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Pedro Salinas: selección de poemas

· 34 min

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Sobre este episodio

Voz: Manuel López Castillleja ¡Qué gran víspera el mundo! ¡Qué gran víspera el mundo! No había nada hecho. Ni materia, ni números, ni astros, ni siglos,... nada. El carbón no era negro ni la rosa era tierna. Nada era nada, aún. ¡Qué inocencia creer que fue el pasado de otros y en otro tiempo, ya irrevocable, siempre! No, el pasado era nuestro: no tenía ni nombre. Podíamos llamarlo a nuestro gusto: estrella, colibrí, teorema, en vez de así, “pasado”; quitarle su veneno. Un gran viento soplaba hacia nosotros minas, continentes, motores. ¿Minas de qué? Vacías. Estaban aguardando nuestro primer deseo, para ser en seguida de cobre, de amapolas. Las ciudades, los puertos flotaban sobre el mundo, sin sitio todavía: esperaban que tú les dijeses: “Aquí”, para lanzar los barcos, las máquinas, las fiestas. Máquinas impacientes de sin destino, aún; porque harían la luz si tú se lo mandabas, o las noches de otoño si las querías tú. Los verbos, indecisos, te miraban los ojos como los perros fieles, trémulos. Tu mandato iba a marcarles ya sus rumbos, sus acciones. ¿Subir? Se estremecía su energía ignorante. ¿Sería ir hacia arriba “subir”? ¿E ir hacia dónde sería “descender”? Con mensajes a antípodas, a luceros, tu orden iba a darles conciencia súbita de su ser, de volar o arrastrarse. El gran mundo vacío, sin empleo, delante de ti estaba: su impulso se lo darías tú. Y junto a ti, vacante, Por nacer, anheloso, Con los ojos cerrados, Preparado ya el cuerpo Para el dolor y el beso, con la sangre en su sitio, yo, esperando ¡ay, si no me mirabas! a que tú me quisieses y me dijeras: “Ya”. ¡Qué alegría, vivir sintiéndose vivido! ¡Qué alegría, vivir sintiéndose vivido! Rendirse A la gran certidumbre, oscuramente, De que otro ser, fuera de mí, muy lejos, Me está viviendo. Que cuando los espejos, los espías -azogues, almas cortas-, aseguran que estoy aquí, yo inmóvil, con los ojos cerrados y los labios, negándome al amor de la luz, de la flor y de los hombres, la verdad trasvisible es que camino sin mis pasos, con otros, allá lejos, y allí estoy buscando flores, luces, hablo. Que hay otro ser por el que miro el mundo Porque me está queriendo con sus ojos. Que hay otra voz con la que digo cosas No sospechadas por mi gran silencio; Y es que también me quiere con su voz. La vida -¡Que transporte ya!-, ignorancia De lo que son mis actos, que ella hace, En que ella vive, doble, suya y mía. Y cuando ella me hable De un cielo oscuro, de un paisaje blanco, Recordaré Estrellas que no vi, que ella miraba, Y nieve que nevaba allá en su cielo. Con la extraña delicia de acordarse De haber tocado lo que no toqué Sino con esas manos que no alcanzo A coger con las mías, tan distantes. Y todo enajenado podrá el cuerpo Descansar, quieto, muerto ya. Morirse En la alta confianza De que este vivir mío no era sólo Mi vivir: era el nuestro. Y que me vive Otro ser por detrás de la no muerte. Tú vives siempre en tus actos... Tú vives siempre en tus actos. Con la punta de tus dedos pulsas el mundo, le arrancas auroras, triunfos, colores, alegrías: es tu música. La vida es lo que tú tocas. De tus ojos, sólo de ellos, sale la luz que te guía los pasos. Andas por lo que ves. Nada más. Y si una duda te hace señas a diez mil kilómetros, lo dejas todo, te arrojas sobre proas, sobre alas, estás ya allí; con los besos, con los dientes la desgarras: ya no es duda. Tú nunca puedes dudar. Porque has vuelto los misterios del revés. Y tus enigmas, lo que nunca entenderás, son esas cosas tan claras: la arena donde te tiendes, la marcha de tu reloj y el tierno cuerpo rosado que te encuentras en tu espejo cada día al despertar, y es el tuyo. Los prodigios que están descifrados ya. Y nunca te equivocaste, más que una vez, una noche que te encaprichó una sombra -la única que te ha gustado-. Una sombra parecía. Y la quisiste abrazar. Y era yo. Ayer te besé en los labios. Ayer te besé en los labios. Te besé en los labios. Densos, rojos. Fue un beso tan corto que duró más que un relámpago, que un milagro, más. El tiempo después de dártelo no lo quise para nada ya, para nada lo había querido antes. Se empezó, se acabó en él. Hoy estoy besando un beso; estoy solo con mis labios. Los pongo no en tu boca, no, ya no — ¿adónde se me ha escapado?—. Los pongo en el beso que te di ayer, en las bocas juntas del beso que se besaron. Y dura este beso más que el silencio, que la luz. Porque ya no es una carne ni una boca lo que beso, que se escapa, que me huye. No. Te estoy besando más lejos. Cuando cierras los ojos, Cuando cierras los ojos, tus párpados son aire. Me arrebatan: me voy contigo, adentro. No se ve nada, no se oye nada. Me sobran los ojos y los labios, en este mundo tuyo. Para sentirte a ti no sirven los sentidos de siempre, usados con los otros. Hay que esperar los nuevos. Se anda a tu lado sordamente, en lo oscuro, tropezando en acasos, en vísperas; hundiéndose hacia arriba con un gran peso de ala Cuando vuelves a abrir los ojos, yo me vuelvo afuera, ciego ya, tropezando también, Sin saber más vivir ni en el otro, ni en el tuyo, ni en este mundo descolorido en donde yo vivía. Inútil, desvalido entre los dos. Yendo, viniendo de uno a otro cuando tú quieres, cuando abres, cuando cierras los párpados, los ojos. Cuando tú me elegiste Cuando tú me elegiste -el amor eligió- salí del gran anónimo de todos, de la nada. Hasta entonces nunca era yo más alto que las sierras del mundo. Nunca bajé más hondo de las profundidades máximas señaladas en las cartas marinas. Y mi alegría estaba triste, como lo están esos relojes chicos, sin brazo en que ceñirse y sin cuerda, parados. Pero al decirme: “tú” a mí, sí, a mí, entre todos-, más alto ya que estrellas o corales estuve. Y mi gozo se echó a rodar, prendido a tu ser, en tu pulso. Posesión tú me dabas de mí, al dárteme tú. Viví, vivo. ¿Hasta cuándo? Sé que te volverás atrás. Cuando te vayas retornaré a ese sordo mundo, sin diferencias, del gramo, de la gota, en el agua, en el peso. Uno más seré yo al tenerte de menos. Y perderé mi nombre, mi edad, mis señas, todo perdido en mí, de mí. Vuelto al osario inmenso de los que no se han muerto y ya no tienen nada que morirse en la vida. No quiero que te vayas No quiero que te vayas dolor, última forma de amar. Me estoy sintiendo vivir cuando me dueles no en ti, ni aquí, más lejos: en la tierra, en el año de donde vienes tú, en el amor con ella y todo lo que fue. En esa realidad hundida que se niega a sí misma y se empeña en que nunca ha existido, que sólo fue un pretexto mío para vivir. Si tú no me quedaras, dolor, irrefutable, yo me lo creería; pero me quedas tú. Tu verdad me asegura que nada fue mentira. Y mientras yo te sienta, tú me serás, dolor, la prueba de otra vida en que no me dolías. La gran prueba, a lo lejos, de que existió, que existe, de que me quiso, sí, de que aún la estoy queriendo. No, no te quieren, no... No, no te quieren, no. Tu sí que estás queriendo. El amor que te sobra se lo reparten seres y cosas que tú miras, que tú tocas, que nunca tuvieron amor antes. Cuando dices: "Me quieren los tigres o las sombras" es que estuviste en selvas o en noches, paseando tu gran ansia de amar: No sirves para amada; tu siempre ganarás, queriendo, al que te quiera. Amante, amada no. Y lo que yo te dé, rendido, aquí, adorándote, tú misma te lo das: es tu amor implacable, sin pareja posible, que regresa a sí mismo a través de este cuerpo mío, transido ya del recuerdo sin fin, sin olvido, por siempre, de que sirvió una vez para que tú pasaras por él -aún siento el fuego- ciega, hacia tu destino. De que un día entre todos llegaste a tu amor por mi amor. Mira, vamos a salir Mira, vamos a salir de tanto ser tú y ser yo. Deja tu cuerpo dormido, deja mi cuerpo a tu lado, déjalos. Deja tu nombre y el mío, deja lo que nos dolió y vamos a descansar de nosotros, con nosotros; vamos a jugar a que éramos los mismos, pero otros dos. Ya sin el cuerpo ni el nombre vamos a probarnos formas, seres, a ver si vivimos en otra cosa mejor. Vamos a probarnos árboles; dos árboles que aunque tengan muy apartados los troncos, se buscarán por arriba, se encontrarán con sus hojas, se tocarán con la flor. Vamos a probarnos olas que corren una tras otra, separadas y jugando, hasta que en la arena tibia se les acaba el ser dos. Y si aún te sobra materia vamos más allá. Podemos ser dos silencios, tan juntos que nadie sienta que ese silencio de alrededor, es doble, porque dos voces callándose, lo forjaron para entenderse mejor. Y si quieres más probemos a ser luz, tú una llama, yo otra llama, tú una mitad, yo la otra de esa luz, que para serlo a los dos nos necesita y nos contiene a los dos. Y todavía podemos huir más allá: fingirnos que no existimos, vivir en un mundo prenatal en donde estar juntos sea un inmenso estar perdidos uno en otro, indivisibles, como en el mar y en el cielo, antes que los separara Dios, Y luego verás qué alegre es el regreso a nosotros, el encontrarme contigo, conmigo, con el dolor, con tu voz y con mi nombre. Verás, verás, qué milagro es mirarnos, es tocarnos, verás qué revelación es vernos, volver a vernos en estos rostros fatales donde el alma nos vivió. Por jugar a que dejábamos de amarnos, ¡qué verdadero nos va a ser siempre el amor! ¡Qué pareja nos va a nacer, tan alegre, tan segura, de este adiós! Ahora te veo más clara. Ahora te veo más clara. No, no es por el mediodía, por favor de la mañana. Es que lloraste y lloré, porque ya no nos veíamos. Y nos vimos por las lágrimas. Las lágrimas fueron luz. Al pasar por sus cristales, puras lentes del dolor, tu imagen se quedó limpia, ya para siempre, en mi alma. Ahora te tengo más alta. Te he hecho sufrir sin querer, por quererte. Cada angustia que de mi amor te ha nacido en vez de hundirte en la pena a otro escalón te empinaba de tu propia gloria en mí. Cada dolor por mi culpa te volvía más sagrada. Ahora no estás a mi lado: miro hacia arriba y te veo. Pero tú hacia mí te inclinas, y hasta mi suelo me tiendes, escala de tu cariño, desde arriba, tu mirada. Ahora estás lejos. Mi afán de tenerte siempre cerca te dio a ti afán de distancia. Yo, ciego, siempre creyendo que los abrazos enlazan, te abrazaba y abrazaba. Ahora ya sé que los árboles tienen sus pájaros fieles porque las ramas no atan: ofrecen. Y que las nubes nunca desertan los cielos porque los cielos las dejan que ellas escojan su rumbo y que vengan o se vayan como quieran, siempre abiertos para que se busquen ellas su camino. Amor, o cielo, no son un camino, son una oferta de infinitos caminos, a nubes, almas. ¿Estarás ahora más cerca? ¿Tú, libre, suelta, lejana, estarás ahora viniendo hacia mí, porque me callo, porque mi voz silenciosa, ardiendo toda de espera, parece que no te llama? Qué contenta estará el agua Qué contenta estará el agua mañana, cuando despierte y se encuentre con su cauce, los dos brazos que la llevan estrechada a su destino, entre orillas que se alegran! ¡Qué feliz será la luz, mañana, cuando se encuentre a los ojos, que se apresan, y la emplean, y sirve ya para ver! ¡Qué perfecto será el pájaro cuando se encuentren sus alas, y su cuerpo y los albores del día, indeciso aún, con un pío, con un cántico, en la garganta dormido, que dé voz a la mañana! Pero el alma, dime, el alma que al otro día de aquel se encuentra ya sin más ojos, sin más manos, sin más pies, que los tristemente suyos, que los solos, dime: ¿En qué cauce, en qué luz, en qué canto va a vivir si ya no le queda más que el cuerpo suyo a esa alma. [¡CUÁNTAS VECES TE HAS VUELTO!] ¡Cuántas veces te has vuelto! Recuerdo que una noche te pusiste de espalda a mí, como si me olvidaras. ¿Es la espalda el olvido? Tu espalda, ancha, espaciosa era un olvido por donde mi recuerdo iba buscando delicias de tu cuerpo frente a frente, como otras veces me lo diste; igual que la mirada se pasea tristísima de lucero en lucero, por las estrellas de la noche, de esa gran espalda, la noche, del gran cuerpo del mundo, luz y día. Me faltaba la luz total, tu frente, tú de frente, pero mis ojos por el ámbito quieto de tu espalda encontraban las señas milagrosas del otro lado, sí, los restos de tu luz. Y a esa luz de tu luna, de tu dorso, del resplandor de ti que aún me quedaba, supe esperar a que volviese el día: de un reflejo viví de lo vivido. Te volviste por fin, al despertar. ¡Cuántas veces me has dado la espalda más terrible, que es la ausencia! ¿Por qué no despedirse de frente, sí, de frente, ir paso a paso atrás, pero mirándose, de modo que la última imagen de nosotros fuera siempre la de unos ojos que aunque ya no ven siguen mirando siempre a lo que quieren? Una mirada que traspasase vanas apariencias: paredes, seres, cielos, años, que esa casualidad llamada vida se encapriche en poner entre los dos destinos que llevan nuestras iniciales. Dos seres no se apartan más que cuando engañados: porque ya no se ven se creen que están solos y dejan de mirarse, sin tomar la lección del mar y el cielo, que vencen sus distancias contemplándose. Si tú te equivocaste alguna noche bailando con algunas realidades tan sólo porque estaban a tu lado es por no serme fiel con la mirada. Yo estaba allí. Ninguna soledad me dolió tanto como esta de los ojos sin respuesta. Y también el silencio es una espalda. ¡Cuántas veces he estado esperando tu voz, como esperando un movimiento de tu ser entero, un volverte total hacia mi alma! Hablar siempre es volverse. Si tu voz viene a mí es que tu cara está frente a mi cara. Al hablarnos nos vemos. El silencio por inmenso que sea se quebranta echando en él un nombre de persona; lo mismo que una vasta superficie de agua vibra toda y cambia su dureza cristalina por un temblor de pecho palpitante, respiración concéntrica de ondas, si alguien en ella arroja una piedra, y su peso, como un hombre. Una palabra puede salvarlo todo si se la echa allí en el agua del alma que la espera. Una noche yo mismo, por darme tú la espalda del silencio, me sentí vidrio, hielo, sin hondura detrás, y yo vacío, que iba a hacerse pedazos en cuanto lo tocara algún azar. Y de pronto tu voz, tu voz cayendo en el centro de mí me hizo sentir la vida como un crecer de amor y amor y amor dentro de amor, en infinitas ondas que llenaron mi ser hasta los bordes donde se acaba el ser y empieza el mundo. Es porque te volviste, con tu voz. Siempre te volverás; es tu promesa. Y aunque un día no me hables, ni me mires, ni estés cerca, aunque parezca que ya no existes, esperaré que vuelvas, que te vuelvas. Por ti creo en la vida que está siempre queriendo volverse hacia sí misma, hacia la vida. Por ti creo en la resurrección, más que en la muerte. La rosa, la rosa pura. La rosa, la rosa pura. Quiero mandarte la pura rosa. La que no tiene símbolo ni signo. La que no pese porque recuerda un recuerdo. La que no cante porque se cogió con el gozo. La que no tenga fecha, la que sea su nacimiento puro. La que no diga: “Me quieres”, ni: “Te quiero”. La que diga tan sólo: “Soy mis pétalos, mi color, mi forma, soy la rosa pura. Tómame”. La que no pida que te la pongas en el pecho. La que se contente con el encuentro de su color y tus ojos, de tu mirada, un instante. Con el contacto de su materia y tu vida: tu mano, un instante. La que te deje vivir sin rosas, si tú no quieres tener la rosa en tu vida. Me lavaré las manos toda una noche entera en el agua lenta y lustral de los ríos del sueño, para cogerla de mañana antes de que despierte la conciencia, porque quiero cogerla con los dedos, no quiero cogerla con un pensamiento. Y si la cojo así y así te llega, mis pies recordarán haber pisado el paraíso, antes del bien y el mal, de la mujer y el hombre. Y yo seré una sombra, y tú serás otra sombra, sin otra realidad que la que crea el ofrecernos una rosa pura. Para vivir no quiero Para vivir no quiero islas, palacios, torres. ¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres! Quítate ya los trajes, las señas, los retratos; yo no te quiero así, disfrazada de otra, hija siempre de algo. Te quiero pura, libre, irreductible: tú. Sé que cuando te llame entre todas las gentes del mundo, sólo tú serás tú. Y cuando me preguntes quién es el que te llama, el que te quiere suya, enterraré los nombres, los rótulos, la historia. Iré rompiendo todo lo que encima me echaron desde antes de nacer. Y vuelto ya al anónimo eterno del desnudo, de la piedra, del mundo, te diré: «Yo te quiero, soy yo».

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