Luis Cernuda. Cap. 21 y 22 de Ocnos. La ciudad a distancia y El maestro
Sobre este episodio
Locución: manuel López Castilleja Fondo musical: The Photographer_Robin Spielberg LA CIUDAD A DISTANCIA EN el esplendor del mediodía estival iba el barco hacia San Juan, río abajo. Cantaban las cigarras desde las márgenes, entre las ramas de álamos y castaños, y el agua, de un turbio color rosáceo de arcilla, se cerraba perezosa sobre la estela irisada. En la pesadez ardiente del aire, era grato sentir el leve vaivén con que el agua mecía la embarcación, llevándonos con ella, sin un deseo el cuerpo, sin un cuidado el alma. El pueblo estaba en la ladera de una colina. Las casas blancas, de rejas verdes, quedaban abajo, y por el camino que subía, cortada su pendiente con escalones y rellanos, brillaba el polvo bajo la mancha gris de los olivos. Arriba estaba la iglesia, y dentro de ella, al fondo, a través de la penumbra, se vislumbraba el huerto: una galería cubierta por verde emparrado que la luz teñía con un viso de oro traslúcido. Al salir afuera, sobre el repecho del terrado, surgía la vega dilatada, la tierra de cálidos tonos que oscurecían los sembrados, el río ancho y tranquilo, sobre cuyas aguas centelleaba el sol. Más allá, de la otra margen, estaba la ciudad, la aérea silueta de sus edificios claros, que la luz, velándolos en la distancia, fundía en un tono gris de plata. Sobre las casas todas se erguía la catedral, y sobre ella aun la torre, esbelta como una palma morena. Al pie de la ciudad brotaban desde el río las jarcias, las velas de los barcos anclados. Junto al muro encalado donde se abría aquel balcón, en la terraza, estaba adosado un banco que ofrecía asiento a la sombra. Todo aparecía allá abajo: vega, río, ciudad, agitándose dulcemente como un cuerpo dormido. Y el son de las campanas de la catedral, que llegaba puro y ligero a través del aire, era como la respiración misma de su sueño. EL MAESTRO LO fue mío en clase de retórica, y era bajo, rechoncho, con gafas idénticas a las que lleva Schubert en sus retratos, avanzando por los claustros a un paso corto y pausado, breviario en mano o descansada ésta en los bolsillos del manteo, el bonete derribado bien atrás sobre la cabeza grande, de pelo gris y fuerte. Casi siempre silencioso, o si emparejado con otro profesor acompasando la voz, que tenía un tanto recia y campanuda, las más veces solo en su celda, donde había algunos libros profanos mezclados a los religiosos, y desde la cual veía en la primavera cubrirse de hoja verde y fruto oscuro un moral que escalaba la pared del patinillo lóbrego adonde abría su ventana. Un día intentó en clase leernos unos versos, trasluciendo su voz el entusiasmo emocionado, y debió serle duro comprender las burlas, veladas primero, descubiertas y malignas después, de los alumnos —porque admiraba la poesía y su arte, con resabio académico como es natural. Fue él quien intentó hacerme recitar alguna vez, aunque un pudor más fuerte que mi complacencia enfriaba mi elocución; él quien me hizo escribir mis primeros versos, corrigiéndolos luego y dándome como precepto estético el que en mis temas literarios hubiera siempre un asidero plástico. Me puso a la cabeza de la clase, distinción que ya tempranamente comencé a pagar con cierta impopularidad entre mis compañeros, y antes de los exámenes, como comprendiese mi timidez y desconfianza en mí mismo, me dijo: «Ve a la capilla y reza. Eso te dará valor». Ya en la universidad, egoístamente, dejé de frecuentarlo. Una mañana de otoño áureo y hondo, en mi camino hacia la temprana clase primera, vi un pobre entierro solitario doblar la esquina, el muro de ladrillos rojos, por mí olvidado, del colegio: era el suyo. Fue el corazón quien sin aprenderlo de otros me lo dijo. Debió morir solo. No sé si pudo sostener en algo los últimos días de su vida.