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EL LIBRO DEL TIEMPO Y DE LA ETERNIDAD – Parte 9 - Sucesos de verano: el 17 de Tamuz

· 57 min

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EL LIBRO DEL TIEMPO Y DE LA ETERNIDAD – Parte 9 Por Fiedrich Weinreb Ver artículo escrito completo en mi blog: https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2022/05/28/estudios-de-tora-18/ Noveno Capítulo. Sucesos de verano: el 17 de Tamuz La espera, y la impaciencia al final El Dios que se crea a sí mismo Ahogarse en el tiempo La multitud ocupa Yerushalaim La desaparición del tabernáculo de Dios el 9 de Av De la exploración del más allá Yeh’shúa y Kaleb, con los patriarcas Cuando el Templo se quema, nace el salvador La lucha de Jacob con Esaú, en el Yabok Guid ha-nashé, el punto débil Del fin de la muerte, el 15 de Av Después de hablar de Sukot, quisiera explorar algunas otras fechas que caen en la fase entre Pentecostés (Shavuot) –la revelación de la Torá en el Sinaí– y el comienzo del ciclo nuevo, del regreso del séptimo mes, de Rosh ha-shaná. Es verano y lo recogido en Shavuot espera su transformación. Entretanto suceden cosas extraordinarias. Nos muestra el tiempo de verano con otra luz nueva, diferente. Hemos conocido a Pesaj y Shavuot como aquello que en la naturaleza llamaríamos la primavera y el principio del verano. En Pesaj comienza la recogida del grano. Antes era el crecimiento, la entrada en la exterioridad. En Pesaj se comienza a cortar el cereal y en Shavuot, la recogida ha terminado. Viene el otoño, tiempo de Rosh ha-shaná, el año nuevo, Yom Kipur y Sukot. Todas estas festividades, en otoño. Y el tiempo entre Pesaj y Sukot, es el tiempo de verano. Hay exactamente seis meses entre estas dos fechas. Pesaj cae en el primer mes, Shavuot en el tercero y Sukot en el séptimo. Y ahora veremos que el calendario muestra algo muy especial. No son momentos como la salida en Pesaj, la revelación de Shavuot o el viraje trascendental de Sukot. Aquí nos encontramos con unos sucesos diferentes, que, a primera vista, parecen trágicos. En primer lugar, quisiera hablar de lo que pasa en el cuarto mes, el mes de Tamuz, y concretamente el día 17 del mes. He dicho en muchas ocasiones que la noción 17 es siempre una señal del final. El 17 de Tamuz pues, es la fecha en que bajan las primeras tablas. Una unidad de dos, podríamos decir que una es el perfecto reflejo de la otra, ya que las letras son legibles desde los dos lados. No hay diferencia. La misma letra es legible desde los dos lados. Eso es imposible aquí. Aquí solo tenemos imágenes reflejadas, que son distintas de la imagen original. Estas tablas están hechas por así decir, de material divino. Moisés las recibe en el Sinaí, después de haber entrado en la nube. Nadie en la tierra sabe dónde está. Ha entrado en otro mundo y regresará al final de 40 días, es decir, al final de los tiempos. Se le está esperando, de la misma manera que cada persona espera hasta el último segundo, en su propia vida, que algo suceda que dé un giro radical a todo. Cada uno tiene esta esperanza, que en su vida alguna vez ocurra algo diferente. Aunque… algunos dicen: “No viene y por tanto todo me da igual”. Muchas veces hay algo de miedo detrás de tal pose, o se quiere provocar a ese otro lado, para que dé, de una santa vez, una respuesta satisfactoria. Otros piden, ruegan, esperan, intentan hablarlo, pero no viene nada. Porque ¿cuál es el final de esos 40 días? ¿Quién calcula en este mundo, en este flujo de tiempo, 40 días? Para nosotros, son nociones relativas. Los días del verano están determinados por la posición del sol. Están medidos por la astronomía. Pero no es la noción absoluta 40, de la letra mem, porque esta noción absoluta no se puede medir aquí. Puede ocurrir de pronto, pero también puede ser que tarde mucho hasta que llegue a término. Es que no se sabe. Algunas veces se piensa, teniendo 16 o 17 años, que todo está al alcance. Otro piensa que el final vendrá con 60, 70 o 80 años y tiene menos paciencia. Así, cada uno interpreta la fecha del final por sí mismo, en la esperanza de que se cumpla así. De nuevo nos topamos con esos intentos inútiles de medir ese otro tiempo, el principio del tiempo absoluto, dentro de este flujo de tiempo. Se cree poder obtener la fecha del final mediante cálculo, división o multiplicación de toda clase de números. Y de nuevo, nada. Así, el ser humano recorre su tiempo, su vida, esperando; así también recorre las épocas de la humanidad, y sigue esperando. Ve que en su vida pasan muchas cosas: transformaciones, traslados, intervenciones de los padres, guerras y revoluciones, ve cómo el poder es socavado, ve cómo las carreras hacen subir y abruptamente bajar, casamientos y divorcios, nacimientos y muertes, alegrías y tristezas. Y todo eso sucede también dentro del ser humano. Y sigue esperando que quizás se presenten una o dos señales del final, y que quizás pueda decirse: esa era la cima, el punto culminante. Y pasan muchísimas cosas. ¿Pero puede decirse que era una cima? No se sabe. El trote diario sigue y de nuevo no es nada. Y así, el ser humano dice siempre de nuevo: ahora sí, ahora llega. Tantas cosas han pasado, tanta miseria, que debe de suceder ahora. Y de nuevo sigue todo igual, no pasa nada. Muchas cosas cambian, pero aquello que se espera, la respuesta de arriba, no llega. En este sentido sube Moisés al Sinaí. Esa ascensión de Moisés, la tiene cada persona dentro de sí. Sabe que algo de dentro ha ido a otro lugar en busca de noticias, y está en espera de la respuesta. También el mundo lo sabe. Moisés ha salido del mundo y el mundo está esperando las noticias de Moisés y siempre tiene la tendencia a decir: “Ahora sí, aquí está”. Pero una vez más viene la vida diaria, esa incomprensión, esas idioteces, y dices: “Puede que todo esté muy bien, pero puede también que todos estemos locos, o que yo esté volviéndome loco. ¿Qué hay de cierto y de qué se trata en definitiva?” También existen aquellos que pretenden estar ya allí, haberlo alcanzado. Pero también sufren desgracias, quizás son tontos y están cansados. Y se ve que tampoco es. Y a pesar de todo, se sigue pensando: Moisés volverá, la respuesta de arriba vendrá, ciertamente, con seguridad. Ha prometido volver al final de los días, de los tiempos, al final de esos 40 días. Esa subida es el gran milagro de la revelación: que Dios baje al Sinaí. Moisés sube diciendo: bajaré a este mundo la respuesta que Dios ha prometido. Me está llamando hacia arriba y me dice: Regresarás y le aportarás al ser humano aquello que espera, su estructura eterna, el árbol de la vida. Eso es lo que le aportarás, y entonces habrá vida, felicidad y gran gozo, con las medidas del ser humano y de Dios, y no será ninguna ilusión y ninguna tentación pasajera. Lo auténtico volverá a la tierra. Se había ausentado del ser humano, del mundo, pero se está esperando su regreso. Y ciertamente hay expectativas que parecen anunciar la meta. El momento de decir: ahora debe llegar de verdad, se acerca. Hemos adquirido tantos conocimientos y entendimientos, y llegamos a tales profundidades, que ahora es el momento idóneo. Ahora debe bajar del cielo. Ahora comienza una vida nueva para nosotros, y ahora será todo visible. Le veremos. Conocerán la historia: no pasa absolutamente nada. Se murmura, calcula, demuestra, se habla y se escribe. Pero nada. Surge entonces la gran necesidad dentro del ser humano y de la humanidad, de acercarse a Aarón y Jur, a esos dos que se han quedado, para contestar a todas las preguntas y necesidades del pueblo de Israel. Y se les pregunta: “¿No ha llegado ahora verdaderamente el momento? Hay muchas coincidencias. Fijaos solamente en lo que el mundo es capaz de hacer. Nunca antes se han visto semejantes inventos. Suceden cosas de las cuales nunca hubiéramos ni soñado que pudieran pasar. Ahora es el tiempo”. Pero Aarón y Jur también buscan, y no saben. Parece ser el momento y el final debe llegar. Pero de hecho no llega, y no se sabe por qué. Simplemente no ocurre nada. Y entonces dice Aarón: “Bien, traedme lo mejor que tengáis”. Piensa que la gente quizás no lo hará, que quizás sea algo más precavida. Pero el ser humano sacrifica todo, para forzar la respuesta de arriba, porque quiere tener un dios, quiere verle y que le acompañe. Pueden releer el relato en Éxodo 32.Quisiera poner énfasis en el hecho de que lo mismo sucede dentro de cada ser humano. Y, ante todo, hay que considerar el tiempo como algo absoluto, no puede decirse que en tal o en tal otra fecha sea el final de los tiempos. Cada momento –ahora mismo– es el final de los días. En cada momento –ahora mismo– todo ello sucede. Porque nunca hemos llegado más allá que el ahora mismo. Este momento es el último, y nadie sabe lo que vendrá. Y así viene el momento en que se quiere construir por sí mismo a ese Dios que no llega, a esa respuesta que no es dada. Con los resultados de las investigaciones y la ciencia, y de todo aquello que se llama sabiduría, se quiere construir a Dios. Y no se ahorra en dádivas. Se entrega todo lo que se tiene, para alcanzar la meta. Es la impaciencia de aquellos que no tienen fe. “Aquel que tiene fe, no tiene prisas”; pero lo contrario es cierto también: “Quien no tiene fe, tiene prisas”. ¡Fíjate en todo lo que hemos alcanzado! Ahora debe de llegar. ¡Qué posibilidades se están abriendo! Hoy en día tenemos un ordenador para todo, y no hay que tener miedo ya de nada. Todo está bajo control. Y por supuesto que no es todo: existen muchas más posibilidades y de verdad podemos decir: Ahora que tenemos todo eso, podemos construirlo. Toda la ciencia queda involucrada, y el mundo se sacrifica con grandes gestos. Y entonces sucede algo decisivo: Aparece un dios, aparece un poder delante del ser humano que es tan impresionante, que le da todo lo que quiere. El ser humano encuentra el paraíso en la tierra, como se suele llamar. Bienestar como nunca antes, el dominio de las enfermedades, etc. Se cree de verdad haberlo alcanzado. Lo que sigue es una enorme relajación de las costumbres. ¡Todo el mundo puede ver que lo hemos alcanzado! Todo con las mejores intenciones, y se dice honestamente: ¡Este es el dios que nos llevará al país prometido! Siempre habíamos esperado, sin comprender que lo teníamos que hacer nosotros mismos, que se nos estaba esperando, se estaba esperando nuestra sabiduría, nuestros conocimientos y nuestras capacidades. ¡Y fíjate, lo hemos conseguido! Por eso, ese dios se llama igul 70-3-30, círculo y también éguel (mismas letras hebreas), becerro. Se trata del becerro hecho de oro. El oro es el primer material que aparece aquí en la tierra. (Las siete manifestaciones de la materia son: oro, plata, hierro, mercurio, estaño, cobre y plomo). Como el primer fruto es el trigo, jitá 8-9-5 que está en el lugar de la luz, del comienzo de la vida aquí. Y de esta manifestación, de esta primerísima manifestación aquí, está hecho ese dios. Ese dios se hace a sí mismo, como el relato lo cuenta simple y llanamente: Aarón solo arroja todo el oro y todos los regalos al fuego, y ese “becerro” sale del fuego, todo terminado. Vive, funciona. No se trata de un becerro muerto. Sigue funcionando hoy en día. Si el ser humano actúa como está descrito, el mundo está a sus pies. El mundo entonces dice de verdad: Yo te reconozco, ¡oh hombre!, como soberano y rey. ¡Me has conquistado! Todo eso es un suceso de verano, del cuarto mes, y el punto más importante es que ese éguel de verdad da todo. Profetiza y hace aquí en la tierra lo que se esperaría que Dios hiciera. Se trata de un anti-Dios, podríamos decir, de un anti-Salvador. Hecho por el ser humano mismo, llamado a la existencia por su impaciencia, por su incapacidad de esperar. “Necesito tenerlo hoy, no me da la gana de esperar hasta mañana”. No tiene paciencia, ignorando que aquello que se llama existencia, vendrá de una dirección totalmente diferente. Quiere tenerlo ahora mismo, no esperar hasta mañana. Quiere que las cosas vayan adelante y está dispuesto a empujar, de ser necesario. Todo sucede sin malas maneras, todo lo contrario, de la forma más noble y distinguida. El ser humano tiene las mejores intenciones. Según la tradición, Jur 8-6-200 es el único que se niega a seguir y que repite sin cesar: “¡No es eso! ¡Deteneos, tenéis a satanás delante! ¡Habéis conjurado un grandísimo seductor, y grandes obstáculos! Lo que habéis hecho hará sucumbir al mundo. No podéis inventaros la perfección aquí. No es posible. Si decís que todo está predeterminado en el tiempo, no es verdad. Y si decís que todo es por la libre voluntad, tampoco es verdad. Todo es muy diferente. Hemos abandonado la casa paterna y aquí en el exilio, vemos solo la mitad. La otra mitad está allí”. Según la tradición, ese Jur es asesinado. En general, damos poca importancia al sacrificio de Jur. “Bueno, han pasado tantas cosas, y ese Jur simplemente, ha tenido mala suerte. Si no hubiera abierto su boca, nada hubiera sucedido”. Pero Jur es aquello en el ser humano, siempre y cuando sea amado, seguirá diciendo: ¡No puede, ni debe ser! ¡Lo que sucede aquí no es bueno! Pero Jur es asesinado. El ser humano no soporta que sea solo ilusión todo lo que emprende. Debe ser auténtico: el estado del bienestar, el dominio de las enfermedades, la locura no existe, la muerte tampoco. Hay que admitir que en el mundo todo va de mil maravillas y que seguimos avanzando hacia nuevas y mejores metas. Hasta el punto en que digamos: ahora lo hemos alcanzado. En este punto, cuando el mundo dice que lo hemos alcanzado, cuando la curva sube en línea recta hacia arriba, en el otro lado también sucede algo. Moisés baja con las tablas. Viene con el ser humano nuevo, con el árbol de la vida. Sí, se puede comprender muy bien. Y sucede lo mismo que en el jardín Edén, donde el árbol del conocimiento y el árbol de la vida están frente a frente y uno al lado de otro. Si allí abajo en el mundo se toma del árbol del conocimiento, el árbol de la vida baja. Y a mitad de camino está Yeh’shúa, esperando a Moisés, para seguir con él. Porque Yeh’shúa no participa en el caos del mundo, él no vive allí, más bien espera pacientemente la llegada del hombre nuevo. Sabe que vendrá. Moisés está pues bajando y le alcanza –podemos imaginárnoslo vivamente– ese enorme alboroto, ese bullicio sin contenido. No se trata de la alegría del vencedor ni tampoco de la tristeza del perdedor, es simplemente estruendo, locura, ruido demoníaco. Demonios, shedim, shed 300-4, (demonio en hebreo) son todos aquellos seres que no pueden concretarse en la realidad aquí. En esta tierra pueden aparecer como mucho, como una especie de pompas de jabón, para desaparecer seguidamente. No pueden conseguir un cuerpo. Su proceso de creación no está terminado, quedan suspendidos en algún lugar. Aunque parecen ser algo, y el mundo está lleno de ellos, pero es solo un estruendo sin sentido. Y se dice: “No puedo salir, estoy en medio del sistema, no hay escapatoria, debo participar”. Al escuchar ese ruido y al producirse ese encuentro, es decir, cuando Moisés ve ese becerro desde lejos, ese mundo en el que se está persuadido de que todo es perfecto, cuando ve a los seres humanos con rostros lisos y doctos, caminando con dignidad, pretendiendo saberlo todo con total perfección, queda en evidencia que ya no se trata de un mundo confuso. Se trata de un mundo en el que todos están convencidos de que todo está muy bien. El mundo ha llegado a superarse y se ha hecho tan radical que existe una gran conformidad. Y el acuerdo consiste en afirmar: ¡Lo hacemos nosotros mismos! ¡Tonterías y pamplinas eso de querer ser especial! ¡El mundo está en nuestras manos! Y sucede lo mismo que en la creación: las tablas se rompen. Se le arrancan de las manos a Moisés, por así decir. Comienzan a tener vida propia y se rompen en mil pedazos. La unidad no puede existir en el ser humano, que ha encontrado el círculo, lo redondo. Seres humanos que dicen: “He calculado todo, y todo es perfecto. Tengo aquí un libro sobre teología y, véalo usted mismo, coincide. Así es”. Se demuestra todo. Se citan versículos: “Así es, fíjese usted mismo. Y no haga caso a los demás versículos, porque entonces sufrirá el destino de Jur, le tocará a usted también. Lo que yo diga, hay que creerlo, así será fácil. Los demás versículos no se citan”. Persuadido que de esta forma todo coincide. Se sabe con exactitud. Y todo llega como está previsto que llegue. La cara más lisa aún. Más seguridad. Con mucho aplauso, porque de verdad todo va muy bien. Pero estos dos mundos no pueden convivir. Si el ser humano es así, se rompe en su interior la unidad, ese ser único, que justo entonces hubiera podido restaurarse. Se convierte realmente en ese juguete roto, fracturado, que conocemos hoy: neurótico, loco, satánico. La unidad del ser humano se ha roto. Y ese ser humano único ha dejado de existir, se ha perdido. Ese es el suceso del 17 de Tamuz. Pero sucede también otra cosa: El 17 de Tamuz, Nóaj envía por primera vez a la paloma, yoná. Sabrán que no encuentra nada en su primer vuelo, ningún lugar para posarse. De la misma manera vienen las primeras tablas y no encuentran lugar en este mundo. Conocerán el relato de Jonás, que aquí es la paloma, que es enviada y vuelve. Pero la paloma es realmente aquello que se envía desde el arca, la tevá en hebreo, la palabra, para traer noticias si este mundo es un buen lugar para que la palabra germine. Que todo aquello que está contenido en la palabra pueda exteriorizarse. Toda la vida está contenida en el arca, representada por las cuatro parejas: Nóaj, Shem, Jam y Yafet con sus mujeres, junto con todo lo demás que existe en la creación de animales, etc. Los dos lados están, masculino y femenino, este lado y el otro. Y todo está esperando convertirse en carne, poder mostrarse en este mundo. Y la primera vez que la paloma es enviada –la paloma es aquello que siempre vuelve- vuelve sin nada. A Jonás le sucede lo mismo, también él es enviado y en contra de su voluntad, debe regresar para anunciar la palabra de Dios en Nínive. La segunda vez la paloma vuelve con una ramita del olivo. Y esa ramita cuenta: ahora sé para qué existe el mundo. Es lo amargo. Ese sexto día será amargo. El séptimo día la aceituna se prensa, y el octavo día es aceite para la unción del rey y del gran sacerdote. La paloma lleva la ramita de ese olivo que ya existe en la tierra. Y entonces se dicen las palabras siguientes: “Conozco ese sabor amargo”. Lo dice la paloma, la yoná, y también el profeta Yoná 10-6-50-5, Jonás, que luego se traslada a Nínive. La tercera vez, la paloma se queda en tierra, como sabrán. Entonces todo está terminado. Entonces la palabra que se ha abierto, puede de verdad entrar en el mundo, es decir, en el ser humano, para quedarse. Pero el 17 de Tamuz, la paloma coge el vuelo y cuando vuelve, vuelve sin nada. Debe volver con la noticia de que aún no hay nada. Todo sigue cubierto por el agua, por el tiempo. Los seres humanos están ahogándose en el tiempo, tienen tanto, que ya no tienen. Están completamente locos. Aún no hay nada. No puedo reposar en este mundo, voy a volver. “Y no halló la paloma lugar de reposo, manóaj 40-50-6-8, y volvió al arca” (Génesis 8,9). En esta palabra manóaj, lugar de reposo, está contenida la palabra Nóaj 50-8, Noé. Designa un lugar donde poder reposar, que aún no existe. Es idéntico al suceso del 17 de Tamuz, el momento en que las tablas se rompen. La paloma vuelve sin nada, porque el mundo sigue cubierto de agua. Los seres humanos están enterrados bajo grandes cantidades de tiempo, grandes avalanchas de eventos, es imposible sacar la cabeza. Es el ahogamiento en el tiempo, en el mabul 40-2-6-30, el diluvio. La confusión babel 2-2-30 es total. No hay ningún interés para nada más, tampoco se busca nada más. Existe un único objetivo: trabajar para ese igul, para ese círculo, esa redondez. Y aún hay otro evento el 17 de Tamuz: Yerushalaim, el lugar llamado Yerushalaim, es conquistado. Shalem significa, sano, santo, entero, y con la terminación aim nos indica que se trata de dos lugares, aquí y allá, dos. Un lugar solo no existe. Yerushalaim existe en un lugar doble. Están los dos lados. Existe un solo Yerushalaim, aquí y allá, en el mismo lugar. No hay separación entre el aquí y el allá. De la misma forma que tus dos ojos constituyen una unidad. No es que un ojo esté aquí y el otro en el cielo. Es una unidad. Significa que es doble, el lugar donde Dios y también el mundo habitan. Y ese lugar donde Dios habita, donde se encuentra lo extraordinario, que está en el cuarto cielo, ese lugar dentro del ser humano, es conquistado por la multitud, como se cuenta. La traducción dice que “los pueblos” han conquistado ese lugar, eso significa que la multiplicidad entra y elimina al Uno. También las tablas se rompen en múltiples pedazos. Viene una gran multitud, y nadie sabe ya con certeza qué pueblos existen, donde están, quiénes son y cómo son. Cuando Jerusalén es ocupado por la multitud, existe grandísimo peligro para el bet ha-mikdash, el Santuario, la Casa de Dios que es invisible, podríamos decir, y a pesar de todo, está en el centro. Está siempre presente, pero puede perderse. Pero puede quedar devastada, hacerse invisible de forma que solo siga existiendo en la memoria. Pero también, puede seguir existiendo de verdad. Se quiere tener a ese dios que se ha fabricado y se sigue diciendo: nos llevará al país prometido. Es decir, se sigue buscando ese país prometido. Solo falta la paciencia, se sigue buscando y por ello, ese bet ha-mikdash, ese santuario, puede que siga existiendo. Pero se acerca el peligro, porque en la ciudad, en el mundo donde se ubica ese lugar, ha entrado la multitud. Cualquier cosa que suceda, puede destruir también a ese lugar. Ese es el momento del 17 de Tamuz. Es el momento de la conquista de Yerushalaim. Deberían ustedes considerar los eventos de la historia, como la expresión en el tiempo de algo esencial. La “historia” sucede de forma continuada, y por supuesto, ha sucedido también alguna vez en el tiempo: lo esencial siempre coincide con el tiempo. Es así también dentro del ser humano. Cuando sucede lo que acabo de describir, el Yerushalaim de dentro es ocupado por los pueblos, por la multitud. Reina la multitud, la masa. Se mide con la medida de la masa, con el éxito del mundo. Esa es la toma de la ciudad. Y al mismo tiempo, es la rotura de las tablas. Moisés, que ha bajado esas tablas, las rompe y las tira al agua, al tiempo. Y de esa agua bebe el ser humano. Bebe cada pequeño trocito: y así se crea el mundo con su grandísima multitud. Viene ahora un mundo nuevo, roto. Y lo lógico sería que ahora se produjera el hundimiento total. Pero vemos lo que cuenta la Torá y cómo se expresa en el calendario: en ese momento, en ese 17 de Tamuz, Moisés sube de nuevo al Sinaí. Va por segunda vez, como la paloma que es enviada por segunda vez. Y en esa segunda vez –de nuevo 40 días, de nuevo una eternidad– dicho con nuestras palabras, ruega a Dios el perdón para el ser humano. El hombre es así. Es malo, es “normal” que caiga, que peque. Y nadie puede distanciarse diciendo que todo lo que sucede está muy bien, aunque haya pecado. Nunca puede decirse semejante cosa, en el momento en que ocurre. Nunca debemos dar por bueno algo que está en conflicto con la dignidad humana, con el reconocimiento de Dios, diciendo: seguramente saldrá algo bueno. No es tu asunto. Si debe salir algo bueno, saldrá, sin importar lo que tú opines, o que hayas o no, colaborado. Tú, aquí, tienes que hacer una sola cosa: De la misma forma que tu cuerpo al tomar el alimento diferencia entre lo bueno y lo malo, eliminando lo que no debe ser parte del cuerpo y preservando lo bueno, de esta misma forma tú, como ser humano, debes diferenciar entre el bien y el mal. De no ser así, te perderás. Imagínate que tu cuerpo diga: “Toda esa diferenciación no importa en absoluto. Comeré hoy gusanos, ranas y ratones y mucho más que me apetece, toda clase de productos químicos, porque no importa lo que entra en la boca”. Tendrías un rápido final. Para el cuerpo pues, es muy importante que diferencies. No es necesario que sigamos con otros ejemplos. Solo quiero decir lo siguiente: el ser humano conoce la diferencia entre el bien y el mal. Diferenciar es su tarea aquí, y así es su esencia. En su encuentro con las cosas, las santifica y las salva tomando el bien, pero debe rechazar el mal: “No es nada para mí. Lo que sucederá con ello, es otro asunto. Recorrerá su camino, pero no es para mí”. Así, en los segundos 40 días sucede la conversación con Dios sobre el ser humano. Sucede también dentro de cada ser humano. El Moisés propio de cada uno habla con Dios, y entonces dice: “¿Por qué lo he hecho? ¿Para qué? ¿Cuál era el sentido? No está bien y no volverá a suceder. Quiero despertarme y comprender el sentido del mal”. Esa conversación dura los 40 días completos. Y después de esos segundos 40 días, sube una tercera vez. Como he contado ya, sube el 1 de Elul y baja el 10 de Tishri –el día de Yom Kipur– y con él las tablas. Ese primer día del mes de Elul, cuando sube, es un jueves y el 10 de Tishri, cuando baja, es un lunes. Por esa razón existe la costumbre de las oraciones especiales los lunes y los jueves. Ese conocimiento se ha conservado durante miles de años. Y la tercera vez, Dios deja que la palabra permanezca y germine en la tierra. Se abre la tevá, la palabra, y todo sale al exterior. Todo recibe una existencia en esta tierra, y un sentido. Lo mismo sucede en el tercer vuelo de la paloma. Las tablas pues, se quedan aquí. Comprenderán ahora cuán grande es la importancia del ser humano. Juega un papel decisivo. No puede decir: “Me están empujando las leyes astrológicas, todo viene como tiene que venir”. No. Lo muy especial, extraordinario y espectacular del ser humano es que se espera de él que haga cosas aquí, que haga la diferenciación, y que no adore ningún “becerro”. Se espera de él, aunque haya participado en ese éguel, que también sea esa otra cosa. Que dialogue con Dios: ¿Por qué ha sucedido? ¿Cómo ha sucedido? De la misma forma que también Adán toma del árbol del conocimiento, y como consecuencia entra en conversación con Dios. ¿Cómo he podido hacerlo? ¿Cuáles han sido las causas? ¿En qué me he equivocado? Ver texto completo en siguiente link: https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2022/05/28/estudios-de-tora-18/ Elaborado por David Saportas davidsaportasl@yahoo.com

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