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Eva García Barro: Como una santa

· 20 min

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Sobre este episodio

Locución: Manuel López Castilleja Fondo musical: Esther_Garcia_Invention_6_BWV_777_J.S. Bach jamendo.com Me ha encontrado la tía Polita llorando y no he sabido mentirle, tuve que decirle que no soportaba la idea de que Miquito hubiera muerto. Intentó consolarme lo mejor que pudo, pero de nada me sirvió que repitiera un montón de veces que sólo era un gato, un gato muy viejo y que ya se sabe, a los viejos les llega su hora, aunque sean gatos. Y menos me fue útil, aunque también lo repitiera mucho, la idea de que ni siquiera el animalito era mío y de que a Raquel le regalarían otro y que se le había pasado el disgusto antes que a mí. Después escuché el chismorreo entre la tía y mi madre, no sé cómo no se cansan de decirse las mismas cosas, la una a la otra, una y otra vez. – Y ahí estaba, la pobre, gimiendo como si el bicho fuera algo importante. – Esta hija mía... ese exceso de sensibilidad la va a hacer sufrir tanto en esta vida... – Es que va para santa, Merce, siempre te lo dije, no es normal que una cría de su edad se quede por su gusto cuidando de todos. – ¡Y con qué abnegación lo hace! No, no es normal, pero visto lo que se ve ahora por ahí, mejor que sea como es, me quita preocupaciones. – Eso sí. Pero a los diecisiete años y ya lo que ha tenido que pasar. Sin que se le escape una mala palabra, sin descomponer la sonrisa de esa carita de porcelana pura. – Y lo que lleva encima, Poli, que es lo peor. Siempre pendiente de su hermana...tan cariñosa... –Dilo, Merce, dilo, que es la verdad...y cargando conmigo después de haberse sacrificado como lo hizo por Alfredo. –Mujer... –Si es la verdad. Cómo no va a escocerte, ver a la niña quemarse la juventud de esta manera. –¡Polita! ¿Es que he dicho yo eso alguna vez? –No lo dices, pero es normal que lo pienses. A ver si crees que no lo veo yo misma. Pero fue ella la que quiso venirse con nosotros, no lo olvides. –Pues claro que fue idea suya, y no tenía dieciséis añitos. Yo siempre dije que como le afectó tanto lo de su padre... –Más mérito que tiene, ¿no te parece? Otra se hubiera lanzado a disfrutar una adolescencia loca. A mí nadie me quita de la cabeza que va para santa. Esa delicadeza, ese candor de Alba, no se encuentra fácilmente, Merce, te digo que es una santa y cada día se le nota más. –Pero mientras tanto, lo mejor sería que se hiciera enfermera, madera no le falta, ya lo ves. Y las enfermeras encuentran pronto trabajo, y ganan un buen sueldo, y tendría la vida resuelta y podría hacerse cargo de su hermana... Mi madre tiene la manía de resolverle la vida a todo el mundo, sobre todo a mí y de paso, a mi hermana Amanda. Lo de Amanda se entiende, con esas crisis que le dan, tanto tiempo con el asma crónica que la martiriza, pero que deje que cada cual se busque su camino. Una vez se lo dije, muy suave mente, eso sí, pero a pesar de todo se sorprendió mucho de que le llamara la atención. De vez en cuando, les doy un sustillo, es verdad, pero la tía Polita termina siempre interpretando la situación a mi favor, para eso es mi madrina; como cuando aquello de la herencia. –Me parece lo normal, Poli, ahora que falta tu marido, y sin más herederos... –¡Merce! ¡Cómo que sin herederos! ¿Qué es entonces mi ahijada? –Ya, ya, quise decir sin hijos, Poli, sin herederos directos. Pero si se lo dejas todo a Alba... no me parece justo para Amanda, que va a necesitarlo más, que es una enferma, Poli... –¿Y quién te ha dicho que voy a dejar a la pequeña desnuda, mujer? Cada una tendrá su parte. –A Alba le tocará más, por lo que veo... y no es justo, Poli, Amanda es la que está enferma... Si la vieras qué episodios le dan... cada vez peores... –Bueno, eso ya lo se, pero no tiene nada que ver con que teste a tu favor, Merce, tú no pintas nada en el medio. –Mujer, una vez las cosas mías, todo sería para ellas, a partes iguales, y sin pagar casi impuestos, que de padres a hijos apenas hay cargas... La tía Polita vaciló y yo no pude resistirlo. Así que mi madre quería heredar. No había yo esperado esa actitud interesada por su parte y la idea de que tuviera que morir mi madre para que la casa grande fuera mía no me agradaba, a mi madre la quiero, tal vez por todo lo que ha tenido que sufrir y que yo he tenido que presenciar. Me presenté, discretamente, con dulzura, como siempre, pero sin disimular que había oído, al menos parte de la conversación. –¿Serías capaz de darle esta casa a alguien que no fuera yo, tía Poli? ¿De verdad serías capaz de eso? Las dos comprendieron, la tía antes, que la casa grande siempre había sido mi gran ilusión. La casa de la familia, que conservaría, que nunca malvendería ni consentiría que nadie indeseable la mancillara. Nuestra casa. Después tuve ocasión de adornar mi deseo con la idea de vivir aquí con mi hermana, a la que cuidaría siempre con toda predilección. Y concluyeron como debían hacerlo, después de que yo me retirara a mi cuarto, visiblemente dolida. –Fíjate, Poli, no pensaba yo que mi hija iba a saltar así... –Tú te crees que Alba es tonta, Merce, y nada más lejos. Como es tan buena, te crees que es tonta, pero lo que pasa es que va para santa, mi niña preciosa. Defiende sus derechos, pobrecita; qué trabajo le habrá costado presentarse aquí como lo hizo. Mira si estará apurada, mi ahijada, que ya no pudo aguantar más y se ha encerrado en su habitación. –Lo mismo está llorando... ¡Ay, esta hija mía! Ese exceso de sensibilidad la va a hacer sufrir tanto, en esta vida...Había cerrado la puerta, sí, pero quedándome yo en el pasillo, desde donde pude tranquilizarme un poco, tras comprobar que mi querida tía y madrina iba a testar a favor nuestro, mi hermana y yo seremos las herederas, dejándole a mi madre dinero, pero no propiedades, que casa ya tiene, el piso que le compraron al casarse, donde nacimos nosotras y donde se ha quedado viuda no hace mucho. Me gustó que mi madre se quedara acomodada, porque a mi madre yo la quiero, y mejor que tenga posibles para que la cuiden cuando, más adelante, sea necesario. De mi hermana ya me ocupo yo. Y segura de las intenciones de la tía Polita, procuré sacarle el tema al día siguiente, prudentemente y con suma suavidad, para que entendiera que el principal de mis sueños era, precisamente, conservar la casa, pero también que era la opción más sensata y más favorable para todos. –Mamá es joven todavía, tía Poli, y a lo mejor, hasta le da por casarse, y a ver qué derroteros correrían estas paredes. –¡Qué barbaridad, Alba! ¡Casarse tu madre! Como si no hubiera tenido bastante con la primera vez. –Precisamente por eso, se merece un poco de felicidad, la pobre, y quién sabe, a lo mejor encuentra un señor tan bueno como el tío Alfredo, que en gloria esté. Tú tuviste suerte, tía Poli, ¿por qué no va a tenerla ella? Aunque sea a la segunda. –Eres un ángel, mi niña, un ángel más bueno que los de verdad, que los del cielo, siempre pensando en los demás, pero no veo yo a tu madre por ahí de viuda alegre, creo que no la pillan en otra, después de todo lo que ha pasado con tu padre. –Que en gloria esté, tía. –Por mí, como si ejercede serafín, mi niña, mientras no nos lo devuelvan. –¡Tía! –Perdóname, hijita, y que me perdone él, pero ya no eres una niña y bien sabes las que nos hizo pasar. Sobre todo a tu pobre madre. ¡Qué iba a contarme a mí la tía Poli! ¡A mí,que he vivido a su lado casi dieciséis años y que he visto tanto! Efectivamente, sobre todo, contra mi pobre madre, que fue una esclava en todos los sentidos de la palabra. Tras la última paliza, nos íbamos las tres a refugiarnos, como siempre, a casa de los tíos, cuando algo me impulsó a pararme. –Yo me vuelvo. –¡No digas bobadas! Date prisa, que hace frío y no me dio tiempo de cogerle una bufanda a tu hermana. –Id vosotras. Yo me vuelvo. –¡Por Dios, Alba! ¡Parece mentira que seas tú la que me haga las cosas más difíciles! ¡Vamos! –Está francamente mal, creo que nunca ha estado peor. Y a mí me hace más caso. La dejé protestando, pero la indecisión entre retenerme a mí y poner a salvo a mi hermana le duró poco. Abrí con mis llaves y me lo encontré en el suelo, apoyada la cabeza en los asientos del sofá. El charco que le inundaba los pantalones no era orina, era ginebra, pero todavía quedaba una botella precintada sobre la mesilla auxiliar. No fue difícil convencerle de que se pusiera el pijama y se acostara, sobre todo después de cumplir la promesa de abrirle la botella llena y acercársela, eso sí, a cambio de que se tomara las pastillas de dormir con un trago de alcohol. Sólo necesité recordarle la medicación tres veces, porque en cada toma, con lo mal que estaba, no se enteraba de cuántas pastillas tragaba, cuantas le preparaba yo.Tardó poco en intentar ir al baño pero ya no pudo incorporarse, se cayó al suelo con bastante ruido. Después, todo fue fácil, bastó con llamar a la tía y contarle que algo pasaba porque papá, que se había encerrado en la habitación, se había dado un golpe terrible y no se movía. Todo estaba en su sitio: las botellas en el suelo, las dos cajas con los blister casi vacíos sobre la mesilla, las sábanas sucias y arrugadas, y él sobre la alfombra, con una brecha en la frente que se hizo con la cómoda al derrumbarse, pero que no fue la que le mató. Unos dicen que se suicidó, que en un momento de lucidez vio la única salida digna a su alcoholismo y a nuestra mala vida, otros dicen que no sabía lo que hacía, lo cierto es que a todo el mundo le dio por protegerme a mí tras la infausta tragedia. ¡Qué pesadez! Sobre todo, se me hizo cargante el afán que le entró a mi madre por cambiar la casa, por redecorar; si todo estaba bien, una vez hecha la limpieza,si lo único que sobraba era él y a él se lo habían llevado en una caja. Me vino estupendamente la circunstancia del accidente de Alfredo. La tía Polita parecía llevarlo bien mientras su marido estuvo en el hospital, pero cuando se vio con él en casa, y comprendió que aquel marido complaciente se había convertido en un gran muñecote depresivo sobre una silla de ruedas, estuvo a punto de perder la razón. Me mudé a su casa para ayudarla a cuidar del tío, y terminé siendo yo la única que entraba en su habitación a llevarle la comida y a asearle; ella no podía soportar la desgracia, sobre todo los sábados, acostumbrada como estaba a que él sacara el coche mientras ella terminaba de arreglarse para irse de cena y a bailar con los amigos al club. –Peor que viuda, nenita, peor que viuda. ¿Qué clase de vida es ésta? Viéndole sufrir como le veo, mi pobre Alfredo, condenado a vegetar, del colchón a la silla y de la silla al colchón, todo el día gimoteando, él, que era la alegría con corbata. Yo no puedo, yo no puedo. No le faltaba razón. El tío Alfredo, que había sido una gran compañía, la envidia de mi madre y de todas las demás, se había convertido en un guiñapo llorón, incapaz de asumir su nuevo estado. Los convencí de que no vendieran el mercedes, que en poco tiempo yo podría sacarme el carnet de conducir y los llevaría a todas partes; lo estoy cumpliendo: con la firma de mi madre y el cheque de la tía, voy a presentarme al examen teórico la semana que viene y en cuanto cumpla los dieciocho, tres meses escasos me quedan, me saco el práctico. A Alfredo le quedaron unos dolores intermitentes y muy fuertes, como secuelas del atropello, además de la depresión; una de las cosas que más pena le daba era no poder cuidar de los rosales, él que los había mimado más que a los hijos que podía haber tenido si la tía Polita hubiera tenido la costumbre de ovular, y me encargaba que los regara, que los abonara, que fumigara los pulgones. Era tal su obsesión, que llegó a notar cierto sabor parecido al del líquido amarillo con que desaparecían los bichos, en sus analgésicos efervescentes. Fue languideciendo mientras los rosales recibían jubilosos a mayo. Yo le subía ramos de rosas, se los colocaba cerca para que pudiera olerlas, y él me lo agradecía mucho, aunque se quejaba de que todo cuanto le rodeaba le recordaba al frasco de desinsectar. Cuando acabó de morirse, a la tía Poli ya no le quedaban lágrimas, las había derramado todas maldiciendo al motorista que lo había arrollado en un paso de cebra y que había acabado así con su felicidad, y todos coincidieron en reconocer que le había hecho Dios una caridad llevándoselo, porque en aquel estado, no era vida lo que soportaba. Pero en vez de protegerme, a todo el mundo le dio la ventolera de alabarme: que si cómo le había cuidado, que si había sido su ángel de la guarda ( la gente tiene auténtica fijación con los angelitos), que si parecía mentira, con lo poquita cosa que aparento... La tía Polita le propuso a mi madre que se vinieran, ella y mi hermana, a vivir con nosotras, pero no ha aceptado. Primero, porque aunque presumen de llevarse bien, apenas se soportan más de tres horas juntas, que enseguida la tía quiere dominar a mi madre con eso de que tiene once años más, y porque además, mi madre está ahora disfrutando de su casa con una tranquilidad que nunca había tenido y está empezando a saborear el ser dueña de su vida y de sus cosas, así que así seguimos, de dos en dos. Yo no me separo de la tía más que para ir a buscar a Amanda y pasarnos un ratito a casa de Raquel algunas tardes. Antes íbamos las tres a pasear hasta el río, por la alameda, o a comprar al centro del pueblo, pero desde que a mi hermana se le agravaron las crisis asmáticas, nos quedamos más en casa, sobre todo en la de Raquel, que es también una finca solariega, aunque más pequeña y con menos alcurnia que la nuestra... que la de la tía Polita, porque el abuelo se la dejó a ella sola a cambio de comprarle a mi madre el piso céntrico para que se casara, en buena hora. Después, ya se encargó ella de engatusar al viejo para que le diera todo lo demás: las otras dos fincas, el dinero y las acciones que el tío Alfredo supo vender a tiempo antes de que se desplomaran en la bolsa, para invertirlo en apartamentos para alquilar,en la ciudad y en la playa. Claro que a cambio, vivió con ellos a cuerpo de rey hasta los noventa y uno.Ahora me está llegando el turno a mí. La tía Poli tiene casi los sesenta y una cardiopatía que hace diez se le declaró, lo que no le ha impedido disfrutar de la vida cuanto ha podido, aunque entonces tuvo que dejar de fumar . Desde que falta el tío Alfredo, se ha vuelto hipocondríaca y nos pasamos la vida pidiendo taxis para ir al médico, o a la estación,a coger el tren para ir de especialista en especialista en la capital. Dice que tiene unas ganas locas de que yo pueda coger el coche y aunque no se atreve a decirlo, lo que más desearía es reanudar las salidas de los sábados, pero me mira y comprendeque no es conmigo con quien le apetece acudir a los bailes y a los teatros; entonces se pone triste y dice que sólo le queda morirse, y yo le prometo que la ayudaré en todo cuanto pueda. Ha vuelto al tabaco y le ha dado por comer, ya no se cuida como antes y no seré yo quien le quite este último placer, aunque el colesterol y el alquitrán le revienten una arteria cualquier día. Así que, delicadamente, la he obligado a firmar, por fin, el testamento en que nos nombra herederas universales a Amanda y a mí, a partes iguales para no soliviantar a mamá, después de apartar una cantidad de dinero que tiene a plazo fijo y que ha colocado el mes pasado indistintamente a nombre de ella y de mi madre, de modo que si ella enfermara, quiero decir, si se agravaran sus dolencias, su hermana, mi madre, podrá sacar el capital íntegro del banco, por un por si acaso. No creo que tarde en hacerlo porque esta última marca de cigarrillos que me pide que le compre le están sentando fatal y aunque los médicos se lo prohíben, no voy a ser yo la que le amargue los últimos meses de vida. No está mal la idea de mamá de que me haga enfermera, aunque a mí me apetece más vivir de rentas y podré hacerlo, pero de momento he aprendido a poner inyecciones para que no tenga que desplazarse, la pobre tía Polita al practicante, ni tenga que venir él a casa cada dos por tres. Me ha encantado la advertencia de que hay que cuidarse mucho de extraerle todo el aire a la jeringuilla antes de pinchar, que esas bolsas de aire en las venas son peligros ísimas; lo hago con sumo cuidado y la tía está feliz, dice que le duelen mucho menos quelas que le ponen los auténticos profesionales. Ya casi oigo a la gente, comprendiendo que no supo seguir adelante sin su Alfredo, sobre todo los amigos del club. Con lo que yo no contaba era con que se le muriera el gato a Raquel. Lo tiene desde que éramos pequeñas, y aunque he probado con el pelo de otros mininos, era la pelusa de Miquito la más efectiva para los episodios de Amanda. Le compraré otro de la misma raza, antes de que sus padres lo reemplacen, a ver si es que los efectos anafilácticos dependen precisamente de los genes. A Raquel le parecerá un bonito detalle, para eso somos amigas desde siempre y a mí, me gusta mucho quedar bien.

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