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Las Alegrías de Job, Una interpretación del libro de Job… Tercera Parte

· 2 h 27 min

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Sobre este episodio

La impaciencia lleva al becerro de oro. Las Tablas se rompen en pedazos. Los colores del norte y el camino en el blanco. Debemos acercarnos a la noción de la que hemos hablado ya, también porque Job llega a sus alegrías por ella. Parece que Dios solo habla con Job después de presentar sus muchas reflexiones, hacer preguntas y formular exigencias, y después de expresar su insatisfacción con el destino. No se contenta con la situación para nada. Quien se detiene ante aquello que cree haber reconocido pensando saber lo que es, es similar a un pozo de agua estancada, a una charca que huele mal. Son los sabelotodo que explican todo y saben exactamente como es. Pero el agua corre, el tiempo fluye, el río bíblico corre y el paisaje cambia. Siempre vemos cosas nuevas y de nuevo reconocemos las circunstancias de la vida. Llenos de asombro preguntamos por qué será así. Algunas veces el río pasa por un barranco profundo, oscuro, algunas veces estamos ante grandes remolinos, una cascada, pero siguiendo y siguiendo siempre. Así es la vida de toda persona. Experimenta un camino como Job y realmente ese camino lleva a grandes alegrías y satisfacciones, como el relato lo demuestra. Y comprende que haber seguido el trazado de su anhelo, era lo único y lo correcto que da sentido a la vida. Mientras que el pensamiento muestra siempre una alternativa. Debe concordar en sentido lógico y causal. Así se cuentan muchas historias de Satanás y de sus pensamientos. Quisiera recordarles una historia aquí –la he contado ya en mi libro La Biblia, divino Proyecto del Mundo, aunque hoy quisiera relatarla con más detalle–. La historia trata de la revelación de la palabra en el monte Sinaí. El nombre Sinaí significa también “forma” y “luna”, y se refiere a este nuestro mundo. Y aquel que trae la revelación al ser humano, según la Biblia, es un hombre llamado Moisés. La Biblia misma explica este nombre como “aquel sacado del agua”. Debemos verlo como una imagen soñada cuyo significado es: Sacado del tiempo y el espacio, ya no está prisionero en el tiempo y el espacio, ya no está condicionado por el tiempo y el espacio. Liberado de lo condicionado, puede moverse hacia todas las direcciones sin moverse de hecho. Está aquí y allá, en todo lugar. Y es Moisés dentro del ser humano quien le libera de la esclavitud del tiempo y el espacio, porque es sacado del agua, mientras que todos los demás niños se ahogan en el agua, es decir, perecen en el tiempo y se pierden en el espacio. Solo aquel, dentro de cada ser humano, que es sacado del agua, sabe lo que es ser salvado, lo que significa ser libre. Este Moisés –es decir Moisés en cada persona– recibe la palabra, la revelación. Y al recibirla, está al mismo tiempo en el cielo. Porque aquel que le revela al ser humano la palabra, está en el más allá. Según la Biblia, está cuarenta días y noches con Dios en el cielo. Cuarenta es una noción soñada, más aún: es una visión, muy claramente del más allá del ser humano, es la expresión en el absoluto de aquello que sentimos aquí como tiempo. Porque los números en la Biblia son valores absolutos, son pues diferentes de lo que son aquí. La noción cuarenta habla del estar-en-el-tiempo y significa “todo el tiempo”. Por este motivo, la Biblia habla siempre de cuarenta días o de cuarenta años, es decir del tiempo, corto o largo, toda una vida, todo un mundo, toda una existencia como sea que se delimite; y ese todo se muestra en el tiempo. Y ahora, el ser humano en el tiempo espera el regreso de aquel que le ha dado esta revelación. En un relato antiguo se cuenta que el ser humano se impacienta, porque el tiempo dura. Es el preciso momento en el que acude Satanás y comienza a calcular con él. Puedo demostrarte, dice, que no volverá, porque es imposible que nada del más allá aparezcan aquí. Está allí y se queda allí. Vosotros debéis consolidar ahora algo en este mundo, algo que os lleve a la libertad, que os marque el camino hacia la liberación de toda opresión. Vosotros mismos lo veis: lo del más allá está en el más allá, pero nosotros estamos aquí. Estamos aquí, dice Satanás, comenzad a pensar, a construir, a hacer un plan, convertidlo en la tarea de vuestra vida, esforzaos y cumplidlo, así llegaréis a la libertad. Y convence al ser humano. No se trata de ningún ser peliagudo que nos está forzando, somos nosotros mismos los que nos hablamos así, de esta disposición: ¡hay que hacer algo! Es verdad que existe esta hermosa revelación, pero viene del más allá. Aquí, ¿qué hay que hacer? Debemos actuar. Para convencer al ser humano, hay que actuar. Se forman grupos, se organizan conferencias, se escriben libros o se hace política. Así comienza el proceso. Y de hecho ese hombre Moisés, es decir aquel que es liberado de tiempo y espacio, no es visible aquí, está en el más allá. Y la pregunta es: ¿dónde estoy yo en el más allá? ¿Dónde está mi yo en el más allá? Pero afirmamos que la nada ni existe, hay que actuar aquí. En otras palabras, huimos de nuestro propio yo y quisiéramos ir a la salvación con aquello que nos imaginamos que somos. Así las cosas, el ser humano se dirige a aquel que conduce el camino –también en el ser humano mismo– al sacerdote Aarón. Queremos ir a la libertad. Ese hombre Moisés que puede liberarnos de tiempo y espacio, está en el más allá, es una alucinación. Porque estamos condicionados por las cosas de aquí. Y Aarón dice: Dad lo mejor de vosotros mismos. En la imagen soñada, se expresa en “joyas”, regalad el oro y la plata y aquello llamado nesem 50-7-40, arillos (para la nariz), es decir allí donde respiramos, donde inhalamos el soplo de Dios, está el arillo, el circulo. Todo lo que es adorno, lo más hermoso, lo redondo, lo entregamos. Y cuando está purificado aparece un becerro joven, de oro. La palabra hebrea usada allí es éguel, escrita igual que igul, que significa “círculo”. La interpretación de esa imagen soñada del becerro de oro es la siguiente: un círculo, tus pensamientos concuerdan, son redondos como el círculo. El comienzo y el final se tocan, el asunto es correcto, plausible. Como lo dice también el arillo de la nariz: es el recorrido de la respiración que viene de Dios. Es una imagen que concuerda; y la tradición cuenta que ese becerro logra grandes milagros. Mediante el pensamiento se logran grandes cosas y el ser humano siente que es eso lo que nos llevará al país prometido. Ese es tu dios, el otro está en el más allá y no sirve para nada. Y en el momento en que todo concuerda, vuelve Moisés con Josué. Son recibidos por grandes estruendos en el campamento. Un sonoro griterío en el campamento, allí donde el ser humano reposa. Y se preguntan qué tipo de ruido es; no es eco de algazara de fuertes, ni eco de alaridos de flacos, algazara de canto, oigo yo (Éxodo 3,18). Es un estruendo sin razón, sin sentido. Porque el sentido de la vida, lo da únicamente la relación con el más allá, con la nada, con el yo. Lo que Moisés recibe en el más allá, es la imagen completa del ser humano, la imagen de aquí y de allá. Si los dos lados tienen relación, es feliz. Nosotros creemos que el cuerpo puede ser dirigido por nuestra voluntad; pero la dirección, está escrito, sucede desde el lado que vive con Dios. Y Moisés entrega esta imagen perfecta del ser humano. Las Tablas que se expresan en forma de corazón: este lado y el otro. Los dos lados forman la unidad. La liberación de tiempo y espacio tiene sentido, el ser humano está en casa, está unido con su Yo. Pero las tablas se rompen en multitud de pedazos, la unidad del ser humano queda hecho trizas, porque cree poder construir esta unidad desde aquí. Lo que se cuenta no es una advertencia del tipo: ¡no hagáis lo que en su día han hecho aquellos! Se cuenta como experiencia en el más allá y significa: En tu camino te encontrarás con Satanás, formarás el círculo, todo concordará; pero cuidado, tú te perderás en ello. Igual que Job, que tiene que contemplar cómo Satanás destruye todo lo suyo: ¿No cree que todo lo suyo está aquí, de este lado, y está contento y feliz con ello? Es cierto, el círculo cierra, es un hombre rico, piadoso y bueno y además cree poder andar así hacia la salvación. Eso no, dice Dios, pero yo amo a aquel que vive en el país de Uts, del tiempo, le amo mucho. En principio no le hagas daño, pero muéstrale el mundo, toda la creación. Lo que es idéntico a la rotura de las tablas en el Sinaí. Es un estrellarse en cuatro fases, igual que Job. Toda la vida de Job se rompe en cuatro fases. Ese disgregarse es una experiencia del ser humano en su pensamiento. Y seguidamente en su realidad material. Significa que si el ser humano ha pensado con todo detalle, completamente, llega a esta gran comprensión que dice: desnudo salí del vientre de mi madre, y desnudo tornaré allá, (1,21). De las ganancias terrenales, de las posesiones aquí, nada queda, solo los pobres llegan al cielo. El rico –rico en experiencias, en conocimientos, en inteligencia– no cuenta nada allí. Allí estaré solo, desnudo. Es por su pensamiento por lo que llega a este punto, por las muchas experiencias que le ponen ante la pregunta: ¿De dónde viene todo eso? ¿Qué es en realidad? Aunque no pueda encontrar ni las raíces ni las conexiones. Ahora que su pensamiento le lleva más allá, al punto de morir, Satanás se anuncia por segunda vez y le ataca en su ser. Cuando creemos ser liberados de la esclavitud de la causalidad, de la estancia aquí, cuando esperamos quedar absorbidos en el mar del Ser, viene ahora la tormenta en el Ser. El camino del ser humano se expresa también en el espectro de colores. La luz se divide en gran variedad de colores. Estos colores también representan al camino de toda persona. También Noé reconoce el mundo nuevo en el arco iris después del diluvio. Es la estancia aquí con variaciones y diferentes fases. Comienzas con el rojo como Adam –de la palabra hebrea adom, rojo– aunque no olvidemos que Adam significa también yo soy semejante. ¿Semejante a quién? A Dios, porque me crea en su semejanza. (Génesis 1,27). Yo me asemejo a Dios, soy rojo aquí, lo que significa que comienzo un camino. Los colores me muestran el camino: desde el rojo al naranja, amarillo, verde, azul, índigo, rojo púrpura. Todo el camino en la alternativa. Pensando, calculando, se conocen las frecuencias de los diferentes colores. Cuando el final se acerca, bíblicamente, reina el rojo púrpura. Desde el azul, pasando por el índigo llegas al rojo púrpura. El índigo y el rojo púrpura son los colores del rey y del gran sacerdote. Ahora pasas al más allá. Allí ya no hay colores. Este camino a través de los colores, es llamado el camino en el lado del norte. Porque los colores representan los campamentos de Israel en el desierto (Números 2). El rojo en el norte, el amarillo en oriente, el azul en occidente y desde allí, el viraje de nuevo hacia el norte. Significa que los colores solo existen en la mitad norte. El camino del ser humano es el camino del norte. Allí donde el ser humano comienza a quedar atrapado por el cuerpo, se forja el exilio. Y el exilio viene del norte, como lo anuncia Jeremías: Del norte se soltará el mal sobre todos los moradores de la tierra, (Jeremías. 1,14). El peligro del norte es el frío, el hielo que entumece. El cuerpo se entumece, queda limitado. Pero es un camino maravilloso lleno de colores, es un regalo de Dios para el ser humano. También todo pensamiento comienza en el rojo y termina en el índigo, gira en círculo, no puede nunca traspasar. ¿Traspasar a dónde? A lo otro. ¿Y qué es lo otro? Bíblicamente, en el desierto, es el lugar del campamento del sur. Allí los colores no están en sucesión, uno detrás o al lado de otro. El sur contiene todos los colores en uno, que es el blanco. Si cogemos un disco con todos los colores del espectro en orden sucesivo y lo giramos con rapidez, aparece el blanco. La mezcla de los colores muestra el blanco, el ser puro, ya no hay solo alternativa. Y a pesar de todo se dice que tan solo ese es el camino, el camino hacia el más allá. Allí comienza Satanás a molestarte en tu ser; allí, donde has quedado liberado ya de la esclavitud de Egipto, de esa esclavitud colorida, y llegas al camino del desierto, al blanco. Allí se pone constantemente en tu camino: necesitas agua, el maná no satisface, los espías dicen que el país prometido es insoportable y tú quieres regresar al país de los colores. En el camino blanco –el Ser– Satanás te tortura más profundamente. No se trata ya solo del pensamiento causal, sino también del pensamiento, por así decir, místico. Porque en el blanco, donde tu pensamiento está limpio de los colores, de la alternativa, aún no está la meta. Por ello, el que habla en primer lugar con Job es llamado Elifas, lo que significa: mi Dios es oro, fuerza, poder, luz. Y Elifas es de Temán, del sur, del blanco. Él abre las conversaciones diciendo: Allí en los colores, todo debe concordar. ¿Cómo era eso de que en tu vida no has hecho nada mal? ¿No es como el juicio divino? Esa corte no se reúne, como siempre pensamos, después de la muerte, sino continuadamente, porque el día de ayer, el de anteayer y el año pasado, han muerto ya. Significa que reconsideras tu pasado, con tus sentimientos de culpa o de tener-la-razón, o de haber sido tratado injustamente. Así comienza la conversación en el ser humano. Tu blanco te pregunta: ¿qué has hecho? ¿Qué te han hecho? Mientras que tú te quejas como Job: ¿Qué me ha sucedido? ¿Y por qué? Lo he querido para bien, no era posible de otra manera. ¿Quién me ha creado? ¿Acaso he pedido que lo haga? Maldito el día de mi creación. ¿Acaso he querido el mundo así, con estas circunstancias, personas, animales y lugares? Y ahora, además, se me atormenta, se me tortura, ¿qué se quiere de mí? El nombre del segundo amigo, Bildad de Shuaj, significa hundimiento, profundidad, el sepulcro. En otras palabras, las profundidades desagradables en las que desaparecemos. En la conversación con él surge todo aquello que teníamos y que ya no está. ¿Dónde estará? Agresión y sentimientos de culpa. Todo el camino del desierto es esta controversia: ¿Qué se quiere de mí? No he pedido nacer aquí. El nombre del tercer amigo, Zofar, significa el velloso, desagradable; pero su origen se encuentra en Naamán, un mundo que según su nombre es bonito y amable. Una contradicción, como si quisiera decir: ¡No quisiera ser así! ¡Se me ha hecho así, pero no soy yo! Con Zofar las conversaciones “pensadas” siguen. Significa que el pensamiento no termina en el mundo de los colores, sigue en el mundo del blanco, llevando a un punto de desesperación. Allí una cuarta figura en ti se despierta: Elihú, “Él es mi Dios”, hijo de Barakel, que significa “bendito por Dios”, de Busí. Esta palabra tiene la raíz en bus, avergonzar, difamar. Curioso: aquel que encontramos como cuarto amigo dentro de nosotros, tiene sus orígenes en las difamaciones y las afrentas. Tengamos cuidado de no vernos como unilaterales, lineales, hay muchas cosas que no comprendemos y que debemos llegar a aclarar en el camino. Lleno de asombro, el ser humano vive ahora el acercamiento de aquello que no es ni color ni blanco, más bien negro profundo, el abismo, fundamento primordial, la nada. Todo aquello que pensábamos que tenía un sentido, desaparece súbitamente, se funde en la nada. Estamos ante un paso decisivo. De la misma manera que la liberación de la esclavitud en tiempo y espacio era un paso, viene ahora la liberación del camino, también en un paso. Quien ha andado el camino a través de los siete cielos, los siete por siete palacios, quien ha pasado por las 49 puertas, está delante de la quincuagésima. Moisés lleva al ser humano con la revelación de la palabra a través de las 49 puertas, los 49 palacios. Allí nos encontramos con aquel que nos llevará al futuro: Yeh’shúa o Jesús, quien nos lleva al lugar quincuagésimo, al negro. Lo pasado es la esclavitud en tiempo y espacio, el presente es el camino y lo venidero es esa oscuridad o el futuro claro, desconocido. Temor y alegría. ¿Qué es el paso a un futuro, donde el futuro no es únicamente futuro, es decir venidero, sino, presente? Aureola del negro. El nudo como discontinuidad de la línea recta. Alejandro corta el nudo Gordiano. Cambio en la confusión. Queremos ocuparnos ahora del paso desde el blanco al negro. Lo negro es todo aquello que no podemos comprender. Job y sus amigos –es decir, también Job consigo mismo– buscan la respuesta a la pregunta relativa a las conexiones. Pero no encuentran una relación que satisfaga. Por ejemplo, la relación entre recompensa y castigo no concuerda, porque se sabe desde siempre, que a los buenos no siempre les va bien y a los malos, no siempre mal; parece existir una especie de arbitrariedad. Porque ocurre muchas veces que a los malos los va bien y a los buenos, mal. Siempre estamos delante de ese abismo inexplicable, ese negro. En el negro nos falta la luz, igual que la oscuridad de la noche asusta. Está dicho que si tienes miedo en la oscuridad, tienes miedo también de tus raíces, de tu Yo. No puedes conciliar el sueño porque tu yo te llama, y no te deja en paz. Dentro del mundo múltiple en que vivimos, somos incapaces de reconocer ninguna conexión. Sentimos que seguramente habrá algún sentido, pero siempre estamos en la frontera, frente al abismo negro. Significa que no vemos, estamos ciegos, no tenemos la vista necesaria para que llegue a cruzar el puente. Solo vemos el momento, no lo que era antes ni lo que será después. Y también el momento, solo en el lugar donde estamos. Todo lo demás es negro, oscuro para nosotros. Lo que nos alegra, la luz, de alguna manera no parece tener raíces. Dios mismo dice, por boca del profeta Isaías, que formo la luz y crío las tinieblas, (Isaías 45,7). Significa que la luz se extrae de la oscuridad. Quizás de este motivo viene nuestro temor ante ese más allá que nos es inexplicable. La tradición cuenta, que ese negro es una especie de atributo del ser humano. En Éxodo 13,9 y Deuteronomio 6,8, la Las Alegrías de Job, Una interpretación del libro de Job… Tercera Parte. Por Fiedrich Weinreb. Ver texto xompleto en mi blog https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2022/05/31/estudios-de-tora-23/ Biblia habla de un nudo y de los totafot entre los ojos (filacterias). Son cintas ennegrecidas, hechas de la piel de un toro o buey. Las cintas, cortadas de esa piel van alrededor de la cabeza, y en el lugar donde se supone el tercer ojo, llevan una casita negra, con palabras y comunicaciones. En esta comunicación queda dicho que tú, ser humano, llevas un nudo en tu mano izquierda. Significa que lo que haces, solo puedes seguirlo hasta el nudo, es decir, tu vista causal llega hasta el nudo. Más allá del nudo, la cinta sigue; el nudo sin embargo causa una ruptura inextricable de la continuidad. La cinta alrededor de la cabeza llega a la nuca, donde lleva otro nudo inextricable. Ver texto completo en mi blog https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2022/05/31/estudios-de-tora-23/ Elaborado por David Saportas davidsaportasl@yahoo.com

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