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Mi perra vida | Temporada 2026, episodio 43.

· 12 min · Temporada 2026, episodio 43

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Sobre este episodio

Doctor Nómada (décimo novena parte) Leer la décimo octava parte Cuando entré a la casa para desayunar, además de los platos humeantes sobre la mesa, estaban Leonila y Liz esperándome con las maletas preparadas. Rápidamente miré la cara de todas, para reconstruir mentalmente lo que había pasado y tratar de saber cómo llegamos a este momento. Listas para continuar con el tratamiento de Luzma, no había ojeras, párpados inflamados por el llanto o malas caras. A la postre la abuela Leonor, durante los días que estuvimos solos, me comentó que Liz se levantó antes que todas y ya las estaba esperando con su maleta lista, no se dijo nada más. Desayunamos tranquilamente con los nervios de lo que venía soterrados, pero pensábamos en ese futuro que vislumbraba esperanza, así que el ambiente era grato. Además de pedirme que las llevara a la central, me encargaban a la abuela y me daban instrucciones de dónde comprar los víveres. Sólo había dos pequeños problemas, ni Leonor ni yo teníamos teléfono celular y sería indispensable para comunicarnos con rapidez, por lo que habían resultado dejar el de Luzma, así que, le dieron indicaciones a la abuela sobre cómo usarlo, las cuales notaba que no entendía, pero cada tanto me miraba y asentía, todos sabíamos que yo le ayudaría a usarlo. El segundo, este en realidad no era tan pequeño, tenían muchas deudas que databan de los varios intentos por tratar la enfermedad de Luzma, habían estado en pláticas con unos fuereños que querían afincarse en el pueblo y deseaban comprar un buen trozo de su parcela; los trámites ya iban muy avanzados, pero ahora el tiempo apremiaba, estaban muy justas de dinero, así que, me pedían hablar con ellos y conseguir un adelanto para solventar lo que venía; si bien habían logrado ya tener un buen diagnóstico y un plan de tratamiento potencialmente curativo, la carencia de los hospitales podría complicar el trasplante, y debían afrontar la compra de medicamentos e insumos. Las tranquilicé expresando mi apoyo, mientras la abuela y yo nos mi mirábamos, sabiendo que entre los dos debíamos solventar ambas tareas. La premura de la partida nos tenía eufóricos, con mucha agitación. Las primeras tristezas arribaron al despedirse, Leonila y Liz no pudieron evitar llorar y después de los abrazos, antes de subir a la camioneta, ni la abuela ni yo nos contuvimos. Camino al pueblo, Leonila continuaba dándome indicaciones y recitando pendientes, yo le insistía en que no se preocupara, que me tuviera confianza y las cosas iban a suceder adecuadamente. Acordamos los horarios en que iría al descampado donde se plantaba Liz a “cazar” red para el teléfono y ver si lográbamos hacer una llamada en lugar de sólo enviar y recibir mensajes asincrónicos. Tanto platicamos que las inclemencias del accidentado terreno pasaron desapercibidas. Mientras yo bajaba las maletas, Liz y su madre se adelantaron a comprar los boletos para la ciudad. Aproveché el momento para guardar algo de dinero en las cosas de Leonila, era parte de mi patrimonio, pero confiaba en que cuando se vendiera la parcela lo recuperaría. Encontraron los últimos asientos, así que nos sentamos a esperar el momento en que avisaran el abordaje, nadie quería hablar de lo que médicamente se avecinaba, la conversación transcurría efímera, ocultando su ominosa realidad. Tras el anuncio de embarque nos despedimos con un fuerte abrazo, al despedirme de Leonila le comenté que le había dejado algo en el interior de la maleta, que no lo fuera a perder. Me miró extrañada, el último aviso para subir al autobús le impidió revisar su contenido. Apenas subieron, me encaminé hacia la camioneta, todo tenía que salir, pensaba hacia mis adentros, lo que se me olvidaba es que si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes. El regreso fue tranquilo, seguía pensando en el universo de posibilidades, deseaba todo saliera bien. Llegando a casa, Leonor me esperaba con su bordado, según recordaba estaba igual que el día de ayer, seguramente sólo lo mantuvo inerte en sus piernas todo este tiempo. -Todo va a salir bien ¿verdad? -me preguntó con la cara desencajada. Le confirmé que si, y le traté de dar confianza sobre lo que venía. Para distender un poco la situación, iniciamos nuestro curso práctico sobre el uso del teléfono celular. Estaba seguro que no sería problema, esos aparatos están diseñados para enganchar a la primera, niños que aún no hablan o ancianos con demencia, la adicción no respeta edades. Hacia tanto que no tenía uno entre mis manos, que el brillo, los colores, las animaciones, me abrumaban, traté de mantenerme fuera del campo de visión del aparato y le pedía a Leonor que no mencionara mi nombre, me miró con curiosidad que, sanjé parcialmente diciendo que no confiaba para nada en esos 200 gr de tecnología. Ella siempre intuyó que estaba escapando y no hizo preguntas, continuamos con nuestra lección, la cual fue muy exitosa, y en menos de una hora ya era capaz de usar lo necesario para comunicarse; quería hacer una prueba real y me pidió ir a buscar red para marcarles. Nos encaminamos hacia donde Liz pasaba horas embebida en la pantalla, y antes de dar rienda suelta a las comunicaciones, desactivé hasta donde era posible las opciones que “mejoraban” la experiencia de uso, pero que son eficaces para espiarnos. Tuvimos suerte y había señal, la suficiente para hacer la llamada telefónica a Liz, quien estaba muy emocionada del viaje y de que su abuela estuviera marcando. El día terminó en paz, muchas emociones, pero tanto Leonor como yo, sentíamos opresión en el pecho, con la cual nos fuimos a dormir. Bonus track Representación gráfica del desánimo por ir a trabajar.

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