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Luis de Castro Llera: La piedra de Alba

· 20 min

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Sobre este episodio

Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: Maya_Filipi_Stories_from_Emona_II jamendo.com Telato ganador del II certamen internacional de narraciones breves Fernando Belmonte, organizado por el IES Dolmen de Soto de Trigueros (Huelva) ¡Hola! Soy una piedra y estoy aquí; en una bolsa de plástico transparente que alguien colocó dentro de una caja metálica, lóbrega y oscura. Vine a este lugar obligada —corno siempre voy o vengo— por las circunstancias. Desde que nací todos los tumbos que he dado han sido provocados por otros, sin que a na¬die le importara mi opinión o pidiera mi parecer, aunque tampoco imagino que pudiera haber sido de otra forma. Tantos vaivenes llevo en mis reales que no com¬prendo cómo no formo parte, ya, de las arenas del desierto o del polvo cósmico. Sobre todo desde que un humano al que llaman Luis me sacó del último refugio que la Naturaleza me había buscado y me trajo a esta ciudad, grande e inhóspita, bulliciosa y precipitada, de la que sólo saqué extrañas experiencias indignas de una hija de la Tierra como yo. Sé que, viniendo de una piedra, es difícil que alguien crea lo que quiero contar. Allá ustedes y su soberbia. La verdad es que el poco tiempo que llevo en contacto con seres humanos me basta para pensar que ésta —la soberbia— es una de las principales características de mis captores; es más, creo que sin ella no serían quienes son. Diría, si pudiera decir, que la evolución se esmeró en ellos, especial¬mente en dotarlos de un ego sobredimensionado y absurdo. No se les dotó del equilibrio suficiente para discernir el hecho de que no son el centro, sino pura y simple periferia, una verruga cósmica que, en cierta forma, estropea la estética de la evolución poniendo una mácula en el historial del Creador. Si poner en el Mundo a los humanos fue el examen de reválida, Dios no sacó la nota mínima. También es verdad que, si los creó para comprobar si su obra aguantaría los me¬neos del tiempo y de otras circunstancias, no pudo esmerarse más. Si consegui¬mos aguantar la epidemia humana, nada en la infinidad de los tiempos acabará con el universo y la evolución seguirá cambiándonos en la norma de la Naturaleza sin injerencias "inteligentes" ni "ayudas externas". Mi historia se inicia, como la de todas las piedras: de una forma ardiente, calcinante y hermosamente tórrida. Entre chispas y destellos, sin forma definida. Tan pronto era yo como no lo era; alargada, redonda, golpeada y maleada. Alegre¬mente tratada por las fuerzas del caos y mimada por el azar. Era el tiempo en que la "Madre Tierra" nos paría con juvenil contento. De su tórrido vientre emergían miríadas de hijos diferentes y ninguno era malo y todos bienvenidos. No fue un parto doloroso —no puedo sentir dolor—. No fue un nacimiento traumático —por más que lo piense el que viera mi creación—, fue algo alegre y dinámico. Una sinfonía de colores cálidos y discursos grandilocuentes. Cuando la Tierra se abrió y la presión de las masas me expulsó del seno materno, todo fue nuevo para mí: el aire que me rodeó, el agua que me enfrió, los congéneres que me acogieron en su seno y una multitud de apasionantes sobresaltos que hicieron de mí un pilar más de los que sostienen este heterogéneo mundo. Una minúscula estrella más, brillante y singular, rodeada de millones de puntos luminosos que se disponían a formar parte del mosaico universal. Gritos y silencios, destellos y oscuridades, caos y quietud y esperas en el tiempo en que todo queda por venir. Poco tiempo pasó hasta que el agujero, por el que vi la luz, se cerrara, dándome, en un principio, la impresión de desamparo y soledad. Deambulaban las épocas entre mis átomos, uniones y rupturas, roces y quebrantos sucedíanse mientras el agua marina, que me prestaba compañía y daba sucesos a mi tiempo, otorgaba forma a mis contornos y color a mis sustancias. El fondo del mar era mi hogar y el aburrimiento no conseguía entrar entre mis moléculas; ora las corrien¬tes, ora un maremoto, ora el frío, ora el calor, todos se ponían de acuerdo para hacer de mis eras una sucesión de sentimientos y situaciones de las que aprender. Tan pronto una fuerza me sacaba del agua y me colocaba en una playa, como otra me hundía en una sima. Tanto tiempo pasé bajo el hielo como rodada en la arena, mientras el viento jugaba conmigo. Tanto en el lecho de un río como en la cima de una montaña... ¿Puede alguien presumir de algo parecido?... ¿Puede alguien jactarse de un acopio de experiencias semejante?... ¿Puede alguien dudar de la multitud de escenas que pasaron ante mí?... ¿Puede alguno, si no son el aire y el líquido elemento, enorgullecerse junto a mí de haber aprendido tanto sin que por ello nos llamen sabios? Qué especulativa soberbia aquella que sólo nos otorga el hecho de "estar" y no el título de "ser". Fenómenos y más fenómenos me rodeaban mostrándose ante mí cual son, sin hipocresía ni fastos pretenciosos. Era una metamorfosis permanente, en la que yo era una actriz más donde todos habíamos sido contratados de protagonistas. Transmutación de formas y tonos en una sucesión sin fin de la que sólo mi con¬ciencia —que no es conciencia— daba fe. Un día algo apareció ante mí. En un principio, nada llamó mi atención, pero instantes después cierta parte de mi ser me dijo que aquello era nuevo... Nuevo y alucinante. Crecía rápido, extraordinariamente rápido, y cambiaba cons¬tantemente de forma, color y textura. Después alguien me dijo que eso era la vida y que se estaba extendiendo por toda nuestra Tierra. Se movían y relacionaban entre sí a velocidades desconocidas para mí. Tan pronto crecían como mengua¬ban, tan pronto abundaban como casi se extinguían. Se hicieron omnipresentes y todo les rodeaba como si estuviesen colocados, cada uno de ellos, en el centro del mundo. Pero morían... siempre morían. Semejante estupidez no podía ser real. En vez de transformarse y seguir siendo algo en sí, fenecían y terminaban imitándonos a nosotras: las mondas, duras y lirondas piedras. Algunos, incluso, se empeñaban en seguir manteniendo sus formas en un vano intento de continuar existiendo como algo tan imperfecto como un ser vivo. Con el tiempo aprendimos a convivir, pero ellos allá y nosotros acá. Sin mezclarnos. Cada uno era cada cual y yo era yo. Poco a poco me erosionaba o crecía, dependiendo de las circunstancias. La pena —que no es pena en mí— se mezclaba con la alegría —que tampoco lo es— y formaba un sentimiento incom¬prensible para un ser que no se comprende a sí mismo. El tiempo, las eras, las épocas, son sólo muescas en los enlaces de mis moléculas de las que extraigo cono¬cimiento puro y no sentimientos inútiles. La cohabitación me enseñó a saborear el orgullo de ser lo que soy y a destilar compasión por esos que mueren a diario sin haber aprendido nada; sin haber tenido tiempo de sacar consecuencias, sólo de nacer y ser amortajados... Pero en fin, siempre hubo clases. En éstas andaba cuando me detuve a descansar en un lugar llamado por los humanos Collado de Alba. Era, y creo que lo sigue siendo, un lugar bonito e ideal para una piedra como yo. En medio de un sitio al que nombran Pirineo, fresco y aventado en invierno, tranquilo y soleado en verano, reunía todas las cualidades necesarias para plantar allí mis reales y pasar una larga temporada abandonada a la placidez del lugar. La lluvia, la nieve, el hielo, el sol y el viento entretenían mis pensamientos sin atosigarme y dando tiempo a hacer mías todas las sensaciones —que no son sentimientos— que me apeteciera..., hasta un cuervo se acordó de mí regalándome una bonita deyección que adornó mi superficie durante mucho tiempo... Hasta que un día aparecieron por allá unos humanos. Venían sudorosos y, en un principio, se quejaban de todo: el esfuerzo para llegar allí, el aire que por momentos les fustigaba, el sol que les cegaba, pero luego, más tranquilos, empeza¬ron a alabar las bellezas de mi casa. Comieron, bebieron, descansaron y hablaron. Uno de ellos comentó al resto que su hija tenía el mismo nombre que el mapa asignaba a este lugar y que se llevaría una piedra como recuerdo para regalársela a ella. Los otros se mostraron complacidos, pero comentaron que, ni aún siendo pequeña —la piedra—, cargarían con más peso para el descenso. Sin más palabras y ante mi estupefacción me escogió a mí. Vaya vuelco en mi historia. Pasaba en un instante de la más absoluta de las libertades a la más completa de las esclavitudes. En ese momento eché de menos estar viva para gritar, para llorar, para escaparme o para morir, pero todo no puede ser perfecto, y callada, impávida e inmóvil des¬cendí desde el collado en el oscuro interior de una mochila que olía a anchoas y tortilla de patatas. Llena de grasa, rodeada de migas de pan y emparejada con calcetines suda¬dos, me sacaron de la bolsa en un mundo nuevo e irreconocible. Un mundo lleno de cosas artificiosas y formas extrañas, donde el movimiento es el rey y el sonido el secretario, donde la paz es la guerra y la guerra el caos, donde lo que vive pasa y lo que muere queda y donde yo no cuadraba bajo ningún concepto. Ya en la casa de mi poseedor, éste me entregó a su hija que mirándome entre sus manos pensó: ¡pues qué mierda de regalo! y me arrojó encima de su escritorio, abandonándome a mi suerte. Desde aquel día todo fueron zarandeos desquician¬tes. De acá para allá y de allá para acá. Ponte encima de ese libro o al lado de éste. Cáete al suelo o juega entre los dedos del distraído. El caso es no parar. No me extraña en absoluto que los vivos se mueran tan rápido. Tantas cosas por hacer y tan poco tiempo para hacerlas es su filosofía. Un día, el tal Luis, al ver el manejo que de mí se hacía y mientras reprochaba a su hija el mal uso que me daba, me secuestró y colocándome en su bolsillo, aseveró que me devolvería a la montaña. Ella, indiferente, se dio la vuelta contestándole que hiciera de mí lo que le viniese en gana. El tal Luis, despechado, aseguró que cumpliría lo dicho pasara lo que pasase y así quedó el asunto: Yo en el bolsillo de un malhumorado humano com¬partiendo espacio con llaves y monedas. Gracias tendría que dar por no haber ido al cubo de la basura conviviendo, otra vez, con residuos orgánicos malolientes. Bonito futuro para una vieja creación natural forjada en el devenir de los siglos cuya historia está siempre a otro y más elevado nivel, y cuyo destino no es el de servir de calzo a un armario o sentarse encima de una base de metacrilato para adorno de una estantería. Qué diría este tal Luis si supiese que eso que lleva en el bolsillo puede contarle, si pudiéramos comunicarnos, la historia del mundo; si siquiera adivinase que vi extinciones, hecatombes, desastres horribles, nacimientos y bienaventuranzas; que por mis ásperas superficies pasó el nacimiento de la vida y han rondado aires de grandiosidad que nunca hubiera soñado por mucho que durmiera toda su corta existencia. Pobre ignorante éste que cree tener poder sobre mí y utilizarme de cualquier cosa... pero no ofende quien quiere. Por mucho que me coloque en un cenicero y apague cigarrillos sobre mí; por más que me sumerja en la pecera de globo del salón con otros secuestrados a la Naturaleza, nunca po¬drá obtener de mí más de lo que yo quiera darle. Su ignorancia es tan densa que es imposible atravesarla con el simple pensamiento o la observación. Me comunican mis colegas que estos tipos han tomado el mundo; que se creen dotados de inteligencia y poder; que estudian el abuso en todas sus formas; que la especulación es su ley máxima. No conviven; malviven en la inmoralidad de la autodestrucción, aún a sabiendas de ello y en el colmo de la estupidez, ni en poner remedio se preocupan. Nos manejan y maltratan enorgulleciéndose de ello... Siento desazón —que no es desazón—, siento rabia —que no es rabia—, siento todo —que no es nada—, porque no puedo sentir como ellos... Pero dentro del crimen está el castigo. Después de muchos empleos y ocupaciones —ninguna digna de mí—, pasé al salpicadero del vehículo propiedad del tipejo que me tenía retenida... Toda mi existencia transcurría entre un lado y otro de este lugar, dependiendo de la dirección de la curva que tomaba el automóvil. Trayectos y más trayectos sin que mi materia se asentara en ningún sitio. Siempre flotando sobre mi patria sin tocarla. Ese fue el transcurrir de los meses siguientes. Traslados en el tiempo y en el espacio para los que estoy preparada, pero para los que no nací. Vivencias aprovechables en mi historia y grabadas como minúsculas señales en los átomos de mi sustancia que nadie sabrá apreciar. Memorias plasmadas durante eones que sólo yo podré explotar... y ese tipo transformado en otro tipo de bestia cuando traspasaba la puerta del automóvil. Agresivo y soez; increpaba, asediaba, insultaba y transgredía normas, una tras otra, sin límite ni cortapisa. Y el día llegó... Una discusión, una amenaza, un improperio. El ruido habi¬tual sube de volumen y se hace más desagradable, si cabe... Dos humanos frente a frente que se increpan, que se miran con recelo y odio sin saber por qué... y la mano que me coge... y me usa... y me usurpa... y me utiliza como quijada de asno para matar al hermano y manchada de sangre me suelta asustado, compungido, abrumado. Entre sonido de claxons, gritos y rabiosos babeos suceden las escenas que preceden al fin de una vida. Estúpido método de aprovecharse de mi experiencia. Cruel destino el de mi sabiduría. ¿Cómo pudo ser? ¿Por qué? ¿Nací de la madre Tierra para esto? ¿Forjó mis formas la Naturaleza para machacar un cráneo mortal? Bien sabe mi anciana juventud que no hay muerte sino vida que se acaba; ni tristeza, sino efímera felicidad; y que ninguna existiría sin que la imperfecta vida hubiera venido a quebrantar la paz de los que no somos dados en las manos del Universo. Llegará el día de la revolución de los "no vivos" y entonces se cerrará el ciclo de la viva existencia de los seres. Todo morirá porque ése, y no otro, es el fin de la evolución y el principio de lo perfecto. Incongruente Naturaleza es ésta en la que las partes dominan el todo y éste sucumbe ante aquéllas. Maldito aquél que cer¬cena la mano que le alimenta y luego pide pan. Llegará el instante en el que toda vuelta atrás sea impensable y la autodestrucción de la vida sea un hecho. ¿Qué será entonces de ese tal Luis? ¿Y de Alba, su hija? ¿Qué importancia tendrá que un ser humano haya matado a otro? Aquí, encerrada en una bolsa, en un estante de un juzgado, espero que ese momento llegue... que llegará. No tengo prisa... Ninguna prisa.

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