José A. Muñoz Rojas: Romance de don Sebastián, rey de bastos
Sobre este episodio
Voz: Manuel López Castilleja Música: Canon_Pachelbel Youtube.com ROMANCE DE DON SEBASTIÁN, REY DE BASTOS 1 Don Sebastián, Rey de Bastos, iba por el olivar, los ojos grandes y tristes, y la barba de azafrán -de su cabellera, el aire es comedido galán; el manto, de piel y pluma y la corona real-, sobre su jaca burrera que se deja el viento atrás, negra si la noche es negra, y en las ancas un lunar, duras las crines de estopa y la cola de alquitrán, y relinchos que se quedan prendidos por donde va. La primilla suspendida se olvida de avizorar, las tórtolas no se mueven cuando lo sienten pasar, sólo las perdices pican el aire con su metal sin enterarse de nada y sin quererse enterar. "Olivos por donde voy, plata que tenéis me dais, aceite para el cabello y aceitunas para el pan, sombra para mis pesares y leña para quemar; ni plata ni fuego os pido mientras no me deis la paz" Los olivos siguen serios sin volver la cara atrás, que las lomas están pinas y ellos tienen que llegar. Tanto le pesa la pena y el basto a Don Sebastián, que se apea de la jaca y se sienta a descansar debajo de un grande olivo, el mayor del olivar. La corona pone a un lado, y echa la cabeza atrás. Lágrimas duras de azogue por las mejillas le caen, suspiros como pavesas por la boca se le van: "¡Ay, amantes sin orillas de donde lanzarse al mar! ¡Amantes de tierra adentro, a morir y nada más! Pena como la que tengo no la ha sufrido mortal". Y apoya sobre la mano la hermosa testa real; los cabellos se la cubren de oro, de miel y azafrán. El más bello rey de todos tiene una pena mortal: de amores se está muriendo en medio del olivar. 2 La joven Sota de Oros se levantó peripuesta, se puso el jubón pajizo y se alisó la melena, se caló un bonete raso con cinturillas de perlas, se miró luego al espejo y sonrió satisfecha, porque el espejo le dijo con su lisa y blanca lengua que en la baraja de sotas no había sota como ella; luego los gregüescos verdes en las redondas caderas, y sobre los lisos muslos se fue ajustando las medias, finas si tienen que serlo, pero las ligas no encuentra. Maldice su mala suerte, y el suelo todo de hogueras se hace a sus pies, sin descanso dondequiera que los sienta. "Llegaré tarde a la cita y Don Sebastián no espera", y en el banco pecho se abre con las uñas roja puerta, por la que la sangre brota sin tener la nieve en cuenta. Se abalanza a la ventana seguida de sus doncellas: "¡Miradla, amigas, miradla quien en el pico las lleva!, la enemiga de mi dicha, que por los aires se vuela". 3 El toro del desengaño su hondo cuerno le ha metido al Rey, cuya sangre suelta va corriendo como un río por el olivar abajo, dejando a su paso lirios. La alondra de la esperanza que en las barbas tenía nido se remonta y se remonta por el azul encendido. Los tristes ojos del Rey la siguen en su camino, y sus orejas escuchan perderse el lejano trino: "¡Ay esperanza que tuve y alejarse de mí miro!" La alondra tiene sus alas y el toro dos cuernos fijos, la alondra una voz de ángel, el toro su negro hocico. La una le habla desde el aire, la otra con el cuerno hundido; la de la alondra le llega tan delgada como un hilo: "Mientras se espera se vive; quien no espera no está vivo". Grande y ronco, desde dentro, el desengaño le ha dicho: "Esperar sin esperanza, Don Sebastián, es perdido. Más te vale estarte muerto que estar de la muerte al filo; la esperanza sólo juega cuando los deseos son niños. Muérete, Don Sebastián, la muerte sólo es lo fijo". Don Sebastián la cabeza reclina sobre el olivo. La jaca lo ve morirse y lo llama con relinchos. La Muerte, tan complacida, aparece por el viso; como presente de rey, le trae el último suspiro: "Cuando en los labios lo tenga Don Sebastián será mío". 4 Fuera la Sota de Oros de su palacio y de sí, por el campo daba gritos: "Don Sebastián, alhelí, de mi amor y de mi culpa, ¿cómo estás vivo y sin mí? Tu joven Sota se muere porque no te tiene a ti". Cuando llegó al olivar, vio una figura gentil, con la cara de albayalde y las manos de jazmín. "Doncella, donde usted vaya, yo con usted quiero ir". "Yo no soy yo; soy mi pena, que es lo que queda de mí". "Doncella, para su pena tengo yo un remedio aquí". De la faltriquera saca un gran tarro de elixir. "Tragar no puedo, señora, que el dolor me traga a mí". La señora entonces saca de su regazo un cojín, bordado con aves verdes sobre un fondo carmesí. "Doncella, bajo este olivo un sueño vais a dormir, mirando las aceitunas y escuchando el colibrí. Os dormiréis de doncella; despertaréis querubín". La joven Sota reclina su cabeza, y, sin sentir, se duerme y sueña que duerme un sueño que no halla fin. El Rey de Bastos ha muerto a cuatro olivos de allí.