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¿Quién y Qué es el Ser Humano?

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¿Quién y Qué es el Ser Humano? Basándonos en investigaciones serias podríamos decir que es un mamífero muy evolucionado, el resultado de una selección de millones de años. Que su evolución, su lucha por la supervivencia, por mutaciones caprichosas, se ha dirigido por casualidad en cierta dirección. Y esa respuesta ni siquiera sería equivocada. El objeto de la investigación, es decir la aparición del ser humano, deja intuirla. Porque también en su intelecto, fantasía, moralidad y ética puede verse un largo proceso de evolución. También sus ideas religiosas pueden catalogarse como resultado de aquel desarrollo. También en esa área puede verse una evolución desde lo ingenioso y primitivo hasta la diferenciación y la sutilidad. No sería honesto −con toda la crítica que pueda hacerse en cuanto a conclusiones precipitadas o lagunas en el material de investigación− no sería honesto no tomar en consideración los resultados de muchos estudios serios. Es cierto que los fósiles no hablan y que no nos comunican sus vivencias y pensamientos. Tampoco tenemos pruebas habladas o escritas sobre sus motivaciones. A pesar de todo no nos cerramos ante los principios de la investigación científica Ahora bien, al lado de estos testigos materiales de un pasado muy remoto, prácticamente imposible de investigar, también hay otros. Hablan de un mundo curioso, extraño, de un mundo de intensa vida humana, pero no dicen nada de unos antepasados primitivos o incluso de antepasados-animales. En todos los pueblos, en todas las culturas nos encontramos con los mismos testimonios: Dioses, gigantes, enanos; animales gigantescos que tienen trato y hablan con los seres humanos; hay risas y sufrimientos, sabiduría y necedad, amor y odio. En todas partes del mundo –lo repito– nos encontramos con recuerdos de tiempos placenteros, de buena vida. Y todos esos relatos muestran un mismo patrón. Estas historias evidencian una distancia prácticamente imposible de salvar con lo encontrado por los científicos, en cuanto al origen del mundo y de la vida en este mundo. Estas historias no gustan a la ciencia, es más, piensan que son indignas. En todo caso son cuentos, leyendas, dichos. ¡Descuarticémoslos! ¿No están, como los fósiles, muertos y petrificados? Vamos a analizarlos en cuanto a gramática y estilo; vamos a clasificarlos en edades y orígenes. ¡Ya saldrá la vida de todos ellos! Porque finalmente no se hace otra cosa en la anatomía y la biología. ¿Qué quiere decir “vida”, o “sentimientos”? Lo que es digno de investigar es el contenido en grasa, la pertenencia a un grupo social y los intereses políticos. ¿Qué quiere que hagamos con la historia de la vida de un ser cogido en las garras de un instituto de investigación? El ser humano está tan atrapado en esta mentalidad que ya no es capaz de contar su propia historia. Ni sabe que tiene una historia de vida. ¿Quién puede sorprenderse aún? Los contrastes son demasiado acusados. De un lado el estudio de todo lo visible, de otro lado todo un arsenal de historias provenientes de un remoto pasado, cuentos de seres humanos y dioses, de una luz visible. Es verdad, una realidad debe aniquilar a la otra. La mitología de todos los pueblos y de todas las lenguas, sabe de un paraíso perdido, de la desaparición de mundos, de grandes catástrofes, de grandes reyes; habla de sabios y de hechiceros, de milagros que traspasaron el tiempo y el espacio, de dioses que bajaron de otros mundos y que volvieron a subir. ¡Qué cantidad de posibilidades, capaces de superar a todas nuestras fantasías y sueños! La palabra tiene una fuerza diferente; el gesto es esencial, y acciones que hoy parecen de poca importancia, son reconocidas en todo su significado. ¿Por qué, si no, cuentan todos los mitos de sacrificios, de rituales estrictamente observados? ¿Por qué nos hablan de nombres con grandes significados y de composiciones de palabras? ¿Por qué se da tanta importancia a la imagen? ¿Y por qué nos asustan estas imágenes por su contenido extraño, a veces repulsivo? ¿Qué significan las máscaras, a veces con muecas espantosas? Animales y plantas llenaban aquellos mundos míticos de formas desconocidas e irreconocibles para nuestro mundo de hoy. ¿Quién es pues el ser humano, qué es? ¿Acaso ha perdido un mundo anterior? Lo que la ciencia nos presenta hoy como la imagen del ser humano, ¿es el ser humano de verdad? Debemos tomar esta pregunta muy en serio. Viejas historias cuentan que, en el hundimiento de un mundo, una parte de la humanidad se convirtió en monos y otra parte en salvajes primitivos, seres ignorantes (Yalkut Shimoni en relación con Génesis y la construcción de la torre de Babel). ¿Somos sus descendientes? ¿Se pierde quizás la investigación en ese pasado? ¿Dónde está el trazado de los seres humanos anteriores a aquel cataclismo? ¿Podemos encontrarlos en excavaciones? ¿Podemos encontrar algo de aquellos tiempos en las personas de hoy? ¿O quizás van las investigaciones científicas tan desencaminadas que no perciben nada de esos seres? No vale distanciarse ante esta importante pregunta. ¿No es posible que el ser humano de hoy lleve otra cosa, algo quizás que no pueda, o que no deja que sea investigado por la ciencia? ¿O ha perdido todo, es descendiente únicamente de aquellos seres que quedaron después de la pérdida de aquel mundo, como dice el relato? Las viejas historias cuentan insistentemente de la destrucción, del hundimiento de mundos; y una y otra vez surge la tierra después de un colapso con condiciones diferentes en cuanto a tiempo y espacio. Aun el universo, como parece, cambia de estructura; aparecen nuevas estrellas, desaparecen viejas. El físico de la persona cambia, ve y entiende de forma diferente. En el tratado de Eruvin (Talmud babilónico, pág. 53a), por ejemplo, se puede leer: El corazón de la gente de entonces era tan grande como el portal de grandes pabellones, el de la gente posterior como la puerta de una sala, pero el corazón nuestro es como el ojo de una aguja. Pensemos que esas palabras vienen de seres humanos cuyo entendimiento y comprensión eran increíblemente grandes y profundos. ¿En cuánto tiempo puede sufrirse tal caída, tal pérdida de comprensión? Me viene a la mente una historia jasídica. Se dice que proviene del Rabí de Ruzhin, que falleció en 1850. Israel de Ruzhin, antepasado de los jasídicos de Czortkov, cuenta la caída, la pérdida tan tremenda de entendimiento en su tiempo. La ilustración, la revolución industrial y la revolución francesa habían sucedido. Cosas importantes habían cambiado. La historia es la siguiente (Ver “Knéset Israel”, una colección de cuentos del Rabí de Ruzhin): Cuando el Baal Shem Tov (el primero en la serie de Rebbes jasídicos) debía hacer un acto sagrado, se adentraba en un bosque. En este bosque buscaba cierto lugar. En este lugar encendía un fuego. Cuando ese fuego brillaba, era capaz de dirigir palabras a Dios, que Dios escuchaba. Y Dios le contestó. Ahora bien, también el Maguid Dov Ber, abuelo del Rabí de Ruzhin y alumno de Baal Shem Tov, tenía que hacer un acto sagrado. También él se adentraba en el bosque y encontraba ese lugar especial. Pero no sabía cómo encender el fuego. Dirigía las palabras a Dios sin el fuego; y Dios también le contestó. También uno de los grandes maestros de la siguiente generación, Rabí Moshe Loew de Sassov, iba a aquel bosque para un acto sagrado. Aunque conocía aquel lugar especial, no sabía cómo encender el fuego ni tampoco conocía ya las palabras usadas para dirigirse a Dios. Pero habló con Dios en aquel lugar en el bosque, sin el fuego y sin las palabras; y también Dios le contestó. Luego, en la generación siguiente, cuando Rabí Israel de Ruzhin el grande, tenía que hacer un acto sagrado decía: “Somos una generación pobre. ¿Qué sabemos? Ya no conocemos el lugar en el bosque, tampoco conocemos las palabras para dirigirnos a Dios y tampoco cómo encender el fuego. Lo hemos olvidado hace tiempo. Solo sabemos que hay personas que sí lo sabían y que lo practicaban. Así contamos la historia. Que Dios nos ayude”. Y Dios le contestó. ¿Y qué sabemos nosotros hoy? ¿Sabemos lo que significaba “el bosque”, o aquel lugar en el bosque, o el fuego que había que encender? ¿Qué sabemos de las palabras que podían pronunciarse en ese lugar cuando el fuego centellaba? ¡Qué no ha pasado desde aquellos tiempos del Rabí de Ruzhin! Dos guerras mundiales, la revolución en Rusia, la destrucción de todos los lugares de los jasidim. Mundos enteros están ya entre el Rabí de Ruzhin y el Baal Shem Tov. ¿Y no hay mundos entre el Baal Shem y aquellos grandes seres que redactaron el tratado de Eruvin? Y consideraban que su propio entendimiento era pequeño como el ojo de una aguja, comparado con aquella gente anterior, que tenía una sabiduría como un portón grande de un pabellón. Viejos mitos cuentan cómo el mundo sigue cambiando una vez tras otra, y cómo el ser humano después de cada cambio respira un aire diferente, y la materia que le da la vida aparece diferente, nueva. También los grandes, los creadores del Talmud babilónico, que sabían plasmarlo todo en palabras, todo lo que desde tiempos antiquísimos había sido entregado como fuego sagrado de maestros a alumnos escogidos, el conocimiento de Dios y de su Habitación, el conocimiento del ser humano a través de todos los mundos, del sentido del Ser y del sentido de la creación, del camino del ser humano que cumple el sentido de la vida y el sentido de todos los demás mundos, esos grandes Seres se consideraban a sí mismos pequeños, de poca importancia. Vivían ya en un mundo surgido después de la devastación del Templo por Nabucodonosor. La destrucción de la Casa de Dios por el rey de Babel, rey del mundo de la confusión (Babel en hebreo es “confusión”, “destrucción”) ¿Qué puede significar? Significa que el mundo, a causa de esa devastación, cambia radicalmente de cara, que ninguna comparación con el mundo anterior es ya posible. Como consecuencia del cataclismo –así lo indica la tradición– el mundo ha sido desviado 40 parsaot de su trayectoria. Si se conoce el significado de los números absolutos, se ve aquí una señal que dice que ese distanciamiento lleva a otra realidad de tiempo, totalmente diferente. Y con ello a una nueva sensación de espacio y una nueva conciencia del tiempo. Solo por eso, es imposible cualquier comparación con cualquier tiempo pasado. Para las investigaciones científicas, sin embargo, esas comunicaciones antiguas son irrelevantes. Se investiga cierto periodo de tiempo, y las historias de aquel tiempo o sobre aquel tiempo, no interesan. Porque solo vale lo visible, lo visible aquí y ahora. La línea recta. ¡Cuántos cataclismos cuentan los relatos de nuestros antepasados! Conocemos el relato del paraíso y de la pérdida del paraíso para los humanos. Escuchamos el relato de la expulsión de Kaín, el del colapso del mundo en la generación de Enosh, el cataclismo en el diluvio, la destrucción en la Haflagá (la generación de la construcción de la torre de Babel). Sabemos de la desaparición de Sodoma y del hundimiento de Mizraim. La tradición habla de cambios radicales en forma de hambrunas, que no son otra cosa que la ausencia del mensaje divino. Otras viejas historias cuentan el cambio de distancia entre el cielo y la tierra. ¿No significa también que la comprensión y la capacidad del ser humano hayan cambiado radicalmente? La tradición habla de diez hambrunas y de diez cambios de distancia entre el cielo y la tierra. Con el número 10, la tradición quiere decir que había gran cantidad de cataclismos y hundimientos. Porque el 10 es el número más alto en la construcción de la serie de números. Pero la palabra sigue inmutable; sobrevive a todos los colapsos y con ella sigue intacta la posibilidad de contar historias. La palabra es el envoltorio de la vida. La palabra tevá en hebreo, significa también “arca”. El arca de Noé. En esa arca se lleva todo, todo lo masculino y todo lo femenino. Solo así sobrevive, solo así puede ser transportado al nuevo mundo. Allí vuelve a la vida, bajo condiciones diferentes, sin ninguna comparación posible con las condiciones previas. La palabra lleva la vida a través de todos los cataclismos. La vida está envuelta en la palabra y sobrevive en la palabra. Y así las historias cuentan; cuentan de las tevot, de las arcas, de la vida en mundos anteriores. Así se transporta la vida, desde los inicios primordiales, a través de todos los tiempos. Los mitos están firmes; son transmisores de palabras llenas de vida, como una fuerza explosiva que es fecunda siempre de nuevo, enfrente de las voces y las apariencias percibidas por nuestros sentidos. El silencio de la materia ¿es quizás por la forma de nuestro acercamiento? También el cuerpo humano calla bajo el escalpelo, las células callan debajo del microscopio y la sangre calla en el tubo de ensayo. ¿No depende todo de nosotros, de nuestro modo de vida, del patrón de nuestra vida? Quizás estemos evaluando una pintura con un medidor de potencia de sonido y una melodía con un microscopio. Aquel hombre antiguo, el hombre de los mitos ¿de verdad ha desaparecido del todo o quizás sigue viviendo, envuelto en la palabra para así sobrevivir de mundo en mundo, de tiempo en tiempo, de eternidad en eternidad? Todos los pueblos y todas las lenguas conocen el relato del barco que vino en ayuda. ¡Y el barco, es decir el arca, es la palabra! Entonces quizás se trate de reencontrar a aquel hombre antiguo en la palabra, y no limitarse a lo que nos indican los sentidos, condicionados por el tiempo y el espacio. Porque aquellas condiciones de tiempo y espacio son impenetrables para nosotros. Impotentes somos cautivos de ese mundo relativo en que vivimos, y nuestros sentidos son la prueba de ese cautiverio. ¿No tenemos acaso órganos para romper esas barreras? ¿Puede la palabra abrirse, y esa apertura del arca, de la tevá, no permitir que aparezca un nuevo mundo? Aunque ¿cómo puede la palabra abrirse y hacerse permeable para los milagros de los mundos antiguos? ¿No se cierra ante un uso irrespetuoso, irreflexivo y desconsiderado? Las palabras se han convertido en variaciones de sonido y no significan ya mucho más. Nuestro cerebro trabaja como un robot, como un ordenador, transformando esas exclamaciones de sonidos y ruidos. Las selecciona y ordena, y listo: podemos proceder a una comunicación inteligente de sociedad. El contacto entre las personas de hoy en día pide solo eso, el establecimiento de una relación superficial. ¡En qué aprietos nos encontraríamos, si de nuevo pudiéramos abrir la palabra! Por ejemplo, si “percibir” fuese “percibir la verdad”, si “vida” significara “vida verdadera, eterna”, si “comprender” fuese “prender con la mano”. Pero en general ya no se sabe nada del contenido verdadero de cada palabra, y aunque de vez en cuando pueda escucharse algo sobre el tema, su importancia ya no penetra al oyente. Ya no se quiere saber. Se crean nuevas palabras que solo pertenecen al instante y para la vida en la sociedad. Porque nadie quiere ser molestado por el auténtico contenido de una palabra, y así se habla preferentemente con simplificaciones: OK, tío, tronco, mola. Se articulan sonidos, más sería molesto. Bastan para romper el silencio: griterío, vocerío, jolgorio, divertimiento superficial, eso es lo que cuenta. ¿No se dice que los seres humanos, después de cierto cataclismo, se convirtieron en monos y salvajes? Si, ciertamente, los monos tienen antepasados ilustres, grandes personajes y sería lo suyo que se quejasen por aquellos que han causado tanto desastre y tanta tristeza. ¡Abrir la palabra, dejar que hable, resucitar el mito a la vida! Sabemos que las palabras en prácticamente todas las lenguas han transitado por estados de confusión, que han sido distorsionadas, rotas y machacadas, para permitir una cierta comunicación social. El relato de la haflagá (la generación de la construcción de la torre de Babel) lo cuenta: el ser humano y el mundo se rompen por haber abusado de la palabra, de ese milagro que vino de otro mundo hacia nosotros. Porque el ser humano erigido en dios, quería someterla y usarla para sus fines. Con la haflagá, las lenguas se rompen, la mayoría de las palabras pierden el hilo con la lengua original, con la palabra hablada por Dios. De la misma manera que el ser humano se convierte en mono, en salvaje primitivo, dispuesto a correr detrás de toda idiotez y a perseguir cualquier ilusión, en la misma medida su lengua se apaga. La pone a su disposición y la usa, hasta donde es capaz, para su bienestar material. El ser humano verdadero, sin embargo, permanece en todos los tiempos, sobrevive a todas las catástrofes oculto, quizás inadvertido en medio de un mundo ruidoso, cobarde, que se sabe inferior. Y sigue existiendo una lengua sana que ha sobrevivido a la construcción de la torre de Babel, cada palabra está llena de la fuerza divina. Un pequeño trozo del paño, unos hilos del tejido siempre quedan. ¿Qué sentido tendría el mundo, si ese hilo también se rompiese? El mayor, el más irrespetuoso aniquilador de lo santo pasa por alto este sobrante insignificante, de nula importancia. Como una esquina no arada del campo. La esquina, el ángulo, kanaf en hebreo, ese lugar del encuentro con lo no esperado, con aquello que se eleva de la tierra, ese lugar queda intacto. Así, nos ha quedado una “lengua de ángulo”, una lengua que nos libera de la pesadez y con la cual podemos elevarnos a otros mundos. Como un ángel. Durante mucho tiempo ha sido preservado de todo mal uso. Pero ahora también esa lengua es arrastrada por una masa ávida. Por ello, es tiempo que le hagamos justicia. Porque mantendrá su unidad con el origen. Conservará la fuerza que solo da el origen divino. Porque es la lengua del Dios manifestado. Con la pérdida de la palabra, se pierde también el recuerdo. Porque la palabra determina el recuerdo, la palabra es el arca, el barco que lleva la vida a través de los tiempos y los mundos. Palabras mutiladas dan relatos mutilados. La confusión está cerca. Pero ocupémonos con la lengua original. Es decir ¿existe algo como una lengua original? ¿Y quién nos garantiza que las comunicaciones que nos son dadas en esa lengua no hayan sido dañadas en el tránsito? Es difícil verlo si estamos lejos de la Torá, sin embargo, cuanto más nos acercamos, cuanto más profunda es la comprensión de las conexiones de la creación, tanto más claras y convincentes son las pruebas que la palabra misma ofrece. Pensemos en el rollo de Esther, las comunicaciones del libro de Jonás. Esa lengua está incomparablemente firme, cada una de sus palabras está llena de milagros. La palabra constituye el carácter del ser humano. La palabra sana, venerada y comprendida como unidad, eleva al ser humano y le hace grande. Sus pies siguen estando en la tierra, pero su cabeza se eleva al cielo. Esta palabra es portadora de contenido y ese contenido no pierde nunca su sentido. Comunica lo esencial. Después de la construcción de la torre de Babel, las personas no solo hablan lenguas diferentes y dejan de entenderse, significa también, que el sentido de las palabras ya no es transferible. Por ello, las comunicaciones en la lengua original, también llamada “lengua santa” tienen tanta importancia y tal fuerza. Ciertamente, también esa lengua sagrada puede usase mal para fines superficiales, exteriores. Entonces pierde su fuerza y queda infectada por el virus de la haflagá. Sin embargo, la construcción de la torre de Babel es un principio de la creación y pertenece a la estructura del mundo. Al lado de las muchas mitologías de todas las culturas, la palabra nos llega en la lengua original, en el hebreo. Los mitos están asentados en capas brillantes alrededor de un núcleo común. Los relatos en las palabras de la Torá están firmes. En los demás mitos, se siente la influencia de la haflagá. La Torá muestra una estructura firme, una verdad invariable, inmutable. También la Torá oral −a pesar de su gran diversidad− muestra una estructura firme. Esa diversidad es como la vida del mundo que, a pesar de todo, sale de un núcleo único, firme. En ese núcleo están ya las potencialidades de todo desarrollo. En su diversidad suena una armonía especial. La palabra original pide respeto, como todo lo santo. Los milagros que se van desplegando, llenan de admiración y hacen enmudecer. Los relatos que se transmiten en esa palabra divina son imponentes. Son como un palacio extremadamente hermoso. Al entrar, estalla el júbilo. En esos relatos encontramos también la respuesta a la pregunta: ¿Qué es el ser humano y quién es? En muchos casos encontramos paralelismos con historias de otras culturas. Porque finalmente, todas las lenguas tienen su origen en una sabiduría anterior a la construcción de la torre de Babel. Y todas las historias estarían incompletas si no tuvieran una respuesta para nuestra vida de hoy. Debemos ser capaces de encontrar en esos relatos el camino de nuestra búsqueda y de nuestros anhelos. Veremos que de hecho es así. Porque también el ser degenerado es, en esencia, un ser humano. También en sus equivocaciones, necedades y maldades está atado a la humanidad. Lleva el sello de la semejanza, y es mucho más que una acumulación de características exteriores. Debemos pues estudiar a la persona con todas sus propiedades, mundanas y divinas, y con todas las fases intermedias. Tal estudio pide paciencia. Es indispensable. El ser humano a imagen de Dios: como ladrón y asesino, santo y sabio, ciudadano apático, sin fuerza, egoísta y perezoso; como aquel que busca y otro que ha perdido toda esperanza, aquel que tiene fe y aquel que tiene el atrevimiento de llamarse feliz. Si se pregunta con toda seriedad ¿qué es el ser humano y quién es? se suele topar con la pregunta esencial que es la pregunta por Dios. Concretamente ¿qué? y ¿quién? Porque toda pregunta por el ser humano es finalmente una pregunta por Dios; de la misma forma que la pregunta por Dios es la pregunta por el ser humano. Ser humano, imagen y semejanza de Dios. No es una frase vacía, es una realidad atronadora. Por ella tiene el ser humano su grandeza tan estremecedora. Y a pesar de todo, aquí en la tierra es un ser necio y limitado. Pero sufre –y en ese sufrimiento es grande– de nuevo a semejanza de Dios. ¿A dónde nos conduce todo eso? ¿Es la apariencia del ser humano, tal cual, todo lo que hay, o quizás llega hasta otra dimensión? ¿Puede que exista aquí y al mismo tiempo, en otro lugar? ¿Y en esta conexión, qué significa “tiempo”?¡Preguntas y más preguntas! A la luz de las viejas enseñanzas intentaré dar una respuesta sistemática. El ser humano a imagen y semejanza de Dios: si nos tomamos en serio las palabras que la Torá dice hayan sido usadas para crear al ser humano, estamos ante consecuencias inimaginables. Todas sus cualidades y características, las encontramos también en Dios, y lo divino encuentra su expresión en el ser humano. Por ello, nadie puede sustraerse a la palabra que sale de las ocultas profundidades primordiales. Porque toda persona es retrato fiel de Dios y conoce aquellas estancias divinas, llamadas hejalot en hebreo, palacios, donde Dios es el Uno, el Único, donde no hay nada fuera de Él, donde no hay ni principio ni fin. Balbuceando surgen las palabras de la unidad íntima de Dios con su mundo. Pero las palabras se caracterizan por una vida propia específica, y necesitan ser entendidas con exactitud. Cada una tiene su horizonte propio y una esfera de acción propia: negro es negro y blanco es blanco. ¿Cómo entonces −estando limitadas y condicionadas aquí– cómo pueden expresar lo ilimitado, como pueden expresar la “unidad”? Mediante alusiones y negaciones hablan de un ein sof, de un mundo, de una condición sin límite, donde las ideas de comienzo o fin no tienen sentido. Ein sof, el mundo de Dios, el mundo donde todo es Uno –también dentro de esta nuestra realidad– allí no existe nada limitado. Todo está presente de forma ilimitada. Todo es aquí y allá al mismo tiempo, todo puede ser eso y aquello al mismo tiempo. Unidad perfecta. La unidad se rompe, las limitaciones surgen cuando se erigen fronteras. Y toda limitación crea malestar, depresión, por no poder llenarlo todo, no poder serlo todo, tenerlo todo, por no ser comprendido con exactitud. En hebreo, safá es “lengua”, “labio” y también es “orilla”. Aquí la tierra choca con el agua. De la misma forma, la lengua es frontera, es orilla. Es el puente entre el mundo de ein sof, del mundo de la unidad, y nuestro mundo troceado y limitado. Pero ella misma está atada a la frontera. Por la palabra cada idea obtiene su límite, su reducción cuantitativa frente a otra. La lengua no es capaz de expresarlo todo allí donde no hay límites, allí las palabras no son capaces de atar lo inexpresable. Safá y sof son palabras muy cercanas. En el mundo de ein sof, el mundo con ausencia de sof, límite, la palabra tiene dificultades para expresarse. La palabra limita, retiene, porque su significado está asentado en la palabra, como Noé en el arca, en la tevá. En la región de ein sof existe la entrega total, la realización total, el sentimiento ilimitado, saberse abrazado. Nada es imposible, nada está velado por el velo de la temporalidad. Y el ser humano tiene acceso porque está creado a imagen y semejanza de Dios, como único Ser de la creación. En su camino hacia esas regiones, da el primer paso en su fantasía. En su fantasía puede cruzar fronteras, puede someter tiempo y espacio a su voluntad. Hace surgir situaciones y luego deja que desaparezcan. Puede imaginarse cosas no existentes y ponerse en su interior, puede hacer que el muerto viva y que el vivo muera, puede curar al enfermo, hacer callar la tormenta, dar comida al hambriento. Es más, puede crear todo un mundo con personas, animales y plantas. ¿Hasta dónde puede llevarnos un sueño? Pero ¿no estará creando algo que existe desde siempre en ein sof? Ein sof contiene todo, todas las posibilidades de la vida. El ser humano puede vivir en esa otra realidad, de hecho, debería vivir en esa otra realidad. Debería encontrarse allí en casa, de la misma forma que se encuentra aquí en nuestro mundo limitado. Es decir, la posibilidad de la fantasía es una característica esencial del ser humano. En el sueño vemos que las fronteras fluyen, también allí se rompe la ley de tiempo y espacio. https://toraverdadyrealidad.wordpress.com/2023/03/24/salvacion-y-dualidad-3/

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