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Luis Cernuda: Cap. 24 de Ocnos. El viaje

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Sobre este episodio

Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: Wait There_Yiruma En los estantes de la biblioteca paterna, y a escondidas, porque no le permitían su uso, halló el niño unos tomos en folio de encuadernación rojo y oro, por cuyas páginas se ahondaban los grabados con encanto indecible. Ellos fueron quizá los que primero llamaron su atención, más que los nombres de ciudades desconocidas que llevaban en el lomo: Roma, París, Berlín. Luego, en otros rincones de la biblioteca y no tan a la vista, le aparecieron pliegos sin encuadernar de libros idénticos; pero esta vez los países y las comarcas de que hablaban eran más remotos: India, Japón, regiones vastas del continente africano y americano. Luego supo que algunas de aquellas obras eran famosas en la literatura de viajes, como la del capitán Cook o las exploraciones de Stanley en busca de Livingstone. El niño entonces sólo sabía contemplar largamente los grabados e ir de ellos al texto, saturándose de la variedad, de la vastedad, de la maravilla del mundo. Ningún deseo despertaba en él todavía de ver en la realidad aquellas ciudades, aquellos países de que los libros le hablaban. Tan feliz era, tan plenamente feliz hojeando y leyendo sus libros: le bastaba entonces la imaginación, la visión interior, cuya riqueza en él no conocía, aunque la poseyera. Y con su libro voluminoso bajo la lámpara de invierno o sobre uno de los peldaños (lo fresco del mármol era otro aliciente durante la lectura estival) de la escalera que bajaba al patio, a la luz dulce tamizada por el toldo, leía y leía, veía y veía, atesorando en la mente ríos y mares, paisajes y ciudades, calles y plazas, edificios y monumentos. (Tan bien que, años más tarde, cuando la visita primera a una de las ciudades de sus libros, fue reconociéndola toda como si en una existencia anterior la hubiese habitado.) Mas con esas y otras lecturas iba aprendiendo que ni la vida ni el mundo eran, o al menos no eran sólo, aquel rincón nativo, aquellas paredes que velaban sobre su existir infantil; y sembrando así para la curiosidad adolescente la semilla, el germen de una dolencia terrible (terrible en el caso, que precisamente era el suyo, de quien, privado de fortuna, debiera afincar en un sitio y pasar allí la vida, ganando en un trabajo ingrato lo suficiente para llegar de un día al otro): la dolencia que consiste en un afán de ver mundo, de mirar cuanto se nos antoja necesario, o simplemente placentero, para formación o satisfacción de nuestro espíritu. Y poco a poco, exacerbado el mal con la crisis del crecimiento juvenil, la sirena de un buque en el puerto o el silbato de un tren en el campo le herían como una puñalada, al provocar a su imaginación siempre dispuesta al periplo. Mucho más si se cree, como creía él, que lo que nuestro deseo no halla al lado va a hallarlo a la distancia. Viejo es aquello que dijo alguno: quien corre allende los mares muda de cielo, pero no muda de corazón; lo cual acaso sea verdad (no en este caso particular de que hablamos), mas nunca sabremos que no mudaríamos de corazón, de no correr allende los mares. Lo cual de por sí sería ya razón suficiente para ir de un lugar a otro, manteniendo al menos así, viva y despierta hasta bien tarde, la curiosidad, la juventud del alma.

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