# Selección de romances viejos

Episodio de [Literatura](https://escuchario.semeescucha.es/podcast/literatura-1397174), de Manuel López.

- Publicado: 19 de noviembre de 2010
- Duración: 15 min
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- Página: https://escuchario.semeescucha.es/podcast/literatura-1397174/episodio/4990332-seleccion-de-romances-viejos

## Sobre este episodio

Voz: Manuel López Castilleja Música: E's Jammy Jams_Thunder Chant Youtube.com Romance de Abenámar —¡Abenámar, Abenámar, moro de la morería, el día que tú naciste grandes señales había! Estaba la mar en calma, la luna estaba crecida; moro que en tal signo nace, no debe decir mentira. Allí respondiera el moro, bien oiréis lo que decía: —No te la diré, señor, aunque me cueste la vida, porque soy hijo de un moro y una cristiana cautiva; siendo yo niño y muchacho mi madre me lo decía; que mentira no dijese, que era grande villanía; por tanto pregunta, rey, que la verdad te diría. —Yo te agradezco, Abenámar, aquesta tu cortesía. ¿Qué castillos son aquéllos? ¡Altos son y relucían! —El Alhambra era, señor, y la otra la mezquita; los otros los Alijares, labrados a maravilla. El moro que los labraba cien doblas ganaba al día, y el día que no los labra otras tantas se perdía. El otro es Generalife, huerta que par no tenía; el otro Torres Bermejas, castillo de gran valía. Allí habló el rey don Juan, bien oiréis lo que decía: —Si tú quisieras, Granada, contigo me casaría; daréte en arras y dote a Córdoba y a Sevilla. —Casada soy, rey don Juan, casada soy, que no viuda; el moro que a mí me tiene, muy grande bien me quería. Álora, la bien cercada Álora, la bien cercada, tú que estás a par del río, cercote el adelantado una mañana en domingo, con peones y hombres de armas hecho la había un portillo. Viérades moros y moras que iban huyendo al castillo; las moras llevaban ropa, los moros, harina y trigo. Por encima del adarve su pendón llevan tendido. Allá detras de una almena quedádose ha un morillo con una ballesta armada y en ella puesta un cuadrillo. Y en altas voces decía que la gente lo ha oído: -¡Treguas, tregua, adelantado, que tuyo se da el castillo! Alzó la visera arriba, para ver quié lo había dicho, apuntáralo a la frente, salídole ha el colodrillo. Tómale Pablo de rienda, de la mano Jacobico, que eran dos esclavos suyos que había criado de chicos. Llévanle a los maestros, por ver si le dan guarido. A las primeras palabras por testamento les dijo que él a dios se encomendaba y el alma se le ha salido. Fontefrida Fontefrida, Fontefrida Fontefrida y con amor, do todas las avecicas van tomar consolación, sino es la tortolica, que está viuda y con dolor. Por ahí fuera a pasar el traidor del ruiseñor; las palabras que le dice llenas son de traición: «Si tú quisieses, señora, yo sería tu servidor.» «Vete de ahí, enemigo, malo, falso, engañador, que ni poso en ramo verde ni en ramo que tenga flor, que si el agua hallo clara turbia la bebiera yo; que no quiero haber marido porque hijos no haya, no; no quiero placer con ellos ni menos consolación. ¡Déjame triste, enemigo, malo, falso, mal traidor; que no quiero ser tu amiga ni casar contigo, no!» Romance del rey moro que perdió Valencia Helo, helo, por dó viene el moro por la calzada, caballero a la jineta encima una yegua baya; borceguíes marroquíes y espuela de oro calzada; una adarga ante los pechos y en su mano una azagaya. Mirando estaba a Valencia, cómo está tan bien cercada: -¡Oh, Valencia, oh Valencia, de mal fuego seas quemada! Primero fuiste de moros que de cristianos ganada. Si la lanza no me miente, a moros serás tornada; aquel perro de aquel Cid prenderélo por la barba, su mujer, doña Jimena, será de mí cautivada, su hija, Urraca Hernando, será mi enamorada, después de yo harto de ella la entregaré a mi compaña. El buen Cid no está tan lejos, que todo bien lo escuchaba. -Venid vos acá, mi hija, mi hija doña Urraca; dejad las ropas continas y vestid ropas de pascua. Aquel moro hi-de-perro detenédmelo en palabras, mientras yo ensillo a Babieca y me ciño la mi espada. La doncella, muy hermosa, se paró a una ventana; el moro, desque la vido, de esta suerte le hablara: -Alá te guarde, señora, mi señora doña Urraca. -Así haga a vos, señor, buena sea vuestra llegada. Siete años ha, rey, siete, que soy vuestra enamorada. -Otros tanto ha, señora, que os tengo dentro en mi alma. Ellos estando en aquesto el buen Cid que asomaba. -Adiós, adiós, mi señora, la mi linda enamorada, que del caballo Babieca yo bien oigo la patada. Do la yegua pone el pie, Babieca pone la pata. Allí hablara el caballo, bien oiréis lo que hablaba: -¡Reventar debía la madre que a su hijo no esperaba! Siete vueltas la rodea alrededor de una jara; la yegua, que era ligera, muy adelante pasaba hasta llegar cabe un río adonde una barca estaba. El moro, desque la vido, con ella bien se holgaba, grandes gritos da al barquero que le allegase la barca; el barquero es diligente, túvosela aparejada, embarcó muy presto en ella, que no se detuvo nada. Estando el moro embarcado, el buen Cid que llegó al agua, y por ver al moro en salvo, de tristeza reventaba; mas con la furia que tiene, una lanza le arrojaba, y dijo: -Recoged, mi yerno, arrecogedme esa lanza, que quizás tiempo vendrá que os será bien demandada. Conde ARNALDOS ”¡Quién hubiera tal ventura sobre las aguas del mar, como hubo el infante Arnaldos la mañana de San Juan! Andando a buscar la caza para su falcón cebar, vio venir una galera que a tierra quiere llegar; las velas trae de seda, la ejarcia de oro torzal, áncoras tiene de plata, tablas de fino coral. Marinero que la guía diciendo viene un cantar que la mar ponía en calma, los vientos hace amainar; los peces que andan al hondo, arriba los hace andar, las aves que van volando, al mástil vienen posar. Allí habló el infante Arnaldos, bien oiréis lo que dirá: "-Por tu vida, el marinero dígasme ora ese cantar." Respondióle el marinero, tal respuesta le fue a dar: "-Yo no digo mi canción sino a quien conmigo va. Romance de la infantina A cazar va el caballero, a cazar como solía, los perros lleva cansados, el halcón perdido había; arrimárase a un roble, alto es a maravilla, en una rama más alta, vido estar una infantina, cabellos de su cabeza todo el roble cubrían. -Note espantes, caballero, ni tengas tamaña grima. Fija soy yo del buen rey y de la reina de Castilla, siete fadas me fadaron en brazos de una ama mía, que andase los siete años sola en esta montiña. Hoy se cumplían los siete años, o mañana en aquel día; por Dios te ruego, caballero, llévesme en tu compañía, si quisieres, por mujer, si no, sea por amiga. -Esperáisme vos, señora, hasta mañana, aquel día, iré yo tomar consejo de una madre que tenía. La niña le respondiera y estas palabras decía: -¡Oh, mal haya el caballero que sola deja la niña! Él se va a tomar consejo, y ella queda en la montiña. Aconsejóle su madre que la tomase por amiga. Cuando volvió el caballero no la hallara en la montiña: vídola que la llevaban con muy gran caballería. El caballero, desque la vido, en el suelo se caía; desque en sí hubo tornado, estas palabras decía: -Caballero que tal pierde, muy grande pena merecía: yo mismo seré el alcalde, yo me seré la justicia: que me corten pies y manos y me arrastren por la villa. Romance del prisionero Que por mayo era por mayo, cuando hace la calor, cuando los trigos encañan y están los campos en flor, cuando canta la calandria y responde el ruiseñor, cuando los enamorados van a servir al amor, sino yo, triste, cuitado, que vivo en esta prisión, que ni sé cuándo es de día ni cuándo las noches son, sino por una avecilla que me cantaba al albor. Matómela un ballestero ; ¡déle Dios mal galardón! Yo m’era mora Moraima Yo me era mora Moraima morilla de un bel catar. Cristiano vino a mi puerta cuitada, por me engañar: hablóme en algarabía como quien la sabe hablar: «ábrasme las puertas, mora, sí, Alá te guarde de mal.» «Cómo te abriré, mezquina, que no sé quién te serás?» «Yo soy el moro Mazote hermano de la tu madre, que un cristiano dejo muerto y tras mí viene el alcalde: si no me abres tú, mi vida, aquí me verás matar.» Cuando esto oí, cuitada, comencéme a levantar, vistiérame un almejía no hallando mi brial, fuérame para la puerta y abríla de par en par. En París está doña Alda, la esposa de don Roldán, trescientas damas con ella para la acompañar: todas visten un vestido, todas calzan un calzar, todas comen a una mesa, todas comían de un pan, si no era doña Alda, que era la mayoral; las ciento hilaban oro, las ciento tejen cendal, las ciento tañen instrumentos para doña Alda holgar. Al son de los instrumentos doña Alda dormido se ha; ensoñado había un sueño, un sueño de gran pesar. Recordó despavorida y con un pavor muy grande; los gritos daba tan grandes que se oían en la ciudad. Allí hablaron sus doncellas, bien oiréis lo que dirán: —¿Qué es aquesto, mi señora? ¿Quién es el que os hizo mal? —Un sueño soñé, doncellas, que me ha dado gran pesar: que me veía en un monte en un desierto lugar: do so los montes muy altos un azor vide volar, tras dél viene una aguililla que lo ahínca muy mal. El azor, con grande cuita, metióse so mi brial, el aguililla, con gran ira, de allí lo iba a sacar; con las uñas lo despluma, con el pico lo deshace. Allí habló su camarera, bien oiréis lo que dirá: —Aquese sueño, señora, bien os lo entiendo soltar: el azor es vuestro esposo que viene de allén la mar, el águila sedes vos, con la cual ha de casar, y aquel monte es la iglesia, donde os han de velar. —Si así es, mi camarera, bien te lo entiendo pagar. Otro día de mañana cartas de fuera le traen: tintas venían por dentro, de fuera escritas con sangre, que su Roldán era muerto en caza de Roncesvalles.

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