# Leon Tolstoi: El salto (Cuentos para niños)

Episodio de [Literatura](https://escuchario.semeescucha.es/podcast/literatura-1397174), de Manuel López.

- Publicado: 18 de febrero de 2015
- Duración: 5 min
- Audio: https://www.ivoox.com/leon-tolstoi-el-salto-cuentos-para-ninos_mf_4101531_feed_1.mp3
- Página: https://escuchario.semeescucha.es/podcast/literatura-1397174/episodio/4988877-leon-tolstoi-el-salto-cuentos-para-ninos

## Sobre este episodio

Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: Andre_Tesheiner_Schafe_Konnen_sicher_weiden (JS_Bach) jamendo.com Un barco regresaba al puerto después de dar la vuelta al mundo; el tiempo era bueno y todos los tripulantes se hallaban en cubierta. Entre la gente, iba y venía una mona grande haciendo reír a todos. La mona bailoteaba, brincaba, hacúa graciosas muecas, imitaba a la gente y, al parecer se daba cuenta de que los hombres se divertían y redoblaba por ello sus travesuras. Súbitamente se acercó de un salto al hijo del capitán del barco, niño de unos doce años, le quitó el sombrero, se lo encasquetó ella misma y trepó rápida por uno de los palos. Todos se echaron a reír; pero el chico se había quedado sin su sombero y no sabía si imitar a los demás o si echarse a llorar. La mona se sentó en la primera verga, se quitó el sombrero y se puso a destrozarlo con manos y dientes. Al parecer, quería que el chico rabiase, pues le señalaba con el dedo y hacía muecas. El chico la amenazó con el puño y le dio unos gritos; pero la mona no hizo más que redoblar la furia con la que destrozaba el sombrero. Los marinos reían ya a mandíbula batiente. Pero el chico, todo arrebolado, se quitó la blusa y se dispuso a atrapar a la mona. En un santiamén trepó por un estay a la primera verga, pero la mona, más ágil y rápida que él, subió más a rriba en el mismo instante en que el chico creía que iba a arebatarle el sombrero. -¡No te escaparás! -gritó el chico, y siguió trepando. La mona lo dejó acercarse y, luego, ascendió más alto, pero el chico, lanzado a la persecución, no quedaba a la zaga. En cosa de unos instantes la mona y el chico llegaron a lo alto del palo. Una vez a llí la mona se estiró cuanto pudo y, asiéndose con una mano trasera al estay, colgó el sombrero de la punta de la última verga, se subió a la cima del mástil y, bailoteando, mostraba los dientes, muy contenta. Del palo a la punta de la verga en que colgaba el sombrero habría cosa de metro y medio. Por ello, para alcanzar el sombrero había que soltar el palo. Pero el chico ya no se daba cuenta de nada. Soltó el mástil y dio un paso por la verga. En cubierta todos miraban y se reían de lo que hacían la mona y el hijo del capitán, pero, cuando vieron que el chico soltaba la cuerda y avanzaba por la verga, manteniendo el equilibrio con los brazos extendidos, todos enmudecieron de espanto. Si el chico daba un paso en falso, se estrellaría contra la cubierta. Pero incluso si no daba un paso en falso, llegaba a la punta de la verga y lograba coger el sombrero, le sería muy difícil dar la vuelta y volver hasta el palo. Todos lo miraban esperando a ver qué sucedía. De pronto alguien horrorizado dejó escapar un ¡ay! Aquel grito hizo que el chico volviera en sí. Miró abajo y se tambaleó. En aquel mismo instante, su padre, el capitán del barco, salía de su camarote. Llevaba en las manos un rifle con el que se disponía a matar gaviotas. Al ver al hijo en lo alto del palo, le apuntó con el rifle y le gritó: -¡Al agua!...¡Salta enseguida al agua! ¡Si no, te mato!... El chico se tambaleó pero no había entendido al padre. -¡Salta o te pego un tiro!... ¡Una, dos!... Apenas el padre hubo gritado: -¡Tres!... -el chico saltó cabeza abajo. El cuerpo del chico cayó al mar como un proyectil de artillería, y apenas las aguas se hubieron cerrado sobre él, cuando veinte bravos marineros saltaban ya del barco a las olas. Unos cuarenta segundos después -a todos parecieron infinitamente largos- emergió el cuerpo del niño. los marineros lo asieron y lo llevaron al barco. A los pocos minutos, el agua fluía ya de la boca y la nariz del niño, que comenzó a respirar. Cuando el capitán vio esto, dejó escapar un grito, como si algo lo estrangulara, y corrió a su camarote, para que nadie lo viera llorar.

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