# Mi perra vida \| Temporada 2026, episodio 44

Episodio de [Mi perra vida](https://escuchario.semeescucha.es/podcast/mi-perra-vida).

- Publicado: 30 de octubre de 2026
- Duración: 12 min
- Temporada 2026, episodio 44
- Audio: https://miperravida.anacronico.rocks/wp-content/uploads/2026/10/MPVS2026E44.mp3
- Página: https://escuchario.semeescucha.es/podcast/mi-perra-vida/episodio/147015395-mi-perra-vida-temporada-2026-episodio-44

## Sobre este episodio

Doctor Nómada (vigésima parte) Leer la décimo novena parte Leonila y Leonor eran conocidas en el pueblo, tener gemelas no era nada común, y cuando los hombres comenzaron a migrar, se formó una comunidad de mujeres solas, que sin reglas escritas se apoyaban en momentos difíciles. Me enteré de este secreto grupo cuando en medio de la noche escuché las llantas de un auto acercarse, algo inusual en medio de la nada. Abrí los ojos para cerciorarme que no era un sueño, y a los pocos segundos portezuelas abriéndose y gente tocando la puerta de la casa, con urgencia, llamaban a Leonor, me levanté y me puse los zapatos, mientras me acercaba vi otras mujeres esperando que la abuela respondiera sus llamadas. Salí y el frío en la cara predijo que esta visita no sería para nada bueno. Al entrar a la casa ya estaba Leonor escuchando a las vecinas que, hablando al mismo tiempo, había quien le daba ánimos y quién seguía comentando la noticia. Al verme sólo me dijo que Liz estaba mal y me entregaba el teléfono para que hablara con Leonila. Lo tomé y salí en busca de señal, mientras caminaba al descampado no me imaginaba qué podría estar pasando. Era un procedimiento algo invasivo, pero lo más peligroso era la sedación, y hace un par de días Leonila nos había dicho que todo había salido muy bien, tanto que, al día siguiente su hija ya había sido dada de alta y Luzma ya se encontraba en los preparativos para recibir su médula. No me explicaba qué estaba pasando. Llegué sudando al claro donde tenía que encontrar la posición idónea para que las barras indicadoras de señal aparecieran. Marqué, era muy de madrugada, a esa hora sólo se pueden tener malas conversaciones. Al segundo tono de llamada me contestó. -Se me va a morir mi hija -me dijo al borde del llanto. Le pedí que me explicara ¿qué había pasado, todo iban bien, por qué se puso mal Liz? La dejé que hablara sin interrumpirla, salvo por los sollozos y las lágrimas que cada tanto la ahogaban. Al día siguiente de que le extrajeran en el quirófano parte de la médula osea, Liz se notaba muy cansada, pero la dieron de alta ya que era comprensible su malestar, le explicaron que si cuando la gente apenas donaba sangre se desmayaba, el procedimiento realizado a Liz justificaba todo; así que volvieron a la pensión donde pernoctaban. Para la tarde que regresó Leonor la vio pálida, con mucho dolor en la zona de la cadera donde la habían intervenido y con mucho escalofrío. Le habían dado una receta con paracetamol para el dolor, así que le dio las dos tabletas que estaban indicadas, al parecer se había sentido mejor y logró cenar un poco, pero la fiebre comenzó a atacarla, hasta que después de horas y trapos húmedos en el abdomen logró quedarse dormida. Acordaron ir temprano a urgencias al día siguiente, pero la fiebre volvió a arreciar durante la madrugada y cuando Liz comenzó a delirar tuvo que llamar una ambulancia para llevarla al hospital. Apenas llegando a urgencias la recibieron y se corrió la voz de quién era, un trasplante era un evento en el hospital, así que sabían la historia. La ingresaron de inmediato mientras los médicos interrogaban a Leonila, veía a lo lejos cómo un ejército de personas abordaban a su hija, en pocos minutos estaba llena de cables, el monitor registrando sus signos vitales no paraba de hacer ruido, y una tras otra, enfermeras iban y venían con medicamentos y sueros, que primero colgaron en cada uno de sus brazos y después a través de un catéter en el cuello, para el que le pidieron autorización porque estaba muy grave y los sueros vaciando sus contenidos en las venas de los brazos no eran suficientes. Leonila presenciaba todo, mientras seguían preguntándole cosas, en la premura nadie caía en cuenta de que su madre era testigo toda la catástrofe. Ya no pudo ver más cuando el médico que lideraba al equipo volteó al monitor y sin dejar de ver la pantalla pidió que trajeran el carro de paro, en ese momento observó por un segundo la cara de espanto de Leonila y le pidió a una enfermera que cerrara la cortina del cubículo y la llevaran a la sala de espera. Un par de horas horas después salieron unos médicos a hablar con ella, ya habían salido antes para solicitar autorizaciones para hacerle procedimientos. Leonila lo entendía de qué se trataba, pero aceptaba todo sin cuestionar. Le explicaron que Liz traía una infección muy agresiva, y se estaba diseminando por su sangre a todo el cuerpo, y eso la estaba comprometiendo de manera muy importante, su condición era muy delicada, apenas la habían podido estabilizar y la tendrían que trasladar a terapia intensiva, pero su estado era extremadamente grave, varios de sus órganos estaban fallando. Leonila me preguntaba qué había pasado, por qué estaba tan mal Liz, Yo trataba de tranquilizarla, pero era obvio que yo también estaba muy perturbado. Acordamos que la ayudaría a llevar a la abuela para estuvieran juntas; en ese momento me olvidé de mi exilio, sólo trataba de pensar en qué momento esto se había transformado en una pesadilla, y mientras apresurado volvía a casa, la semilla de la culpa estaba germinando velozmente en mi interior. Todas me esperaban con preocupación, traté de explicar lo ocurrido y la necesidad de salir en el primer autobús de la mañana, para lo cual faltaban varias horas. Leonor no podía ocultar su dolor, pero acostumbrada a que la vida fuera desgraciada, se mantuvo tranquila y se afanó en organizar algo de ropa. Acordamos irnos a casa de las emisoras que, vivían en el pueblo y nos podrían localizar en cualquier momento. Yo no tenía nada que llevar, en realidad sólo llevé una pequeña mochila y pregunté a Leonor dónde era seguirlo dejarla, era todo mi dinero. Aún faltaban pocas horas para que abrieran la taquilla de la central de autobuses, esperábamos en la sala de la casa de las amigas de Leonor y Leonila, que nos prepararon café para aguantar el resto de la noche. Cada tanto me preguntaban dudas que surgían mientras esperábamos en silencio. Preguntas que yo también me hacía. Me quedé dormido en algún momento que todas guardaron silencio, esperando el momento de partir. Me despertó Leonor moviendo mi hombro, abrí los ojos exaltado, pensé que se nos había hecho tarde, pero todavía estaba oscuro alrededor. En todas escurrían las lágrimas, excepto en la abuela que, con sus ojos vidriosos, me dijo que acaba de colgar con Leonila. -Liz no aguantó, acaba de fallecer -me dijo, sin dejar de verme a los ojos. Bonus track Ofrenda de día de muertos, edición mascotas, Mi natal Malinalco en su verdor al máximo

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