre de suká 60-20-5. El follaje procede del árbol, del tiempo, y se coloca de forma suelta, para que se puedan recoger de inmediato, si hace falta. Es diferente de la casa habitual, donde todo se organiza para sujetar el techo firmemente. La definición del techo de la suká es que se pueda ver a través de él, que se vea el cielo y las estrellas del firmamento. Tan transparente debe ser. Ante todo, no debes hacer una separación, de forma que el cielo sea algo fuera de tu realidad. Todo lo contrario, es algo que tiene que ver constantemente con tu mundo. De esta cabaña se dice que al final de los tiempos, ella examinará el mundo. Porque al final de los tiempos, todo está en el orden más perfecto. Tienes enormes posibilidades con solo apretar un botón. Tienes luz con una presión, aspirador con una presión, guerra apretando un botón… todo se hace presionando sobre un botón, y lo que quieras lo obtienes al instante. Si quieres leer aprietas, y obtendrás el libro deseado y el contenido del libro se te contará. No necesitas ni levantarte para cogerlo. Viene a ti sin más. El mundo es de tal forma perfecto, que tampoco tienes ya tiempo para nada más. Nadie habla ya del cielo, Dios nos proteja. Esa es la situación al final de los tiempos. Díganme, cuando la vida es tan perfecta y cuando casi todo el mundo es parte de los “pueblos” –no hablo de raza sino de actitud– ¿contestaría Vd. con un sí a la pregunta de si sigue habiendo alguien que pueda vivir en una suká? No para indicar que se pueda vivir tan modestamente. Solo sería pereza. La modestia no es algo que pueda exhibirse, no se debe ni ser consciente de ella. Pensar que se es modesto, es lo más peligroso que hay. Es mejor pensar que se es engreído o tonto. Si piensas: eso lo he hecho muy bien, ¡ten mucho cuidado! Es decir, no se trata de que nos presentemos como modestos. No es eso. Y tampoco tiene que ver con que tengas millones o no, aunque tenerlos puede ser muy peligroso. ¿Por qué no has regalado todo lo que tenías? La pregunta que se te hará es la siguiente: ¿Cómo puede ser que lo hayas retenido así y que no te haya quemado constantemente? Hay que ser consciente de necesitar la suká. No se trata de una demostración de modestia, humildad o ingenuidad, se trata de ser modesto y humilde. Esa pues es la noción del final de los tiempos, cuando los pueblos son examinados. Al final de los tiempos, solo quedan “pueblos”. Los pocos individuos que quedan, muy pocos, hace tiempo que se han marchado, viven ocultos, porque tal tiempo no es soportable. En esos tiempos es extremadamente peligroso llamar la atención. Existe un relato en el Talmud, en el tratado Yoma, que habla de dos tanaim, dos hombres responsables de la redacción del conjunto. Están hablando del final de los tiempos. Uno dice moviendo la cabeza: –¡Qué generación más pecaminosa allí, en el final de los tiempos! –Responde el otro después de unos momentos de reflexión: –Bueno, qué significa pecaminosa… si tú y yo estuviésemos allí, seguramente no tardaríamos ni un segundo en tirar por la borda toda la responsabilidad que llevamos y participaríamos. Mientras que ahora somos grandes maestros de la escritura y de la revelación, de la tradición hablada. Ese tiempo es tal, que incluso para los grandes es difícil aguantar. También participan, porque es muy evidente y porque es peligroso no hacerlo. Casi no queda elección. Se cuenta también que justamente entonces, la Torá es reencontrada en el Templo. Se había perdido, olvidado, pero es reencontrada como gran hallazgo. Hay gran fiesta para celebrar ese descubrimiento y que vuelva a estar presente. ¿Cómo es posible, dirán, si siempre ha existido? Por supuesto que siempre ha existido. No había imprenta, pero había sido escrita y copiada en muchos ejemplares. Pero solo la página exterior, la página del árbol del conocimiento. El lado interior, la poderosa energía de la revelación de la palabra, había quedado olvidada y es ahora reencontrada en el Templo. El Templo de nuevo sirve a su auténtico fin. Solo allí puede encontrarse la palabra verdadera. El final de los tiempos es un tiempo que pide una suká. Aunque la gente no la quiera. Quieren que se les deje en paz, vivir en abundancia, de vez en cuando hacer una pequeña concesión por amor a la paz, tan deseada. Pero por lo demás solo quieren bienestar, progreso. Y entonces nos topamos con el principio de la suká. Está frente a Pascua; recordarán que Pascua es el 15 del primer mes. Sukot es el 15 del séptimo mes. En el círculo, están frente a frente. Hay pues algo en el principio de Sukot que tiene que ver con Pascua. Pascua es una expulsión. De la misma forma que nacimiento y muerte son, muchas veces, expulsiones. Es una liberación de las ataduras. Sukot es lo mismo, pero pide otra cosa del ser humano. Pascua es un desarrollo como el nacimiento o la muerte. Poca es nuestra influencia; aunque pensemos que podamos hacer mucho, tomar medicinas, por ejemplo. Y se cree de verdad que es posible aplazar la muerte. Es un bonito ejemplo de la imaginación. Con el nacimiento es igual; pensamos poder planificar, tal número, tres y medio, por ejemplo, porque así está en concordancia con el salario, etc. Creemos tenerlo controlado. Pero Sukot es otra cosa. Sukot es el principio que dice: ahora espero de ti que actúes sin contrapartida, gratis. Las cosas ya no están en tu mano como antes. El ser humano está en un punto en el que no sabe nada del futuro. Puede suponer, esperar, pero no saber. Y en cada momento de la vida que llamamos “ahora”, está el ser humano y dice: ¿Y ahora qué? Y justo en este punto del y ahora qué, que verdaderamente debe darse en todo momento, se contesta: Ahora esto. ¡Sal de la casa y entra en la suká! El momento de suká consiste en que seas capaz de vencerte a ti mismo. Se cuenta que si al principio del séptimo día el ser humano pronuncia los tres versículos de Génesis –por supuesto no solo con la boca, sino con todo su ser– donde se habla del séptimo día, que Dios lo santifica y lo bendice, entonces es shitúf 300-400-6-80, colaborador de Dios en la creación, en el sentido de que el ser divino colabora, que el ser divino que Dios ha puesto dentro de cada ser humano colabora, está presente, activamente. Que esta divinidad se manifiesta. Es, por así decir, un apretón de manos, en el sentido de: aquí estamos, Dios y hombre, aquí estamos. Es la manera en que Dios crea al ser humano como adam, palabra que contiene el principio de “asemejar”, demut en hebreo 4-40-6-400. Ese es el concepto correcto de “ser humano”, desde la comprensión de la palabra. Allí está también el principio de la suká, porque entonces el ser humano sabe que el mundo está terminado, completo, perfecto. Que ya no se trata ni de la creación ni del desarrollo del mundo. Se trata ya exclusivamente de su actitud. Y también de que reconozca ese hecho y acepte las consecuencias. A eso se refieren las palabras “tener conocimiento de la suká”. Y por esta razón es la suká en el séptimo mes, una línea paralela a Pascua. Sabrán que Pascua comienza el día 10 del primer mes. Es el día de la preparación del cordero. Y el día 10 del séptimo mes, el ser humano comienza a construir la suká. El día 10 es Yom Kipur y por la noche, cuando ha terminado, lo primero que se hace es comenzar a construir la suká. Paralelamente, en los 5 días en que el cordero está preparado, se construye la suká. Siempre apartamos a este cordero a algún lugar en la historia o al firmamento, en todo caso, a un lugar muy lejano. Y de la suká se dice que es una fiesta bonita, muy folclórica. Con danzas populares que se graban: después, se ha cumplido con el deber y todo acaba. No. Todo lo contrario. Esos 5 días son la disponibilidad del cordero, del cordero del ser humano, al cual también se le dice: Y ahora construyes esa suká, y nada más. Solo puede hacerse después de Yom Kipur. Porque si has participado en todo –la llegada de las tablas que bajan a este mundo– cuando las tengas en tu mano, dices: ahora no puedo hacer otra cosa que construir la suká. Y es por eso que Sukot dura esos siete días, los mismos que Pascua, ese ciclo completo. Solo que Sukot tiene, adicionalmente, un octavo día. Es la única fiesta en el ciclo del tiempo –también en el absoluto– donde el octavo día toma un lugar auténtico e integral. No para decir que al final de la semana, al final del séptimo día, viene el octavo. Porque lo que sigue es el primer día. Ese octavo día, más bien, se sustrae al tiempo. Pero estar, está. Se le llama shemini atséret. Shemini viene de shemona, ocho. Ese octavo día solo existe si existe la suká. Por ello, Sukot es algo muy especial en el mundo. También es algo muy especial para el ser humano, siempre y cuando viva en ella. No en el sentido de que esté esperando hasta que llegue la fiesta de Sukot en el calendario, más bien teniendo en la consciencia que ahora mismo, en este momento, se debe vivir en ella. Te acompaña en todo momento. Te acompaña en todo momento, no puedes deshacerte de ella, de la misma forma que no puedes deshacerte de la eternidad, quieras o no. En la escuela se ha formado tu pensamiento lógico, has aprendido matemáticas, etc. Y a pesar de todo, por fortuna, de vez en cuando te “haces el loco”, porque también ese otro lado está en ti. Ya no soportas vivir únicamente con la lógica: ingresas en una secta, o te comportas de otra forma extraña. Actúas así porque no puedes vivir con el único lado de la lógica. Por ello, Sukot está siempre. Es el otro lado. Uno de los aspectos más importantes de Sukot –que no hemos tratado aún– es que en Sukot existe el juicio sobre el agua. ¿Qué habrá hecho el agua? El agua es juzgada, porque en el mundo exterior es la expresión de aquello que vivimos como tiempo. Significa pues que el tiempo es juzgado. Juzgar significa colocarlo en su verdadero lugar, en su sitio correcto. Nivelar las desigualdades, contestar a las preguntas. En el pasado, el agua, es decir el tiempo, jugaba un papel importante en tu vida. Todo lo clasificabas según lo sucedido en el tiempo. “Hace 35 siglos”, por ejemplo, “sucedía la salida de Mizraim (Egipto) ¡que estupendo!” Es posible, por qué no, todo puede ser colocado en el tiempo, también tu propia vida. Se hace, porque se piensa que el tiempo es algo donde mandamos, donde tenemos una especie de dominio. Podemos “hacer” el tiempo. Por ejemplo, se dice: “Vamos a comenzar a mejorar los tiempos, porque hasta ahora las cosas no andan bien”. Quien habla así, no conoce el juicio sobre el tiempo. El juicio significa ¡todo lo contrario! A partir de ahora voy a ver el tiempo de forma diferente. Voy a colocarlo en su verdadero lugar, donde pertenece. Por ello, en Sukot está también esta fiesta especial, del “vertido del agua”. Jag ha-shoevá 8-3 5-300-6-1-2-5. El agua se vierte. El agua que se juzga, es vertida. Forma un auténtico río. Se va a cierta fuente en Yerushalaim –no piensen en una ciudad situada en el mapa–. Ese otro Yerushalaim se encuentra, como he contado ya, en el cuarto cielo. Allí hay una fuente de agua. El tiempo corre desde allí. Y se va a ese Yerushalaim y se llevan grandes cantidades de agua al Templo, al punto central donde el tiempo y el espacio coinciden, donde hay eternidad. Y allí se vierte, sin más, con grandísima alegría y haciendo muchas bromas. Aquello que tú siempre has anhelado tener, se vierte. Porque el ser humano tiene sed de tiempo, como tiene sed de agua. Como el ciervo brama, así el ser humano siente que algo pasa con este tiempo que no puede seguir viviendo. Necesariamente se convierte en rebelde. Conocerán la rebelión durante la travesía del desierto, por la ausencia de agua (Éxodo 17,1-7). Vamos a morir, piensa la gente. ¡Queremos agua, queremos tiempo, necesitamos ver que algo suceda aquí, en este mundo! Y cuando Miriam muere, ya no fluye el agua (Números 20,1-13). Hay una única fuente, para esos 600.000 hombres, mujeres y niños. La tradición pinta así las escenas a propósito, para que de inmediato haya que distanciarse de la realidad del tiempo y del espacio. Porque está escrito: el pueblo de Israel bebe de una única fuente. Esta fuente se encuentra delante del tabernáculo. Por tanto, ¡No busques en la historia, no la busques en este mundo! Es imposible que no te des cuenta. ¡Termina con todas esas tonterías de buscar aquí, de reconstruir el edificio! Estuvo aquí y sigue estando, solo que no lo vemos. Delante de nosotros bajó la cortina y ya no somos capaces de ver lo que está detrás. Algunas veces suponemos algo, dentro de nosotros. En todo caso espero que haya alguien que sienta así. Pero ver, no se puede. Es decir, existe una única fuente de la que se bebe. Y esa única fuente nos acompaña en el camino. No se queda en un solo lugar, hay 42 estaciones de reposo en el desierto. El tabernáculo acompaña de un lugar a otro. En 42 lugares se levanta y es de nuevo abatido. Y esa fuente hace el mismo camino. ¿Cómo puede una fuente acompañar en el camino? Y cuando Miriam se muere, el agua de la fuente cesa de fluir. El tiempo ha dejado de existir. ¡Gran pánico! Porque se quiere tener tiempo, se quiere ver lo que sucede en el tiempo. ¡Pánico enorme, consternación! Y entonces viene de verdad aquella revuelta, y Moisés mismo retrocede y se sacrifica, para que haya de nuevo tiempo. Porque, si Moisés deja que el agua fluya, a pesar de todo, significa –es difícil de explicar, pero podría decirse así– que sabe que será a costa de su vida. Pero no tiene elección: es su vida, o la vida del mundo. Llegado a este peldaño dice: “¿Por qué tengo que dar mi vida? Era bueno lo que hice”. Sí, muy bueno, pero de otra forma no visible desde aquí. Aquí existe el bien y el mal. Aquí no deberías haberlo hecho y lo has hecho, a pesar de todo. Pero es absolutamente bueno, y por ello Dios le lleva al otro mundo. Es la muerte para ese principio en Moisés. Pero al mundo se le da tiempo. Se le da forma al mundo, cuerpo, vida, se le da al mundo por ese sacrificio. Esa es el agua de la que tenemos tanta necesidad. Y esa agua con grandísima alegría, se vierte en Sukot, se vierte sin más sobre la tierra. De lo que se trata es de que se deje de ver lo antiguo. Tantas cosas paganas se han acumulado. Pagano significa: ver solo el lado exterior, solo ese lado es importante. En el sentido de tú eres el rey aquí. Tú puedes decidir, pesar y medir y calcular, lo que quieres que suceda. Ahora sin embargo rige el principio llamado delí 4-30-10, “cubo o barreño” es “Acuario”. Así se llama al decimoprimer signo astrológico en el cielo, Acuario. El hombre con el barreño vertiendo el agua. El tiempo ha dejado de existir. Eso es Sukot. Solo en Sukot se vierte el agua, y solo en Sukot el agua es juzgada. Sucede en el bet din, en la corte de justicia. En el bet din shel má’la en el juzgado de arriba y en el betdin shel má’ta en el juzgado de abajo. Allí se juzga el agua. Porque algo ha cambiado en el tiempo. Algo está emergiendo que nunca hasta ahora ha podido entrar en la consciencia y que nunca pudo presentarse, porque el agua aún era necesaria. Pero ahora se vierte y se sabe el motivo. Por ello, Sukot es también la fecha de nacimiento de los patriarcas Abraham, Isaac y Jacob. Particularmente de Jacob porque de Jacob se dice que es el primero de los padres –¡no en el tiempo! – que vive en una suká. De él se cuenta que llega al lugar llamado Sukot: “Y Jacob partió a Sukot y edificó allí casa para sí, e hizo cabañas para su ganado; por tanto, llamó a aquel lugar Sukot”. (Génesis 33,17).La suká es una cabaña para el ganado, pero no para los caballos. Jacob es el primer hombre que habita allí. Y cuando muere, cuando sale de este mundo, sale también de una suká. En la Torá está escrito: “Y como Jacob acabó de dar órdenes a sus hijos, encogió sus pies en la cama…” (Génesis 49,33). Es morir en una suká. La tradición dice que eso significa que Jacob no ha muerto nunca. Si mueres en una suká, no mueres. Naturalmente que puede decirse que murió en el año tal. Y si tienes que hacer un examen, quizás tengas que apuntar el año concreto, pero no se trata de eso. De hecho, murió en el año 2255, según el conteo de la Biblia. Y a pesar de todo, la Biblia dice que Jacob no muere, porque estaba en una suká. Había nacido en ese día de Sukot. Es el primero que vive en una suká y también se ausenta en una suká. En una suká no hay diferencia real entre el cielo y la tierra, y de ahí, que tampoco puede morirse en ella. Quien viva en una casa firme y que no conoce la suká, tampoco se interesa por los que acontece en ella. Pero para aquel que vive en ella y conoce los hechos, para ese de verdad es así. Por ello se cuenta que, en esa grandísima fiesta del vertido del agua, también debía hacerse otra cosa: los sacerdotes toman sus vestidos viejos y los convierten en antorchas. Es su lado exterior, que ha quedado obsoleto, porque verter el agua significa también eliminar las ropas viejas. En una gran hoguera se quema todo. Las viejas ropas se queman con grandísimo júbilo. ¿Y por qué eliminar todo? El sacerdote ha recibido esas vestimentas porque en su vida tienen que ver y dominar ciertas condiciones humanas. Y el sacerdote no es esa u otra personalidad conocida que pueda servir en el Templo. Es el sacerdote que hay en ti, aunque si de verdad está o no, es otro asunto. Porque quizás lo has eliminado y el Templo en ti quedó devastado. Todo es posible. El sacerdote puede existir en cada ser humano, porque aquí existe esta simultaneidad. Está en el tiempo y en cada ser humano, de la misma manera que el calendario existe fuera de ti y también dentro de ti. Únicamente lo exterior, es usar una máscara, es un juego: me pongo ese vestido portentoso y camino con solemnidad, y entonces soy un sacerdote. Eso solo es teatro y pone enfermo. Pero si el sacerdote está, todo cambia. Entonces el otro lado puede expresarse también en el tiempo, pero nunca sin el sacerdote. Los sacerdotes, en la vida real, no son siempre hombres piadosos. Naturalmente que pueden serlo, no tengo nada en contra de las personas piadosas. Ante todo, son personas llenas de una gran inquietud, a las que no bastan las cosas de aquí: el estado del bienestar, el buen funcionamiento de la sociedad, autopistas nuevas, viajes de placer, progreso científico. No basta. Quieren ir a otras metas más altas. Sabrán que los hombres que acompañan a David en su huida, son personas que han cargado con grandes culpas, que las busca la policía, etc. Desde un punto de vista burgués, no son los mejores acompañantes. Ninguno de ellos podría presentar un certificado de buena conducta. David por supuesto que no. Y todos esos van con él. Son todos hombres intranquilos. En los comentarios se dice que simplemente son hombres que no pueden contentarse con que todo esté arreglado ya, vivir en una sociedad aparentemente paradisíaca. Por esa actitud se encuentran con dificultades y aquellos que tienen adentro un sacerdote vivo, son incómodos, intranquilos. Su vista traspasa, su visión es global y como consecuencia, reciben el vestido. Está escrito: si la deshonestidad no está en tu vida, recibes el vestido. Porque no verterás sangre, en el sentido de que no asesinarás ni siquiera atormentarás o molestarás a ninguna persona. Si tienes todo eso bajo control, es decir, si tienes el conocimiento de las medidas que determinan todo en ti y en el mundo, y que dan sentido a todo, entonces recibes el vestido. No digas que no quieres saber nada de toda esta literatura. Que no es tu asunto. Ten cuidado y sé consciente de que todo eso tiene mucho que ver contigo. Estás aquí por eso. Has sido creado a imagen de Dios y por ello, tienes que cumplir algo aquí en la tierra. Y cumpliendo, viene el vestido. Y en el momento de Sukot se recoge, se ata y se hacen antorchas que se queman. Porque el viejo vestido ha quedado obsoleto. Recibirás otro vestido nuevo, diferente. Viene entonces aquello llamado “darse la vuelta en el tiempo”. Ya no se está mirando solo a un lado, sino que se da la vuelta y se ve el otro lado. Es una vuelta completa. Sucede en cada persona, pero solo en el momento de Sukot. Nadie puede decir pues: Sukot no tiene nada que ver conmigo, sucedió alguna vez en el pasado; o que no está incluido en mi catequismo o que allí está escrito que haya que recordarlo solo una vez al año. Se trata de tomar consciencia de la importancia de Sukot en tu vida. Por ello existe el examen de Sukot, y el final. A todo eso se llama: Jag ha-shoevá, el momento del vertido del agua y del juicio sobre el tiempo. Y aún sucede otra cosa: la aportación de “los 70” como korbán. Los 70, la multiplicidad, es todo lo que el ojo ayin 70 ve. Los 70 pueblos, las 70 lenguas. Y las 70 unidades que son sacrificadas, son toros. El primer día 13 toros, el segundo 12, el tercero 11, el cuarto 10, el quinto 9, el sexto 8, el séptimo 7, en total 70. En Sukot, los 70 en el ser humano, se han convertido en korbán. De la misma forma que en el ciclo del tiempo, en el árbol “que hace fruto” son verdaderamente 70 congregados que regresan, cuando el korbán se entrega. Pero sé consciente de que ese método de cálculo se hará dentro de ti: trece… hasta siete. Otro aspecto de Sukot es aquello llamado arba minim 1-200-2-70 40-10-50-10-40, las cuatro especies. Es una noción bien conocida en la tradición. Los arba minim muestran algo que encontramos siempre de nuevo: un fogonazo del otro mundo, en las cosas de aquí. Una indicación. De la misma forma que el agua representa el tiempo aquí. La mikvé 40-100-6-5 el baño ritual, significa también sumergirse en el tiempo. Y así, un carnero es una cosa y un caballo otra. En Sukot se habla ante todo de ese toro, que es korbán (sacrificio). Les he contado ya que se toman 70 toros. En Sukot se dice con énfasis: fíjate, lo divino se expresa también en cosas del todo triviales, no hay nada sin importancia, de verdad hay algo que está detrás de todo. Pan, por ejemplo, significa la vida del cuerpo. Casi no puede creerse, pero es así. Solo la ciencia quisiera deshacerse de tales afirmaciones, porque llenan de perplejidad. Si tenemos que ocuparnos también de estas cosas, ¿dónde queda nuestro reino? ¿Dónde nuestro dominio? Todo sería muy diferente. Se requeriría una visión diferente: abrirse a otro mundo, aceptando la existencia de cosas negadas hasta ahora. Pero aquí, como lo hace el avestruz, lo que no se ve no existe. Vivir así pone enfermo. No querer ver cosas que están, de las que se sabe que están, tiene mal término. Y lo sabemos. También es así con esos arba minim. Tres de ellos están relacionados siempre, es una unidad, compuesta por tres especies. Por ejemplo, también las tres letras de la palabra amar 1-40-200, hablar, reúnen los tres elementos esh, fuego 1-300, maim, agua, 40-10-40 y rúaj, aire 200-6-8. Existen pues estas tres especies que ya están unidas entre sí, bajo la denominación de lulav palma 30-6-30-6. Lulav se compone, como está escrito en Levítico 23,40 de kapot tamarim, de las hojas de la palmera de dátiles, y forma unidad con las anaf ez-avot ve-arvé nájal, ramas de mirto y de sauce. Esas tres especies se atan entre sí. Luego se añade una cuarta, el pri ez hadar, el fruto de hadar, esplendor, magnificencia, es decir, el fruto de un árbol esplendoroso, hermoso. En verdad se trata del ez osé pri, del árbol que hace fruto, que se convierte en ez pri. Es el cumplimiento del tiempo, es el tiempo de recoger el fruto. En la terminología moderna, casi podríamos decir que es la cuarta dimensión que se convierte en espacio; el tiempo se ha cumplido. La cuarta rama se coge con la mano izquierda, mientras que las otras tres ramas están en la mano derecha. Y en Sukot se junta la cuarta rama con las tres restantes. Es la unificación que sucede en Sukot. De la misma forma que recibes la unificación por el hecho de vivir en la suká, que arreglas tu vida de tal forma que el cielo es una realidad constante en ti, así también debes añadir ese cuarto elemento a los tres restantes. Si quedan separados, el trabajo no está cumplido. El otro mundo y este mundo deben formar una unidad constante en ti. Por eso se dice que cada una de esas cuatro especies, es una letra del nombre del Señor 10-5-6-5. Las letras 10-5-6 las tienes en tu mano derecha y la última 5 en la izquierda. Por eso, en tu vida aquí, es tan tremendamente importante que estés uniendo lo uno con lo otro. Solo así, tu vida tiene sentido. Mientras que los dos mundos estén separados, se mantiene la dualidad. Y vives en unas condiciones inhumanas, en la confusión y el caos. Porque el estado auténtico del ser humano solo puede darse si los tres forman una unidad con el cuarto. También la akedá es la atadura de cuatro, como condición indispensable para la llegada de todo lo demás. En Sukot, pues, las cuatro especies son muy importantes. Significa que una ramita pequeña de sauce, no es solamente una ramita de sauce. Fíjate, en ella se expresa una letra del nombre del Señor. Hasta en lo más insignificante. También les he hablado ya de hoshana rabá, donde algo es destruido y se aleja de aquí. Se trata del mismo principio. El nombre del Señor, el nombre de Dios se concreta mediante una atadura. ¿Cuál era la fórmula? Sí, es una fórmula que murmuramos demasiadas veces, sin saber lo que quiere decir. Pero bueno, será una fórmula sin más. La fórmula es como sigue: “De la misma forma que juntamos esto de aquí, juntamos el nombre del Señor”. Se dice así textualmente. Y solo sabiéndolo, se dice: sí, ciertamente, así es. Nunca antes lo había pensado. Es que no prestamos atención. Se dicen las cosas sin saber lo que estamos soltando por la boca. Ver texto completo en siguiente link: https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2022/04/04/estudios-de-tora-17/ Elaborado por David Saportas davidsaportasl@yahoo.com

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