Luis Cernuda: Apéndice de Ocnos. Escrito en el agua
Sobre este episodio
Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: Aufklarung_Melodramma jamendo.com DESDE NIÑO, tan lejos como vaya mi recuerdo, he buscado siempre lo que no cambia, he deseado la eternidad. Todo contribuía alrededor mío, du¬rante mis primeros años, a mantener en mí la ilusión y la creencia en lo permanente: la casa fa¬miliar inmutable, los accidentes idénticos de mi vi¬da. Si algo cambiaba, era para volver más tarde a lo acostumbrado, sucediéndose todo como las es-taciones en el ciclo del año, y tras la diversidad aparente siempre se traslucía la unidad íntima. Pero terminó la niñez y caí en el mundo. Las gentes morían en torno mío y las casas se arruina¬ban. Como entonces me poseía el delirio del amor, no tuve una mirada siquiera para aquellos testimonios de la caducidad humana. Si había des¬cubierto el secreto de la eternidad, si yo poseía la eternidad en mi espíritu, ¿qué me importaba lo demás? Mas apenas me acercaba a estrechar un cuerpo contra el mío, cuando con mi deseo creía infundirle permanencia, huía de mis brazos deján¬dolos vacíos. Después amé los animales, los árboles (he ama¬do un chopo, he amado un álamo blanco), la tie¬rra. Todo desaparecía, poniendo en mi soledad el sentimiento amargo de lo efímero. Yo solo parecía duradero entre la fuga de las cosas. Y entonces, fija y cruel, surgió en mí la idea de mi propia desa-parición, de cómo también yo me partiría un día de mí. ¡Dios!, exclamé entonces: dame la eternidad. Dios era ya para mí el amor no conseguido en este mundo, el amor nunca roto, triunfante sobre la as¬tucia bicorne del tiempo y de la muerte. Y amé a Dios como al amigo incomparable y perfecto. Fue un sueño más, porque Dios no existe. Me lo dijo la hoja seca caída, que un pie deshace al pa¬sar. Me lo dijo el pájaro muerto, inerte sobre la tierra el ala rota y podrida. Me lo dijo la concien¬cia, que un día ha de perderse en la vastedad del no ser. Y si Dios no existe, ¿cómo puedo existir yo? Yo no existo ni aun ahora, que como una sombra me arrastro entre el delirio de sombras, respirando estas palabras desalentadas, testimo¬nio (¿de quién y para quién?) absurdo de mi exis¬tencia.